ALFONSO CUARÓN: El tercer hombre

ALFONSO CUARÓN: EL TERCER HOMBRE

Por Pablo Muñoz

En el clímax final de Sólo con tu pareja (1991), un rascacielos en el que el yuppie protagonista, Tomás (Daniel Giménez Cacho), y Clarisa (Claudia Ramírez), trata de resolver sus problemas sentimentales, se anuncia una suerte de poética del cine de su autor: un mundo nuevo surgido de las ruinas de un cine nacional perdido y que ahora se expande, inevitablemente, hacia un nuevo paisaje, global, suntuoso.

Alfonso Cuarón pasa de ser, cronológicamente, el primer debutante de los llamados Tres Amigos (trío que forma junto a Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu) a ser, irónicamente, el tercer hombre. Mientras que el cine de los dos primeros, pese a debutar más tarde, es inmediatamente reconocible, en Cuarón todavía late la sospecha de que es la voz menos autoral y más desconcertante de las tres. Los tres, además de fundar la productora Cha Cha Films, tienen una idea muy peculiar de lo transnacional. Para González Iñárritu forma parte de una mirada hacia el paisaje: sus tres primeras películas son, virtualmente la misma en términos estructurales (un accidente de coche que une trágicamente tres historias brutales), pero ampliando lugares hasta llegar a la mirada desconfigurada y global. En Del Toro el proceso es más sugerente: desde Cronos (1993) no ha vuelto a su México natal y ha decidido, incluso, apropiarse de la Historia Española para construir su discurso autoral.  Su díptico de Hellboy (2004, 2008) funciona como reflejo especular de su papel: mitad diablo, mitad hombre, un superhéroe nacido para ser supervillano, Hellboy no pertenece a ningún lugar concreto (Cielo, Infierno) y se erige como bizarra voz de ambos.

El cine de Cuarón va un paso más allá: solamente parece sujeto a su voz personal y traza dos líneas temáticas muy interesantes, dentro y fuera de la industria, dentro y fuera de su cinematografía. Harry Potter y el Prisionero de Azkaban (Harry Potter and the Prisoner of Azkaban, 2004), Grandes esperanzas (Great Expectations, 1998) y la celebrada Y tu mamá también (2001) hablan de una juventud en marcha a un paso del desencanto y la tristeza: son historias inciáticas repletas de claroscuros, tanto formal como temáticamente. Solamente Y tu mamá también retoma, levemente, el camino cerrado por Sólo con tu pareja: la farsa sexual, accesible y abierta del final da paso a la tragicomedia que termina con una meditación política. La última escena de la película protagonizada por Maribel Verdú, Gael García Bernal y Diego Luna presenta un reencuentro durante el año de la salida del poder del PRI de México. Toda la película es un relato sexual en el que el juego político es una digresión, una licencia poética en los nombres. Pero en el punto final de su viaje, Cuarón presenta el fin de una era tras ver emerger otra a través de la mutación del paisaje. Su comentario urbanístico tenía una leve metáfora política, pero en Y tu mamá también ese clímax recobra un sentido y se lee como el principio de un viaje.

Sin embargo, es en esa película donde la metáfora da paso a un contexto claro y definido. En Hijos de los hombres (Children of Men, 2006), su mejor película, la fuerza poética es mayor, seguramente gracias a su inigualable sentido de la mise en scène. El tema es, como en La princesita (A Little Princess, 1995), la niñez como última utopía. En el mundo en el que ya no nacen niños, solamente el desgarrador llanto de un bebé podrá silenciar, un momento, la guerra en un ghetto en la mejor escena de la película, narrada con un hermoso uso del (falso) plano secuencia. Estamos ante el final de una era, pero todo lo que se vislumbra es la palabra Esperanza.

Slavoj Zizek ha señalado que los grandes aciertos de la película están en la construcción de una narrativa en segundo plano tan importante como el argumento central. Es cierto. Una de las escenas más sugerentes, es el desayuno de Theo (Clive Owen) con su hermano funcionario mientras los vestigios del gran arte occidental de los siglos pasados adornan la casa. Un arte que ha dejado de tener sentido, un arte despojado del valor de un mundo en marcha. Hay un recurso similar, que no estaba en el libro, en su Harry Potter: en una trama marcada por las paradojas temporales, uno de los estudiantes lee la Breve Historia del tiempo, de Stephen Hawking. Es una digresión brillante por varios motivos. Es evidente que la presencia de un científico así contrasta con el mundo de magos imaginado por JK Rowling, pero lo que sugiere es la posibilidad, en términos cósmicos, de estar unos cuantos pasos por detrás de la absoluta comprensión del Tiempo y su significado. Más tarde se revelará también como broma para la sorpresa final, pero es un elemento igualmente brillante.

El cine de Cuarón, pues, podría construirse de esos pequeños detalles: hay líneas temáticas que convergen en un discurso, pero que sigue abierto, dispuesto a añadir nuevas entradas. Casi cuatro años después de Hijos de los hombres, es, tal vez, el más imprevisible de los cineastas mexicanos que no parecen tener problemas en trabajar con el cine espectáculo de Hollywood: su cine es imprevisible y, a partir de guiones ajenos (La princesita), parece conformar su voz personal. Tanto que asimila, incluso cuando no colaboran, ha hablado Ryan F. Long, de influencia perdurable de Emmanuel Lubezki en Alfonso Cuarón.: su mirada en construcción no busca crear una serie de recursos estilísticos y perfeccionarlos, sino en abrir las posibilidades expresivas a cada paso. Su cine es estimulante porque está en perpetua mutación.

WE LOVE CINEMA

Por Carolina Torres