Cabalgar al tiburón: A propósito de las superproducciones españolas entre 2000 y 2009

CABALGAR EL TIBURÓN

A PROPÓSITO DE LAS SUPERPRODUCCIONES ESPAÑOLAS ENTRE 2000 Y 2009.

Por Diego Salgado.

<<Todos estamos de acuerdo en que el tiburón es malo para el pueblo, Brody. Pero, ya que hemos aceptado su presencia, ¿por qué no hacer que sea bueno para el pueblo?>>. Esta esquizofrénica declaración de un cargo público, incluida en la novela de Peter Benchley que daría origen a Tiburón (Jaws, Steven Spielberg, 1975), es aplicable a lo que continúa pensando sobre la realización de superproducciones una parte no desdeñable de la crítica y el público españoles.

A finales de 2009, dos de las películas más caras jamás realizadas en este país demostraban funcionar proporcionalmente en taquilla: Ágora (Agora, Alejandro Amenábar, 2009) y Planet 51 (Jorge Blanco, Javier Abad y Marcos Martínez, 2009). Y, pese a poner ambas muy alto el listón en lo relativo a las cifras que habrán de presuponérsele a partir de ahora a una superproducción patria para considerarla como tal, no constituyeron ni mucho menos rarezas en el panorama de la última década. Títulos como Los otros (The Others, Alejandro Amenábar, 2001), La gran aventura de Mortadelo y Filemón (Javier Fesser, 2003), Alatriste (Agustín Díaz Yanes, 2006), El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Pérez, el ratoncito de tus sueños (Juan Pablo Buscarini, 2006) y Los crímenes de Oxford (The Oxford Murders, Álex de la Iglesia, 2008) nos han familiarizado tanto con un tipo de cine que era excepción en las últimas décadas, como con los arcanos de la producción ejecutiva, el marketing y la taquilla.

No es anecdótico que, también en 2009, se facturase con éxito Spanish Movie (Javier Ruiz Caldera), una bufonada estructurada, a modo de involuntario resumen, en torno a características reconocibles de recientes cintas nacionales. En el conjunto del periodo 2001-2009, se cuentan un total de doce películas españolas1 entre las diez más vistas anualmente en las pantallas locales; prácticamente todas ellas estuvieron marcadas por un carácter ambicioso, sin lugar para las sorpresas, y con una respuesta del público progresivamente activa: Ágora congregó en sus primeros cinco días de exhibición a casi tantos espectadores como los que obtuvo en su carrera comercial completa La comunidad (Álex de la Iglesia, 2000), producción española más taquillera del año que inicia el periodo analizado.2

Teniendo en cuenta, además, que en 1999 la cuota de pantalla de “nuestro cine” estuvo en el 14,5% con cuarenta y nueve películas estrenadas en salas comerciales3, y que, tras una década sacudida por los agónicos vaivenes acostumbrados, la de 2009 podría estar tan sólo dos o tres puntos por encima con una cantidad de estrenos mucho más alta, resulta evidente la necesidad de seguir apelando a las event movies, so pena de alienar definitivamente al público del cine producido por estos lares. Un cine que tiene, en lo que respecta a la mayoría restante de sus manifestaciones, un rendimiento paupérrimo imposible de ser achacado a estas alturas al “sistema”, el espectador o las conjunciones astrales, salvo desde la falta total de contacto con la realidad.

En este sentido, produce como mínimo perplejidad leer por ejemplo, a propósito de la supuesta obra magna de Isaki Lacuesta Los condenados (2009), que su existencia es síntoma de que todavía existen <<cineastas en sintonía con su propio tiempo>>.4 Si ese tiempo alude a las dos semanas que duró Los condenados en la cartelera madrileña, la sintonía nos parece discutible. Sin embargo, Cahiers du Cinema. España consagró en su momento dieciséis laudatorias páginas de su prioritaria sección Gran Angular a Los condenados y su autor. A Ágora se le otorgaron en cambio cinco, y en el subsidiario Cuaderno Crítico de la publicación, subrayándose que con ello se había procurado dar a cada película española <<un espacio proporcional a su significación en el ámbito industrial y mediático del momento, sin perjuicio de la valoración crítica que nos merece cada una de ellas>>.5 Ágora era tachada además de <<estreno mediático>> y, con emocionante optimismo historiográfico, de <<blockbuster nacional por antonomasia>>.

