AMBLIN: Cuando los niños querían ser directores de cine

AMBLIN: CUANDO LOS NIÑOS QUERÍAN SER DIRECTORES DE CINE

Por Fernando Navarro

El logotipo no puede, por sencillo, ser más brillante ni más icónico: la silueta de Elliot y E.T., en bicicleta, cruzando una enorme e irreal luna llena. Una etiqueta, Amblin, que definió durante la década de los ochenta (y ciertos aciertos puntuales en los noventa) un nuevo modelo de cine adolescente, imaginativo; la educación visual y sentimental de toda una generación de espectadores. Fundada por Spielberg para dar salida a alguno de sus proyectos y (sobre todo) a los de sus colegas, Amblin deja una suerte de filmografía incompleta que habla de manera muy elocuente sobre la evolución del cine americano de consumo. Aquellas primeras películas de la Amblin (en el periodo comprendido entre 1983 y 1990) han dejado un poso ambiguo en el espectador. Algunas han sido idealizadas por la memoria y otras, en segundos, terceros visionados, han perdido su fuerza mítica. Una mirada a Amblin sólo puede ser crítica y entusiasta. Crítica por su parte de culpa (que es mucha) en el proceso de infantilización del cine (del que tanto abominó Paul Schrader). Entusiasta por haber sido casa estable, durante años, de francotiradores del mainstream psicotrónico (dos genios oficiales del cine teen como Joe Dante o Robert Zemeckis rodaron sus mejores películas bajo el influjo de esa luna) además de productora puntual de cineastas interesantísimos (Richard Benjamin, Clint Eastwood, Neil Jordan, David Koepp).

Con Amblin nació  un cine para niños-adultos (¿o era para adultos-niños?) que afectó a toda una generación de niños espectadores que, ante la pregunta coñazo ¿qué quieres ser de mayor? respondían algunos con un rotundo: Director de cine. Muchos, de hecho, lo lograron.

Amblin debuta con la compra de uno de los guiones más codiciados de la época, Continental Divide de Lawrence Kasdan, que la dirección fría, impersonal de Michael Apted no consiguió convertir en lo que tenía que haber sido: un vehículo de lucimiento para uno de los mejores amigos de Spielberg de la época, John Belushi. En 1984 llega el primer acierto, Gremlins, algo así como un alegato punk en medio de la navidad en un pueblecito del Medio Oeste; una perversa película familiar con pinta de cartoon que combina la locura de Tex Avery con la bondad disneyiana (algo ya avisado por Joe Dante en su extraño segmento para En los límites de la realidad/The Twilight Zone: The Movie, 1983) y que marca una de las cimas de su director, cineasta inquieto, de tendencias cinéfilas, proveniente de la escuela de Roger Corman (chico listo Spielberg a la hora de reclutar a uno de sus niños prodigio). Gremlins, además, sienta las bases de la marca Amblin: cine fantástico para toda la familia que maravilla a los chavales y logra divertir a los padres. Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985), la siguiente cinta de Amblin, apuntala el cine juvenil ochentero. Gracias a la sabiduría artesana de Donner, a la efectividad del guionista un habitual por aquellos años (Chris Columbus, especialista en cine teen y más tarde a servicio de John Hughes) y a un tono que recuperaba las aventuras ingenuas tipo Los Cinco envueltas en un tono de humor e ironía, Los Goonies es una de esas películas difíciles de atacar: convertida en memoria sentimental de los 80, la gente aprende sus diálogos, elige a su personaje favorito, lo ama y cuida y acaba repitiendo sus chorradas sin que el crítico pueda decir algo en contra de ella. El mío es, por supuesto, Bocazas. Ese mismo año llega la insuperada obra maestra de la casa, Regreso al Futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985), apoteosis del cine teen, probablemente la más demencial, brillante película de ciencia ficción de los 80. Una obra maestra que usa el propio género adolescente para contar un desquiciado juego de paradojas temporales que deja sin aliento, que destila placer, diversión e inteligencia.

Tras embarcarse en la primera aventura televisiva, Cuentos asombrosos (Amazing Stories, 1985–1987), el intento de Spielberg de convertirse en el Rod Serling de los 80 (la serie rescataba el espíritu de Twilight Zone tirando casi siempre de directores habituales del sello) estrenan El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, Chris Columbus, 1985), en la que se repite un poco el esquema de Los Goonies: mismo guionista, Columbus, director curtido en mil lindes (el infravalorado Barry Levinson) y aventura juvenil de pulso firme y emoción justa, esta vez con la excusa de narrar una apócrifa aventura juvenil de Sherlock Holmes. Para el recuerdo queda, eso sí, la pálida belleza desvaneciente de Sophie Ward. Y al año siguiente, una genialidad,  Esta casa es una ruina (The Money Pit, Richard Benjamin, 1986), una de las más brillantes comedias de la década, con estupendo guión de David Giler, dirigido con solvencia por Benjamin y con un Tom Hanks en estado de gracia. Fievel y el nuevo mundo (An American Tail, Don Bluth, 1986) supuso el primer intento de Spielberg por disputar a Disney el trono de la animación infantil. Una conmovedora película que se beneficiaba del talento del hoy perdido nadie sabe dónde Don Bluth y de la partitura del copiota James Horner. Ya avanzada la década, Harry y los Henderson (Harry and the Hendersons, William Dear, 1987) muestra los primeros síntomas de agotamiento (cine familiar bobo con excusa fantástico), aunque ese mismo año se produce la entretenida El chip prodigioso (Innerspace, Joe Dante, 1987), una alocada versión pop del Viaje fantástico de Asimov con Dennis Quaid perdido en el cuerpo del siempre excesivo Martin Short, a la que sigue la bienintencionada Nuestros maravillosos aliados (*batteries not included, Matthew Robbins, 1987), en la que compartían créditos Robbins, Mick Garris y Brad Bird: a pesar de la lista de talentos, la película no pasaba de ser una fabula algo boba. Al contrario que ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Who Framed Roger Rabbit, 1988), otro tour de force de Zemeckis, especialista en hacer lo que nadie puede hacer (en este caso, una aventura con aire noir ambientada en un mundo habitado por personajes de dibujos animados) y que, atención, estrenó sólo un año antes del cierre a la trilogía de Regreso al futuro (rodó la segunda y la tercera parte seguida), dando carpetazo a los 80. Para el olvido total quedan Joe contra el volcán (Joe Versus the Volcano, John Patrick Shanley, 1990) –aunque tengo amigos muy locos que la defienden– o Mi padre (Dad, John Patrick Shanley, 1989) –ésta no la defiende nadie– o aquella de dinosaurios de Don Bluth que tuvo mil secuelas en VHS.

