CINE TEEN: LA ÚLTIMA REVANCHA
Por Miguel Larraya
El cine sobre y para adolescentes casi siempre ha tenido un cierto componente pajillero. Me refiero a fantasear con lo que nos gustaría que fuera nuestra adolescencia. No se engañen, los institutos americanos no son el paraíso de fiestas locas y tías buenas que muestran muchas de sus películas.
Esa descripción también encaja con muchos de los géneros del cine adulto; las películas de aventuras y las historias de amor también se alimentan de nuestras fantasías. Pero hay un tema recurrente en el cine adolescente, un deseo que no es necesariamente exclusivo de esa edad, pero que sí se da de forma más habitual en el cine dirigido a ella: la revancha, el ajuste de cuentas. Una venganza contra los enemigos cotidianos. Una venganza real contra los aguafiestas del día a día. La venganza contra los padres, contra los profesores, contra los guays o contra los matones del instituto. Contra la realidad de cada día.
El cine adolescente en todas sus vertientes está lleno de chavales dispuestos a darle una lección a todos aquellos que se la merecen. A tomarse la justicia por su mano. Los ejecutores de las venganzas son, casi siempre, los marginados, los débiles, los feos, los recién llegados…, los inadaptados.
Sus acciones acaban teniendo un significado que va más allá de sus objetivos inmediatos, de las personas que las sufren. Son un enfrentamiento contra el sistema. Un retrato del adolescente que se resiste a plegarse a la mayoría, a encajar. A hacerse mayor. Cuando dejas de ser un niño el mundo ya no se adapta a ti, tú te adaptas al mundo. Y estos personajes se niegan.
La revancha del adolescente frustrado ha pasado por todos los géneros. Desde comedias gamberras como La revancha de los novatos (Revenge of the Nerds, Jeff Kanew, 1984), donde los nerds son víctimas de las bromas pesadas de los deportistas y de la injusticia de una directiva universitaria que les expulsa de sus dormitorios para dárselos al equipo de fútbol. En aquel clásico ochenteno, los empollones decidían no solo vengarse de los atletas, sino hacerse con el control del campus. Novatos de primer año, se negaban a aceptar las normas vigentes, se enfrentaban al sistema y ganaban.
En un tono más dramático, Christian Slater se enfrentaba a través de su programa clandestino de radio a los profesores y la directiva de su instituto en Rebelión en las ondas (Pump Up the Volume, Allan Moyle, 1990). Rajando de lo que todos piensan y nadie se atreve a decir, y destapando los trapos sucios relacionados con la expulsión clasista de alumnos del centro, revoluciona a los adolescentes de un pequeño pueblo de la América profunda contra sus padres y educadores. Uno de sus desgraciados oyentes se suicida pegándose un tiro tras charlar en antena. La banda de sonora que abre cada una de sus emisiones, Everybody Knows, de Leonard Cohen, es perfecta para resumir el espíritu del protagonista y su lema “Talk hard”. En su desafío al sistema, Slater terminaba perseguido por la Comisión Federal de Comunicaciones (F.C.C.)
El cine de autor también se ha ocupado de los adolescentes resentidos dispuestos a darle una lección a “su mundo”. Uno de los primeros ejemplos podría ser If… (Lindsay Anderson, 1968), Palma de Oro en el Festival de Cannes. La película de Anderson muestra el trato humillante y represivo que reciben los alumnos de un elitista internado británico. Un debutante Malcolm McDowell encabeza a un pequeño grupo de estos chicos que termina rebelándose, metralletas y granadas en mano, contra el profesorado y los compañeros cómplices del sistema. El espíritu revolucionario de Mayo del 68 impregnaba toda la película, cuyos personajes cuelgan fotos del Che Guevara y otros guerrilleros en las paredes de sus habitaciones.
En suma, la violencia como catarsis del cabreo adolescente es un elemento recurrente del género. En Escuela de jóvenes asesinos (Heathers, Michael Lehman, 1988), Wynona Rider y, de nuevo, Christian Slater, la emprenden contra el elitista grupo de pijas repelentes de su instituto. Con una marcada carga de humor negro y mala leche, los protagonistas van eliminando a sus odiosas compañeras de clase y a los matones del instituto, simulando suicidios y crímenes pasionales. Como traca final, el personaje de Slater planea volar por los aires el instituto con todos los alumnos dentro.
Tampoco Carrie (Brian de Palma, 1976) se andaba con chiquitas. La venganza adolescente trasladada al género fantástico por Stephen King sobre el papel y De Palma en imágenes, tenía que ver con la madurez, esta vez sexual. Carrie, que además de ser la rara de la clase vive reprimida por el fanatismo religioso de su madre, sufre una humillación relacionada con la menstruación y el desarrollo de la sexualidad femenina. Unos compañeros la cubren de sangre de cerdo y la venganza sobrenatural de la protagonista acaba con el baile de fin de curso, tantas veces símbolo de la pérdida de la virginidad, pasto de las llamas y convertido en una orgía de sangre.
Pero la realidad siempre supera a la ficción. Los chavales que perpetraron la matanza de Columbine y el resto de masacres en los institutos estadounidenses parecen sacados de algunas de estas películas. Inadaptados con un arma a su alcance. Michael Moore y Gus Van Sant se ocuparon del tema con Bowling for Columbine (2002) y Elephant (2003); obras de formato documental y de ficción, respectivamente. No me parecería correcto satanizar las películas anteriores por culpa de estos hechos. La violencia es en ellas una representación meramente simbólica de un sentimiento que, desarrollado hasta la locura por algunos chicos, ha probado ser dolorosamente real.
En estas películas hay tanto finales felices y victoriosos como dramáticas derrotas. Las aquí mencionadas son tan sólo unos pocos ejemplos. Pero, como en gran parte del cine adolescente, son una fantasía; el reflejo de algo que a muchos adolescentes les gustaría hacer: saltarse las normas y ajustar cuentas con el mundo antes de que, al hacerse mayores, el mundo se las ajuste a ellos.
TEEN MOVIES
Por Luis Felipe Cifuentes