Esta actitud algo displicente y alerta hacia la superproducción, eco de la que suele detectarse cuando se habla de las estadounidenses, tiene no poco de razonable. Uno mismo está lejos de sentir estima crítica por el grueso de las películas españolas más caras y/o más taquilleras de los últimos diez años; no puede evitar sentir cierta náusea ante las zafias, asfixiantes y hasta mafiosas estrategias con que se venden estos productos, y bochorno ante el fiasco en taquilla de muchos de ellos, especialmente cuando es a costa del dinero público; no está seguro de que los grandes formatos sean todavía los adecuados para la supervivencia del cine, habida cuenta de que el concepto de “espectáculo de masas” parece estar dando paso, merced a los efectos de las nuevas tecnologías, al de “nichos de mercado”; y alberga serias dudas acerca de las consecuencias creativas a largo plazo de la intrusión creciente de las cadenas televisivas y las entidades de capital riesgo en la producción cinematográfica, así como de ciertas decisiones políticas encaminadas a priorizar los presupuestos abultados a la hora de conceder ayudas.

Con todo, uno defiende la continuidad de las superproducciones en nuestro país. Y no porque su concreción obligue a innovaciones y retos formales tan interesantes o más que los propiciados por los subproductos de autor. Ni porque impulsen la profesionalización del medio y un tejido industrial. Ni siquiera porque sean las únicas que garanticen al cine esa esfera pública que la cultura precisa para ser tal, y no entelequia museística. Sino por la misma razón por la que, como decíamos al principio, muchos las temen: por ser criaturas majestuosas, imprevisibles y amenazadoras. No sufrimos del doblepensar progresista. No hemos de armonizar en nuestras mentes las ideas contrapuestas de que sin grandes producciones no hay glamour que valga, ni Oscar para Pe ni alfombra roja para Pedro; y, a la vez, que el dinero es caca, que con dinero cualquiera rueda Titanic (James Cameron, 1997) y El caballero oscuro (The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008), que el cine verdadero es el cine sencillo, el de las fregonas y los retrasados, el de los planos fijos de quince minutos por los que fluye con libertad prístina el audiovisual.

De hecho, si algo le reprochamos a las crecientes superproducciones españolas, aparte de que ninguna haya sabido ser por ahora ni Titanic ni El caballero oscuro ni Tiburón, es la ausencia de un espíritu políticamente incorrecto, ese que insufla aliento épico a las imágenes, y que tanto contrasta con el enanismo intelectual sobre el que pivota el concierto territorial conformador de nuestra presente nación de naciones. La superproducción, al cabo, es un estado de la mente.

1 La página web del Ministerio de Cultura inicia en 2002 sus estadísticas sobre <<el cine y el vídeo en datos y cifras>>. En ellas se refleja la presencia de las siguientes películas españolas entre las más vistas en nuestro país cada año, desde el citado hasta 2008: El otro lado de la cama (cuarto puesto en 2002), La gran aventura de Mortadelo y Filemón y Días de fútbol (primer y octavo puestos, respectivamente, en 2003), Mar adentro (cuarto puesto en 2004), Torrente 3: El protector (tercer puesto en 2005), Alatriste y Volver (cuarto y séptimo puestos, respectivamente, en 2006) y El orfanato (primer puesto en 2007). A ellas habría que sumar Los otros y Torrente 2: Misión en Marbella (primer y segundo puestos, respectivamente, en 2001) así como, presumiblemente, las ya nombradas Ágora y Planet 51.

