CIUDAD DE DIOS (Cidade de Deus, Fernando Meirelles, 2002)
Por Patricia Arnaiz
Soy una de esas personas que temen con pavor las preguntas que implican favoritismos. ¿Cómo voy a elegir, entre todas las canciones que se han escrito, cuál es mi favorita? ¡Depende del momento, el lugar, el estado de ánimo y la época personal por la que esté pasando! Algo parecido ocurre con las películas. De entre todas las obras maestras que se han hecho en Latinoamérica, ¿cómo elegir una para defender con uñas y dientes? Por supuesto pasan por mi cabeza numerosos títulos de Argentina o México, pero, si he de elegir, me inclino por una cinta de Brasil, Ciudad de Dios. Quizá el cine brasileño es de los menos tenidos en cuenta como “latinoamericano” a causa del idioma, y quizá no tenga mérito defender una película que viene avalada por nominaciones a los Oscar, los BAFTA, los Globos de Oro o los premios europeos del cine, y que ha sido premiada en grandes festivales como el de Cartagena, La Habana, Marrakech o Toronto. Lo cierto es que, así como hay películas que pueden no gustar a todos los públicos pese a ser objetivamente buenas, no imagino a ningún adulto que no se haya dejado enamorar por la película de Fernando Meirelles. Es curioso porque cuenta una historia dura y llena de violencia, pero desde un punto de vista externo (el del narrador, un joven fotógrafo que es testigo de los cambios y guerras que van teniendo lugar en su favela) que le da un punto de optimismo. Ciudad de Dios no es sólo el retrato de la favela más violenta de Río de Janeiro y un recorrido de la lucha de poderes desde los años 60 a los 80, es un drama preocupante en cuanto a la educación, la falta de escrúpulos, el gobierno de la droga y la habituación a la violencia de la gente que vive en lugares desfavorecidos.
Una de las cosas que más me gustan de la película es que, al margen de su larga duración, se hace amena por el ritmo frenético de alguna de las secuencias, y por la evolución de los personajes y de la historia a través del tiempo. Cada parte en la que se divide está contada con diferencias narrativas, y así como la década de los 60 está rodada de forma más tradicional, con planos fijos, travellings o movimientos suaves, cuando llegamos a los 80 encontramos mayor libertad de movimiento de cámara, un montaje más acelerado e irregular, mayor aberración de planos e incluso desenfoques. También se nota en la iluminación, pasando de unos tonos más suaves y cálidos en la niñez, a la frialdad y los contrastes en la época de guerra de pandillas. Además de la estética, la música también ayuda a marcar este recorrido a los largo de tres décadas.
Otra de las razones principales para valorar esta obra es la propia cuestión del valor. Cuando la novela de Paulo Lins en la que está basado el guión llegó a las manos de Meirelles y éste decidió llevarla a la pantalla, el primer problema que se le apareció era grabar en Ciudad de Dios. Ya habían rodado allí el cortometraje Palace II (2000) y todo habían sido problemas, así que tuvo que encontrar otra favela similar de Río en la que le permitieran rodar. La consiguió con la condición de contratar a gente de la propia favela para encarnar a los personajes, y esto ayudó a dar mayor veracidad a la historia. Pero no querían que una vez finalizado el rodaje los jóvenes que habían participado se fueran a casa con un simple “gracias y adiós”, así que montaron una escuela para continuar con su educación o profesionalizarlos, e hicieron una serie llamada Ciudad de hombres (Cidade dos Homens, 2002–2005) en la que los protagonistas son dos de los actores más jóvenes del film.
Y sobre la juventud trata esta película, no sólo en Brasil sino a nivel global. De lo que pasa cuando no hay figuras paternas ni moral a su alrededor, cuando niños de edades impensables asumen el crimen como algo del día a día. Al igual que Dadinho empieza por aburrimiento y por sentirse mayor, Filé afirma que lo es por haber matado, fumado y esnifado. Y el plano final en el que los raterillos asumen el mando de la favela, es, al mismo tiempo, preocupante y optimista, pese a que todos saben que morirán jóvenes.
Pero aparte de temas más profundos, Ciudad de Dios me parece un placer visual a todos los niveles, y hay muchas cosas que me hacen verla y emocionarme. El montaje, desde los títulos de crédito hasta el final. La división en capítulos y la transición de uno a otro. Pequeños juegos visuales como la evolución del piso de los Apés. La historia de Mané Galinha. La fotografía. Alice Braga. La puesta en escena. El personaje de Bené. Los colores. Fernando Meirelles y sus demás películas. La música. Y que me muestra la realidad de un lugar no accesible para todos.