Cuesta pensar en las películas de Amblin en los 90. ¿Tienen entidad? ¿Sirvieron para algo? Arrancó titubeante la década, en la que se sucedía fiasco tras fiasco. Haciendo un resumen rápido, siguió produciendo a amiguetes –la muy serie B Aracnofobia (Arachnophobia, Frank Marshall, 1990), la rarísima secuela de Gremlins, Gremlins 2. La nueva generación (Gremlins 2: The New Batch, Joe Dante, 1990); el perverso (y olvidable) remake de El cabo del miedo (Cape Fear, Martin Scorsese, 1991), o Qué ruina de función (Noises Off…, 1992), sencilla  y efectiva comedia de Bogdanovich para lucimiento del gran Michael Caine–, continúo en su empeño por la animación –Amblin se embarcó en Tiny Toon (Tiny Toon Adventures, 1990–1992), en Animaniacs (1993–1998) y, junto a Tim Burton y Brad Bird, en la estupenda Family Dog (1993) –, se convirtió en cómplice ocasional de Clint Eastwood –Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995)–, pero apenas quedó, en todas estas cintas, algo del viejo toque Amblin. Salvo excepciones. Por un lado, Men In Black: Hombres de negro (Men in Black, Barry Sonnenfeld, 1997) y Pequeños guerreros (Small Soldiers, Joe Dante, 1998), que recuperaban el cine entretenido para niños y ya eran, en sí, ejercicios de nostalgia; por otro, El efecto dominó (The Trigger Effect, 1996), la obra maestra de David Koepp, una película de catástrofes de cámara, un guión astuto, desconcertante, que respira aire de Amblin en su capacidad para sorprender y ser, al mismo tiempo, un espectáculo vistoso. Para la reivindicación enfermiza queda una de las últimas películas de aquella época, In Dreams (Dentro de mis sueños) (In Dreams, Neil Jordan, 1999), fallida, vale, torpe, bueno, pero  interesante película del siempre sugestivo Neil Jordan y cuyo giro final, cínico, inesperado, gratuito y violento, es también el final abrupto de una generación que creció creyendo en las maravillas contadas en esas películas.

Nada queda ya de ese cine. Forma parte de un grato recuerdo nostálgico y, puagg, cinéfilo. Un recuerdo que siempre acaba por aparecer: en entrevistas, en homenajes, en declaraciones o guiños. Cuando a algunos directores les preguntan las razones por las que hacen cine, esa silueta de la luna llena, atravesada por la bici, siempre aparece como una posible respuesta.

THE DISAPPEARANCE OF SUE BENNETT – part 2

Por Álvaro Daza


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4 Comentarios

  1. Muy bueno el post. Amblin es parte de mi infancia y lo digo sin culpas. Dicen por ahí que la del 80 es la peor y más olvidable década de la historia del cine; quizás tengan razón, pero eso cambia muy poco (al menos en mí) las cosas con respecto a Amblin y su espíritu lúdico del cine.

    Saludos.

    Comentado 20 Abril, 2010 a las 22:52 | Permalink
  2. ¿De que va esa de la foto de la tia normal de abajo??

    Comentado 20 Abril, 2010 a las 23:45 | Permalink
  3. Alvaro

    @Steam Monkey: Tia normal? Amigo, tu no te enteras de nada…

    Forma parte de una serire de fotografías siguiendo la temática de este número mensual de Welovecinema, sobre cine teen. Hay una por día.

    Comentado 21 Abril, 2010 a las 0:45 | Permalink
  4. Un detallito sólo: “Dad” no era de John Patrick Shanley sino de Gary David Goldberg, el creador de “Family Ties”. Dejemos al bueno de JP, que ya tuvo bastante con lo suyo :-)

    A mí “Joe vs. the Volcano” me parece muy aburrida, y es una pena, porque la idea no era mala y la ambientación estaba muy lograda, sobre todo la parte de la oficina. Para mí es la que marca el momento en que el cine de Amblin toca fondo.

    Pero para bien y para mal, Amblin es muy responsable de casi todos los “tics” y frases hechas cinematográficas que nos impregnaron a los que vivimos el cine teen ochentero. Creo que nos fijó muchos de los elementos que a posteriori nos gustarán o no de una película de aventuras. Que anduviera Spielberg por los créditos era señal casi segura de un éxito de taquilla, porque muchos íbamos con la idea de “una peli de Spielberg”.

    Comentado 21 Abril, 2010 a las 22:02 | Permalink