2 Ágora se estrenó en los cines españoles el viernes 9 de octubre de 2009, y el miércoles 14 de octubre ya había sido vista por 1.230.000 espectadores, según datos de la Federación Española de Cines recogidos en El Economista. La comunidad se estrenó el 29 de septiembre de 2000 y fue vista en total por 1.382.216 espectadores, según datos de Abadía del Cine 2020.

3 MORENO, Francisco y Pérez Gómez, Ángel A. “Un año de cine en España”. Cine para leer, 1999 (página 13), Equipo Reseña, Ediciones Mensajero, S.A., 2000.

4 HEREDERO, Carlos F. “Brumas del presente, esperanzas de futuro”. Cahiers du Cinema España nº 28, noviembre de 2009 (pág. 5), Ediciones Caimán, 2009.

5 HEREDERO, Carlos F. “Paisaje con senderos”. Cahiers du Cinema España nº 27, octubre de 2009 (pág. 5), Ediciones Caimán, 2009.

WE LOVE CINEMA

Por Ana Canet.

Welovecinema.es alternará diariamente su sección “Operación” con un tema crítico de opinión acerca de “La mejor película española de la década”, mañana martes 2 de febrero: J.D Cáceres (Crítico de cine, miradas de cine) con una obra exclusiva, cortometraje de animación de José Martínez (Bouman Studios animación)

Cabalgar al tiburón.

A propósito de las superproducciones españolas entre 2000 y 2009

Por Diego Salgado.

<<Todos estamos de acuerdo en que el tiburón es malo para el pueblo, Brody. Pero, ya que hemos aceptado su presencia, ¿por qué no hacer que sea bueno para el pueblo?>>. Esta esquizofrénica declaración de un cargo público, incluida en la novela de Peter Benchley que daría origen a Tiburón (Jaws, Steven Spielberg, 1975), es aplicable a lo que continúa pensando sobre la realización de superproducciones una parte no desdeñable de la crítica y el público españoles.

A finales de 2009, dos de las películas más caras jamás realizadas en este país demostraban funcionar proporcionalmente en taquilla: Ágora (Agora, Alejandro Amenábar, 2009) y Planet 51 (Jorge Blanco, Javier Abad y Marcos Martínez, 2009). Y, pese a poner ambas muy alto el listón en lo relativo a las cifras que habrán de presuponérsele a partir de ahora a una superproducción patria para considerarla como tal, no constituyeron ni mucho menos rarezas en el panorama de la última década. Títulos como Los otros (The Others, Alejandro Amenábar, 2001), La gran aventura de Mortadelo y Filemón (Javier Fesser, 2003), Alatriste (Agustín Díaz Yanes, 2006), El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Pérez, el ratoncito de tus sueños (Juan Pablo Buscarini, 2006) y Los crímenes de Oxford (The Oxford Murders, Álex de la Iglesia, 2008) nos han familiarizado tanto con un tipo de cine que era excepción en las últimas décadas, como con los arcanos de la producción ejecutiva, el marketing y la taquilla.

No es anecdótico que, también en 2009, se facturase con éxito Spanish Movie (Javier Ruiz Caldera), una bufonada estructurada, a modo de involuntario resumen, en torno a características reconocibles de recientes cintas nacionales. En el conjunto del periodo 2001-2009, se cuentan un total de doce películas españolas1 entre las diez más vistas anualmente en las pantallas locales; prácticamente todas ellas estuvieron marcadas por un carácter ambicioso, sin lugar para las sorpresas, y con una respuesta del público progresivamente activa: Ágora congregó en sus primeros cinco días de exhibición a casi tantos espectadores como los que obtuvo en su carrera comercial completa La comunidad (Álex de la Iglesia, 2000), producción española más taquillera del año que inicia el periodo analizado.2

Teniendo en cuenta, además, que en 1999 la cuota de pantalla de “nuestro cine” estuvo en el 14,5% con cuarenta y nueve películas estrenadas en salas comerciales3, y que, tras una década sacudida por los agónicos vaivenes acostumbrados, la de 2009 podría estar tan sólo dos o tres puntos por encima con una cantidad de estrenos mucho más alta, resulta evidente la necesidad de seguir apelando a las event movies, so pena de alienar definitivamente al público del cine producido por estos lares. Un cine que tiene, en lo que respecta a la mayoría restante de sus manifestaciones, un rendimiento paupérrimo imposible de ser achacado a estas alturas al “sistema”, el espectador o las conjunciones astrales, salvo desde la falta total de contacto con la realidad.

