Alex de la iglesia: De la tradición a la innovación

ÁLEX DE LA IGLESIA: DE LA TRADICIÓN A LA INNOVACIÓN

Por Miguel Ángel Refoyo

Uno de los  directores que logró sacar del falso ostracismo al que se ha acusado al cine español durante tantas décadas fue, a mitad de la década de los 90, Álex de la Iglesia. Por aquel entonces, cuando, como cada poco tiempo hasta nuestros días, la palabra “crisis” salía a colación al hablar de cine patrio, el cineasta vasco desmontó teorías y argumentos con El día de la Bestia (1995) una de las obras cumbres del cine español contemporáneo y plataforma de lanzamiento de un director que continúa aportando notables películas mostradas como un auténtico privilegio cinematográfico. Con aquellos mimbres narrativos a medio camino entre el thriller, la comedia y el terror, con un film precedido con un golpe de efecto como el largometraje canalla Acción mutante (1993) y un cortometraje que supuso el paradigma de auténtica obra de culto, Mirindas asesinas (1991), De la Iglesia pasó a formar parte de distinguida categoría dentro del cine español.

El cine de Álex de la Iglesia es abrumante y enérgico, perfilado bajo unos conceptos artísticos que se definen en una cuidada estética que procede de las múltiples y novedosas influencias que construyen un universo propio. El día de la Bestia se convirtió en una de las películas más taquilleras de la historia del cine español con su impactante historia y supuso para el realizador vasco el origen del concepto fílmico y argumental que ha hecho de su perspectiva un auténtico preceptor de la espectacularidad convertida en arte, adoptando formatos inauditos y vinculando las raíces norteamericanas del cine a la más ibérica tradición de hacer películas. El talento narrativo ostensible en El día de la bestianos dejó ver la intencionalidad revulsiva en un producto que combinaba sabiamente cine de género y cine de autor. En ella se recogen los elementos más fundamentales a la hora de entender la personalidad dinámica de este cineasta; la coherencia visual y técnica que no deja de observar de cerca las imposiciones del cine comercial, sin que éstas acucien en lo más mínimo las aspiraciones y propósitos del autor. De la Iglesia ha procurado siempre hilvanar la espectacularidad de sus potentes imágenes con una función estética e intencional que hace de su cine un flujo de emociones contrapuestas, creando un sentido del ritmo que escapa al propio discernimiento del espectador.

Para entender su prolífica obra es necesario reconocer la integración de tradición y modernidad dentro de sus historias, la gesta de jugar con inteligencia con las lecturas lógicas correspondientes a cada género, mezclándolas, reciclándolas, sometiéndolas a su antojo narrativo, con el propósito de aunar espectáculo y reflexión, de descolocar las expectativas de su público. No se deja llevar por la condescendencia ni por la tipificación de códigos tradicionales de los géneros que acapare, circunscribiéndose a esa libertad de establecer un tono lúgubre, incómodo y a veces ciertamente brusco en la nada amable perspectiva argumental de historias frívolas en las que es imposible no apreciar su ironía malsana. Su cine ha sabido recoger y analizar, de una forma soterrada y perversa, los contextos socioculturales del país, dilatando su prosapia a unos límites internacionales que vinculan su cine, su humor y su narrativa con la identificación a los parámetros del gusto foráneo. En el cine de Álex, la proximidad entre tragedia y comedia es una aparente contradicción, ya que el núcleo dramático no es el mismo en un rol de drama que en uno que protagonice una comedia. La opción seguida por De la Iglesia, en complicidad por su excepcional coguionista Jorge  Guerricaechevarría, es por tanto, la de penetrar en la dignidad humana para sustraer la tragedia por medio de la vulgaridad efectiva, convirtiendo el melodrama en caricatura y, con ello, poder universalizar la comicidad del relato sin gravedad, sin perder lo risible del formulismo grotesco. En sus películas donde estos términos son más reconocibles –Muertos de risa (1999), La comunidad (2000), 800 balas (2002), Crimen Ferpecto (2004) o la mencionada El día de la Bestia– se destila esa amargura cargada de patetismo, de ironía, con cierta voluntad satírica que puede llegar a ridiculizar al personaje, haciendo que cualquier acción se ponga al servicio del sarcasmo. El humor en el cine De la Iglesia se exhibe como un puzzle de situaciones y gags insignificantes y maliciosos que trascienden lo inmediato hacia reflexiones más generales. Por eso, el costumbrismo afianzado en estas cintas no se acomoda a su apariencia realista, sino que es alterado por el tamiz de unos personajes que simbolizan los defectos y la peor cara del ser humano con retratos que escapan a la simplificación. El cineasta procura jugar a transformar el drama humano en comedias llenas de oscuridad y desdicha, con divertidas historias donde lo épico y lo espectacular se anticipa a la terrible realidad que viven unos seres entrañables y llenos de vida.

Sin embargo, cuando De la Iglesia ha cambiado de registro, léase Perdita Durango (1997) o el episodio televisivo para Películas para no dormir: La habitación del niño (2006), sus planteamientos han sido cuestionados por evitar ese artificial “encasillamiento”. Ya sea en una road movie fronteriza de México bajo un contexto de violencia y locura, de credos mal entendidos y de distracciones de narcotráfico, o llevado por la curiosidad de la pureza del terror, De la Iglesia sabe hacer que dentro de su imaginería se capte la anteposición de lo filmado a quien lo filma, optando por el abandono de la búsqueda del simple efectismo potenciador de sobresaltos y acentuar así la diferencia entre lo visual y lo intrínseco de la historia, atendiendo, de esta manera, a la cadencia y la progresión sensorial del relato con ritmo de innegable vigor. Si bien es cierto que con su última y más costosa producción, Los crímenes de Oxford (The Oxford Murders, 2008), las opiniones se han posicionado en la balanza de lo negativo, el film de conversión (y de transición) es la ratificación de un estilo que va más allá de los términos causados por las inevitables contingencias comerciales. Álex de la Iglesia, convertido hoy en día en presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, defendiendo los intereses del cine nacional y adalid de la creencia de un tipo de películas lucrativas y con ambición, sigue siendo, junto a otros cineastas nativos que aciertan en la taquilla sin traicionarse a sí mismos, un creador de fuerza alentadora, que maneja como pocos el sentido fílmico de sus obras y que acredita, cuando es menester, que sabe también esconder sus limitaciones en el tópico, rodeando sutilmente sus defectos con un adictivo enigma de ambigüedades y apariencias, pero siempre admirable cuando se trata del meticuloso cuidado de ambientes, de la imponente música del siempre genial Roque Baños o de la superposición del entorno para que el contexto se dirija hacia la intencionalidad del argumento.

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