ADOLFO ARISTARAIN: UN LUGAR EN EL MUNDO

ADOLFO ARISTARAIN: UN LUGAR EN EL MUNDO

Por Carlos Díaz Maroto

«Yo creo que el cine no tiene nacionalidad

si hablamos de narrativa y de talento».

Adolfo Aristarain

Nacido en Buenos Aires el 19 de octubre de 1943, desde muy temprana edad Adolfo Aristarain se siente atraído por el cine, por lo cual abandona los estudios y se dedica a dar clases de inglés, utilizando el resto del tiempo en asistir a rodajes y aprender el oficio. Al fin, aparece como extra en Dar la cara (1961), de José Martínez Suárez, y luego parte a Brasil, donde trabaja en unos estudios de doblaje de series norteamericanas. A mediados de la década comienza a participar en el cine argentino como meritorio, además de escribir el guión del corto Borges (1964), de Luis Ángel Bellaba, y después se inicia como ayudante de dirección, tras lo cual se traslada a Europa, donde prosigue en ese último cometido a las órdenes de realizadores como Sergio Leone, Peter Collinson y, en España, Mario Camus y Eugenio Martín.

En 1974 regresa a Argentina con la intención de dirigir. Lo logra en 1978 con La parte del león, un sobrio e interesante policial, escrito de igual modo por él, y que semeja inspirado por clásicos de la novela negra como Jim Thompson. Curiosamente, en los créditos finales brinda agradecimientos a la Warner Bros., así como a cineastas como Henry Hathaway, Howard Hawks, Raoul Walsh, Alfred Hitchcock o John Ford. Y es que el film es un rendido homenaje al género, sito en el Buenos Aires de la época, donde un atraco se salda con una cantidad de 40.000 millones, que un hombre gris, Bruno Di Toro (excelente Julio De Grazia), encuentra por casualidad. A este individuo lo impulsa la ambición, motivo por el cual ha perdido a su esposa. Cuando halla el dinero piensa que sus problemas han acabado, pero más bien al contrario, será el inicio de una situación aún más difícil. El film exhibe ya ciertas constantes del cine de Aristarain, y aunque hace uso de una cámara algo estática, prevaleciendo la narración por medio de unos diálogos descriptivos, la cinta es potente y se erige en una muestra algo insólita del cine argentino de la época, castrado por las limitaciones impuestas por la censura.

Ese exitoso inicio provoca que la productora más potente de la Argentina de la época, Aries, le llame para un film de encargo, La playa del amor (1979), una producción comercial en la que un hombre y su amigo llevan al hermano pequeño del primero (un jovencísimo Ricardo Darín) a la playa, con el fin de que las chicas del lugar le hagan olvidar sus locas ideas de casarse. Sin apenas argumento, asistimos a las peripecias de los tres en sus intentos de ligar, mientras se van intercalando actuaciones musicales de gente como Camilo Sesto, Manolo Galván, Ángela Carrasco o Rocío Dúrcal. Aristarain hace lo que le encargan, lo cual es bien poco, y el saldo es una película pésima, que se presencia con un algo de curiosidad y un mucho de estupefacción, dada la conjunción de elementos horteras y desfasados. Con todo, la obra consiguió un enorme éxito, a tal punto que al año siguiente disfrutó de una especie de secuela, La discoteca del amor (1980), de nuevo con el mismo plantel interpretativo, pero en cometidos distintos, y acompañado una vez más de actuaciones musicales, con Camilo Sesto y Ángela Carrasco a la cabeza. En esta ocasión, Aristarain aprovecha e introduce guiños cinéfilos, con una base policial de fondo, sobre un grupo de piratas discográficos que hoy está más actual que nunca, amén de un arranque que semeja un homenaje a La invasión de los ultracuerpos(Invasion of the Body Snatchers, Philip Kaufman, 1978), con un émulo de Donald Sutherland corriendo y huyendo de algo, un detective privado de nombre Guillermo Beaudine, inequívoca alusión al director de serie Z William Beaudine, el malo que se llama Lugosi y es admirador de James Cagney, o el personaje de Darín, llamado Eddie Ulmer. Para hacerse una idea, este díptico no es tanto al estilo de los musicales con Raphael que realizó Mario Camus en nuestro país, en alguno de los cuales Aristarain fue ayudante de dirección, sino más bien diríase al tono de las comedias de Pajares y Esteso, con videoclips intercalados más o menos en la trama.

Aristarain consiguió con esto lo que buscaba, guita, al tiempo que preparaba su siguiente película, si bien con estos dos subproductos previos también logró que la crítica que lo ensalzase con su ópera prima ahora le diera la espalda. Sin embargo, en 1981 aparece Tiempo de revancha (1981), también con guión suyo, que muestra a todo un cineasta ya en pleno estado de madurez. Con cierto trasfondo político-social, el film es ante todo un thriller conspiranoico, que aúna el Coppola de La conversación (The Conversation, 1974) con el tono perturbador del cine de Hitchcock y Polanski. La cinta, además, supone el primer encuentro entre el director y su actor fetiche a partir de entonces, el gran Federico Luppi, que conduce su personaje con credibilidad y emoción contenida, la contención que precisa un personaje abocado a reprimir sus expresiones orales con el fin de llevar adelante sus objetivos. Es, también, una desesperada historia de amor, donde la situación dada termina por separar a los dos personajes protagonistas.