En este sentido, produce como mínimo perplejidad leer por ejemplo, a propósito de la supuesta obra magna de Isaki Lacuesta Los condenados (2009), que su existencia es síntoma de que todavía existen <<cineastas en sintonía con su propio tiempo>>.4 Si ese tiempo alude a las dos semanas que duró Los condenados en la cartelera madrileña, la sintonía nos parece discutible. Sin embargo, Cahiers du Cinema. España consagró en su momento dieciséis laudatorias páginas de su prioritaria sección Gran Angular a Los condenados y su autor. A Ágora se le otorgaron en cambio cinco, y en el subsidiario Cuaderno Crítico de la publicación, subrayándose que con ello se había procurado dar a cada película española <<un espacio proporcional a su significación en el ámbito industrial y mediático del momento, sin perjuicio de la valoración crítica que nos merece cada una de ellas>>.5 Ágora era tachada además de <<estreno mediático>> y, con emocionante optimismo historiográfico, de <<blockbuster nacional por antonomasia>>.

Esta actitud algo displicente y alerta hacia la superproducción, eco de la que suele detectarse cuando se habla de las estadounidenses, tiene no poco de razonable. Uno mismo está lejos de sentir estima crítica por el grueso de las películas españolas más caras y/o más taquilleras de los últimos diez años; no puede evitar sentir cierta náusea ante las zafias, asfixiantes y hasta mafiosas estrategias con que se venden estos productos, y bochorno ante el fiasco en taquilla de muchos de ellos, especialmente cuando es a costa del dinero público; no está seguro de que los grandes formatos sean todavía los adecuados para la supervivencia del cine, habida cuenta de que el concepto de “espectáculo de masas” parece estar dando paso, merced a los efectos de las nuevas tecnologías, al de “nichos de mercado”; y alberga serias dudas acerca de las consecuencias creativas a largo plazo de la intrusión creciente de las cadenas televisivas y las entidades de capital riesgo en la producción cinematográfica, así como de ciertas decisiones políticas encaminadas a priorizar los presupuestos abultados a la hora de conceder ayudas.

Con todo, uno defiende la continuidad de las superproducciones en nuestro país. Y no porque su concreción obligue a innovaciones y retos formales tan interesantes o más que los propiciados por los subproductos de autor. Ni porque impulsen la profesionalización del medio y un tejido industrial. Ni siquiera porque sean las únicas que garanticen al cine esa esfera pública que la cultura precisa para ser tal, y no entelequia museística. Sino por la misma razón por la que, como decíamos al principio, muchos las temen: por ser criaturas majestuosas, imprevisibles y amenazadoras. No sufrimos del doblepensar progresista. No hemos de armonizar en nuestras mentes las ideas contrapuestas de que sin grandes producciones no hay glamour que valga, ni Oscar para Pe ni alfombra roja para Pedro; y, a la vez, que el dinero es caca, que con dinero cualquiera rueda Titanic (James Cameron, 1997) y El caballero oscuro (The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008), que el cine verdadero es el cine sencillo, el de las fregonas y los retrasados, el de los planos fijos de quince minutos por los que fluye con libertad prístina el audiovisual.

De hecho, si algo le reprochamos a las crecientes superproducciones españolas, aparte de que ninguna haya sabido ser por ahora ni Titanic ni El caballero oscuro ni Tiburón, es la ausencia de un espíritu políticamente incorrecto, ese que insufla aliento épico a las imágenes, y que tanto contrasta con el enanismo intelectual sobre el que pivota el concierto territorial conformador de nuestra presente nación de naciones. La superproducción, al cabo, es un estado de la mente.

1 La página web del Ministerio de Cultura inicia en 2002 sus estadísticas sobre <<el cine y el vídeo en datos y cifras>>. En ellas se refleja la presencia de las siguientes películas españolas entre las más vistas en nuestro país cada año, desde el citado hasta 2008: El otro lado de la cama (cuarto puesto en 2002), La gran aventura de Mortadelo y Filemón y Días de fútbol (primer y octavo puestos, respectivamente, en 2003), Mar adentro (cuarto puesto en 2004), Torrente 3: El protector (tercer puesto en 2005), Alatriste y Volver (cuarto y séptimo puestos, respectivamente, en 2006) y El orfanato (primer puesto en 2007). A ellas habría que sumar Los otros y Torrente 2: Misión en Marbella (primer y segundo puestos, respectivamente, en 2001) así como, presumiblemente, las ya nombradas Ágora y Planet 51.

2 Ágora se estrenó en los cines españoles el viernes 9 de octubre de 2009, y el miércoles 14 de octubre ya había sido vista por 1.230.000 espectadores, según datos de la Federación Española de Cines recogidos en El Economista. La comunidad se estrenó el 29 de septiembre de 2000 y fue vista en total por 1.382.216 espectadores, según datos de Abadía del Cine 2020.

3 MORENO, Francisco y Pérez Gómez, Ángel A. “Un año de cine en España”. Cine para leer, 1999 (página 13), Equipo Reseña, Ediciones Mensajero, S.A., 2000.

4 HEREDERO, Carlos F. “Brumas del presente, esperanzas de futuro”. Cahiers du Cinema España nº 28, noviembre de 2009 (pág. 5), Ediciones Caimán, 2009.

5 HEREDERO, Carlos F. “Paisaje con senderos”. Cahiers du Cinema España nº 27, octubre de 2009 (pág. 5), Ediciones Caimán, 2009.

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4 Comentarios

  1. No estoy de acuerdo en un punto en concreto:

    No me entusiasmó “Los condenados” por diversos motivos (basicamente: creo que la película quedaba ahogada por su propio mensaje) pero me parece totalmente lógico que esta tenga mucha más presencia en Cahiers de la que pueda tener “Ágora”. En primer lugar, porque Cahiers tiene una, llamémosle, línea editorial muy concreta y eso es algo que forma un pacto tácito con sus lectores, entre los que me incluyo, que saben perfectamente que tipo de películas van a gozar de mayor presencia en la revista. En segundo lugar porque “Ágora” es una película que no necesita de más espacio en revistas como Cahiers, ya que tiene a su servicio una omnipresencia en los medios, sobre todo los medios afines e interesados, que ya le sirven a cualquier interesado en la película como base suficiente y como publicidad constante, y es por ello que mayor espacio en Cahiers sería contraproducente.

    Ahora, centrándonos en el tema del artículo, me entró la curiosidad en su día de poner en comparación la cinematografía española actual con la de otro país que considero que exporta productos que aúnan calidad y comercialidad, que es Corea del Sur. Me encuentro que Corea del Sur tiene un mercado más limitado por la barrera idiomática (aquí rara vez se aprovecha el mercado latinoamericano), con un PIB inferior y un nivel de producción similar, y que sin embargo cuenta con películas de éxito fuera y dentro de sus fronteras. El presupuesto de “The Host” es inferior a los de “El laberinto del fauno” y “Los Otros”, por citar dos grandes éxitos de producción hispana. ¿Porque, estando más capacitados que Corea del Sur, no tenemos ese equilibrio entre la buena fama en el extranjero y la salud en nuestras propias salas? Me aventuro a decir que la falta de riesgo, las figuras de intermediarios sin interés comercial, nos impide más que nada destacar con el potencial que aquí tenemos. No hay más que ver el exilio de talentos. No es, en ningún caso, un problema entre si aceptar superproducciones o hacer cine de espalda al público. No se debería decidir esto entre “Ágora” y “Los condenados”. Con el dinero de “Ágora” se podría haber rodado 5 “The host”, lo que significa que en presupuestos medios (esos que mi admirado Jaime Rosales despreciaba a finales del año pasado) es donde debería pivotar el cine español, ante ejemplos como “REC”. Esto, por supuesto, que no excluyese la posibilidad de disfrutar tanto de superproducciones como de obras de autor para un público reducido, pero poniendo énfasis en la necesidad de senear la industria a base de proyectos rentables, equilibrados y con salida comercial sin que ello suponga un descenso de calidad o una falta de riesgo. Utopía, claro.