Tiempo de revancha conforma una especie de díptico con Últimos días de la víctima (1982), otro thriller conspiranoico con mayor toque noir acerca de un asesino profesional (de nuevo, espléndido, Luppi) que podría considerarse sacado de cualquier polar de Jean–Pierre Melville, si no fuese porque está cargado de una parte emocional y de integridad que le acerca al forajido con principios que encarnaba Richard Boone en Los cautivos (The Tall T, Budd Boetticher, 1957). Así, aparte de realizar su trabajo con la fría profesionalidad que requiere, Raúl Mendizábal tendrá tiempo de conocer a una mujer, Cecilia Ravenna (Soledad Silveyra) y crear un vínculo emocional con ella y su hijo, conformando tímidamente, durante unos instantes, un émulo de familia que, de todas maneras, le está impedido tener. Basada en una apetecible novela de José Pablo Feinmann, la intriga aporta algunos prácticos golpes de efecto que mantienen el interés en todo momento.

Dentro de la corriente de cine negro que Aristarain manejaba por esas fechas, le surge rodar en España los ocho episodios que conforman la serie televisiva Las aventuras de Pepe Carvalho en 1986, según las novelas de Manuel Vázquez Montalbán, y con un improbable Eusebio Poncela como el detective gourmet, aunque en verdad el actor realiza una labor muy solvente. En su época la serie fue muy mal recibida, tanto por los seguidores del escritor como por el espectador ocasional, pero cabe referir que, dentro de su irregularidad, posee un nivel apreciable, pudiéndose destacar el excelente tercer capítulo, “Golpe de estado”, protagonizado por un extraordinario Eddie Constantine como un asesino profesional acabado; el titulado “La curva de la muerte”, que presagia la segunda etapa de Aristarain, amén de ser una hermosa historia de fantasmas; o el penúltimo, “Recién casados”, sin duda el peor de la serie, una versión humorística de Rashomon (Akira Kurosawa, 1950).

En 1987 contacta con Hollywood y dirige The Stranger, la única película suya que no he podido ver, y que Aristarain califica como su “mayor desastre”. Está protagonizada por Bonnie Bedelia, Peter Riegert y Barry Primus, y en papeles secundarios contamos con habituales de su cine como Ricardo Darín, Julio De Grazia o Federico Luppi. Al menos la base argumental, escrita por Dan Gurskis, resulta prometedora: una mujer amnésica descubre que ha sido testigo de un crimen brutal, y los asesinos comenzarán a acosarla. Según parece, la Columbia, productora del film, procedió a un montaje de la cinta tan brutal como el crimen aludido, y nuestro realizador reniega por completo de ella.

Quizás por la experiencia nefasta referida, Aristarain se aparta del cine durante unos años, para aparecer con un film muy personal, el primero de una nueva etapa en su filmografía. Si hasta el momento se había centrado en el cine de género, con ciertos componentes sociales (y dejando a un lado su díptico “del amor”, aunque también hasta cierto punto), y siempre a partir de una tipología de personajes muy rica, este último elemento será el que prevalecerá en esta segunda etapa, haciendo dramas intimistas en los cuales los personajes son la base fundamental de la narración, que nos trasladan sus vivencias, sus sentimientos y, en especial, sus maneras de pensar. El primer título de esa etapa es la celebérrima Un lugar en el mundo (1992), que logró un enorme éxito, tanto de público como de crítica. De cualquier manera, el amor hacia el cine de género tampoco está ausente, pues la película es, en realidad, un nada encubierto remake de la estupenda Raíces profundas (Shane, George Stevens, 1953), donde José Sacristán toma el lugar de Alan Ladd como el forastero que establecerá contacto con una familia de colonos, con el muchacho más mayor y maduro, narrándose los sucesos desde el punto de vista de éste, pues todo está contemplado en formato de flash-back desde el prisma de adulto del chaval. Ese amor por el cine del Oeste, amén de una perorata compartible de José Sacristán en el episodio en que viajan a la capital, se halla presente en la escena de la competición que el chico establece con el tren, queriéndolo adelantar de forma constante con el cabriolé que conduce, tan habitual en el western.

En todo caso, esa nueva etapa referida se ve interrumpida por su siguiente film, La ley de la frontera (1995), precisamente un delicioso western fronterizo que supone una coproducción entre España y Argentina de nuevo, sólo que la frontera referida es la que hay entre Galicia y Portugal, lugar donde se desarrolla la acción a principios del siglo XX. Un western, sí, con todos los mecanismos del género (pienso que un remake trasladando la acción a la frontera entre Estados Unidos y México pocos cambios precisaría), mezclado con elementos de picaresca, humor y, cómo no, referentes sociales. El ingenioso y chispeante guión, obra del propio Aristarain a partir del argumento de Miguel Anxo Murado, incide en una serie de personajes entrañables, encarnados por Pere Ponce, Aitana Sánchez-Gijón, Achero Mañas y, sobre todo, un pletórico Federico Luppi, como un bandolero con más ínfulas que capacidades. La película, además, es un referente de un tipo de cine muy poco abordado en nuestro país, y que es de desear tuviera más continuidad.