    En cuanto al tema de lo políticamente incorrecto, es algo que me llama la atención: que un país que tiene en “El Quijote”, una obra paródica, y tantos otros ejemplos una gran tradición en lo cómico tenga a la vez tal cantidad de tabúes y complejos es síntoma de un gravísimo problema. Eso sumado a un malsano desprecio a lo propio, supongo que por el mismo descreímiento heredado de ese pasado paródico, nos han llevado a la falta de riesgo que denunciaba antes, a la necesidad de crear productos multitarget por miedo a la fragmentación de público o a la incapacidad para alzar la voz más allá del bipartidismo de postal, de meter con saña el dedo en la llaga.

    Todos estos problemas son, en esencia, culturales, y por tanto, hereditarios. No van a desaparecer de la noche a la mañana a menos que lo hagan las personas que con estos valores se han ido guiando desde puestos de importancia. Es normal que nuestro país no pueda reaccionar ante el empuje de internet porque quienes ostentan los cargos relevantes parten con ese desconocimiento y repiten modelos de antaño. Y eso no significa que las próximas generaciones vayan a ser diferentes porque esa intención de ver de una vez el dibujo completo de nuestra realidad parece reñido con ciertos empleos. Que no vaya a cambiar no significa resignarse, significa buscar opciones paralelas.

    Comentado 3 Febrero, 2010 a las 2:11 | Permalink
  2. Javier Redondo

    Muy cierto eso de ‘Los condenados’, una película ciertamente interesante, pero que acaba provocando una sensación de que se podía haber hecho mucho más.

    En cuanto a su “presencia” en Cahiers, queda plenamente explicada porque el director es, o ha sido, un colaborador de Cahiers. Sólo así me explico que una película que los de Cahiers han despachado como una película de género más, ‘Celda 211′, pero que es infinitamente superior a ‘Los condenados’, no haya sido elegida la mejor española del año. Y es que está claro que un “artesano” como Monzón no tiene nada que hacer contra un “autor” como Lacuesta, que es un cineasta interesante y poco más.

    En cuanto al texto, creo que está bien en general, aunque planea por encima de los temas que trata, y acaba pareciéndome un acta notarial.

    No comprendo muy bien eso de lo políticamente incorrecto a que se refiere el señor Salgado. Efectivamente, estamos en el pais de lo políticamente correcto, pero no creo que ese sea el mayor problema de la industria de este país, y concluir con eso que nuestras superproducciones son también un estado mental.

    En mi opinión, un texto insatisfactorio.

    Comentado 4 Febrero, 2010 a las 11:58 | Permalink
  3. a1

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    Por un cine español autosuficiente. Basta de peliculas subvencionadas que no llega a los cines y basta de superproducciones con supertaquillas que reciben dinero a fondo perdido del estado.

    Proteger el cine nacional es aumentar las deducciones al inversor y subir las tasas a las peliculas dobladas.

    Comentado 7 Febrero, 2010 a las 10:30 | Permalink
  4. Funtoosh

    Ola, what’s up amigos? :)
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    Thanks and good luck everyone! ;)

    Comentado 1 Marzo, 2010 a las 12:19 | Permalink