Tras este maravilloso divertimento, Aristarain regresa a esa nueva etapa más introspectiva con la mítica Martín (Hache) (1997). Si Un lugar en el mundo tuvo un gran éxito en su momento, la presente será el encumbramiento definitivo de nuestro director, la que lo le situará en el podio de los grandes. El cuerpo central del film lo ocupan cuatro personas encerradas en un chalet, hablando, diríase, y nada más; lo que hace grande a Martín (Hache) es la interactuación que se establece entre esos cuatro personajes, un huraño director y guionista de cine, su amante, muchos años más joven que él, un amigo bisexual y actor fetiche del realizador, y el hijo del primero, que pasa una temporada en Madrid con el padre después de haber estado a punto de morir por una sobredosis accidental, aunque sus progenitores piensen que intentó suicidarse. A partir de ahí se establecen una serie de vínculos emocionales cargados de dolor, amor, desesperación y anhelo, con una sinceridad estremecedora, todo ello potenciado por las soberbias interpretaciones que realizan Federico Luppi, Cecilia Roth, Eusebio Poncela y Juan Diego Botto.

El éxito de Martín (Hache), imagino, haría pensarse mucho a Aristarain su siguiente paso en el mundo del cine. Este sería Lugares comunes (2002), coescrita al lado de su esposa Kathy Saavadra (responsable del vestuario de casi todas sus películas) a partir de la novela El renacimiento de Lorenzo F. Aristarain, primo del realizador. No conozco la novela, y no sé hasta qué punto ha sido adaptada al trasladarla a la pantalla, pero el resultado rezuma todas las constantes temáticas y anímicas de nuestro cineasta, a través de la historia de un profesor universitario (magistral, como siempre, Federico Luppi), que ve cómo es jubilado de forma prematura, y se traslada durante un tiempo, junto a su esposa española (soberbia Mercedes Sampietro), a Madrid hasta descubrir que su lugar está en una casa en el campo, lejos de Buenos Aires. Una película hermosa, calma, muy bien interpretada y dialogada, que, sin embargo, supuso un enorme e incomprensible batacazo crítico, que recibió no pocos chistes fáciles a partir de su título, y que es una joya que no mereció el tratamiento que le fue dispensado.

Roma (2004) supone una especie de recapitulación de toda esta última etapa (con más de un punto de contacto argumental con la previa Un lugar en el mundo), donde los componentes autobiográficos son más acusados que nunca (el inglés como segunda lengua en su infancia, la madre profesora de piano, sus traducciones de Dylan Thomas, sus coqueteos con la literatura, que en la película darán fruto y, sobre todo, su madre, Roma). José Sacristán encarna a Joaquín Góñez, un escritor algo excéntrico que, en la madurez de su vida (y con una caracterización de gran parecido físico con el propio Aristarain) se ve impelido a escribir, por motivos económicos, un libro, que será pasado a limpio por un empleado de la editorial, Manuel Cueto (Juan Diego Botto), que será el otro alter ego del realizador. Así, Góñez cuenta sus experiencias, vistas a través de las transcripciones de Cueto, de ahí que, en pantalla, el propio Botto encarne a Góñez en su juventud. Fresco histórico de Argentina a través de dos etapas, es, ante todo, una desesperada historia de amor –otra vez– hacia la madre del protagonista, Roma, escindida a su vez en las relaciones interrumpidas por diversas circunstancias con las mujeres que se van cruzando en su vida. De paso, Aristarain nos va desgranando, como de costumbre, sus creencias y sus querencias, el jazz, el cine, la política, todo perfectamente hilvanado, en dos horas y media de metraje que se devoran, que piden inclusive más. En el reparto, Marcos Woinsky, quizás el actor más habitual en la carrera de Aristarain, presente en casi todas sus películas.

La pobre recepción, tanto crítica como comercial, de Roma condujo a que, hasta el presente, ésta sea su última película, si bien en una entrevista tras el estreno declaró:<<Sigo buscando para tratar de hacer algo este año>>. En otra entrevista, sobre el lapso transcurrido referiría: <<Cuatro años. Demasiado tiempo perdido en proyectos que encima eran una mierda>>. En el cajón quedan aún obras como El asesino difuso, guión ya escrito e incluso publicado por Ocho y Medio, al que se alude en algunas de sus películas (al igual que la perenne compañía Tulsaco). Tras Roma sólo ha aparecido como actor en la argentina El maravilloso mundo de Carlitos (2009), de Enrique Stavron, impidiendo que los seguidores de su cine podamos de nuevo emocionarnos con sus historias, esperando que regrese al fin a las cámaras para reflejarnos un poco de su realidad, que es también la nuestra.