DESMADRE MADE IN USA

DESMADRE MADE IN USA

Por Borja Crespo

El cine de los años ochenta ofreció a los espectadores de todo el planeta civilizado un impagable rosario de comedias desmadradas que marcaron un estilo. Mal que les pese a los más cinéfilos, hoy en día se sigue explotando, con mayor acidez si cabe, la sorprendente popularidad de delirantes films convertidos en clásicos del humor made in USAcomo Desmadre a la americana (Animal House, John Landis, 1978) –el principio de todo–, Los incorregibles albóndigas (Meatballs, Ivan Reitman, 1979), La revancha de los novatos (Revenge of the Nerds, Jeff Kanew, 1984) o la mítica saga iniciada con Porky´s (Bob Clark, 1982), sin olvidarnos de las visiones existencialistas de la pubertad que realizaron creadores a reivindicar como John Hughes –El club de los cinco (The Breakfast Club, 1985)– y otros cineastas contemporáneos que aportaron su granito de arena a una década prodigiosa, marcada por el celuloide de género, que empieza a ser reivindicada con seriedad por la crítica más joven.

Autores de nuevo cuño, que crecieron con Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985) y Regreso al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985), pero también conLos rompecocos (Screwballs, Rafal Zielinski, 1983), Loca academia de policía y (Police Academy, Hugh Wilson, 1984) y Admiradora secreta (Secret Admirer, David Greenwalt, 1985), confiesan como influencia en su trabajo la comedia americana de los ochenta sin motivo de sonrojo, máxime cuando a finales de los noventa nuevas producciones dirigidas a la juventud, divino tesoro, retomaron los lugares comunes de una corriente convertida en estilo para “asilvestrarla” sin miramientos y utilizar sus postulados con la intención de dinamitar la corrección política desde dentro y dejar fluir, aprovechando la coyuntura, el caótico mundo en el que vivimos. La idea ochentera de retratar los instintos primarios de losteenagers, sus traumas y sus anhelos, dio paso a cierta obsesión por reflejar el cinismo que los invadió en los noventa, con un manto de salvajismo y escatología acorde a los tiempos que corren, donde demenciales productos como el programa de la MTV Jackass (2000–2002), rendido a la exaltación de la sin razón humana, triunfaban entre la tierna audiencia.

Con la irrupción de los Farrely en el mainstream, las comedias se ensuciaron. Se descerebraron. El humor negro hacía acto de presencia con mayor frecuencia, disfrazado de estrella de la función, y a pesar de que todo parecía estar inventado, los códigos se pervirtieron dando pie a propuestas donde reina el absurdo hasta límites insospechados, dentro de los márgenes del cine comercial. Ahí están American Pie (Chris y Paul Weitz, 1999), Viaje de pirados (Road Trip, Todd Phillips, 2000), Colega, ¿dónde está mi coche? (Dude, Where´s My Car?, Danny Leiner, 2000)… Desde Porky´s y compañía, las películas protagonizadas por adolescentes en celo con ganas de emociones fuertes han sido un interesante filón para la taquilla, pero nunca antes habían servido como excusa descarada para que algunos realizadores aportasen a la cinematografía mundial algo más que un puñado de clichés sobre amores juveniles no correspondidos y fiestas de fin de curso donde la perdida de la virginidad es una obsesión.

Efervescentes dosis de sarcasmo y tímidas pataditas al sistema son evidentes signos de  provocación latentes en los títulos más representativos de la comedia juvenil americana de finales de los noventa, un movimiento que, principalmente, ha pasado a la historia del cine más desenfadada por su capacidad de crear imágenes delirantes a partir de situaciones patéticas, siempre, eso sí, bajo un aspecto estético comercialoide que enfatiza el carácter iconoclasta de los planteamientos más valientes. Evidentemente, para encontrar materia prima decente hay que escarbar en el basurero y desechar numerosas películas tan infantiles como oportunistas que sólo se quedan con el envoltorio. No es oro todo lo que reluce, ni tontorrón todo aquello que lo parece.

Algunos títulos indispensables:

- CLUELESS. FUERA DE ONDA (CluelessAmy Heckerling, 1995):

La rubia Alicia Silverstone protagoniza este retrato mordaz de una pija de instituto que vive para cultivar su imagen y popularidad hasta rayar la enfermedad. Situaciones y personajes mil veces vistos en este tipo de comedias juveniles reciben un buen varapalo gracias a un sentido del humor más sutil de lo aparente y una clara intención de recrear el lado más sinsorgo de la vida del estudiante. Existe una serie de televisión, superficial y anodina, que poco tiene que ver con este desvergonzado título. Cuestión de fondo.

- AMERICAN PIE (Chris y Paul Weitz, 1998):

Jason Biggs copula con una tarta de manzana ante los desorbitados ojos de su padre en una escena que ha pasado a la historia del celuloide por la puerta de atrás. El título que revolucionó las comedias para adolescentes, volviendo a ponerlas de moda, es una entretenida revisitación de las cintas estudiantiles que caricaturiza sin recelo las manías y obsesiones –sobre todo sexuales– de la chavalería estadounidense mientras dibuja, garabateando, un emotivo canto a la amistad. Convertida en saga, las siguientes entregas no han hecho honor a su predecesora.

- ELECTION (Alexander Payne, 1999):

El marco de un instituto sirve como excusa al director del tinglado –sí, Alexander Payne, han leído bien– para parodiar el mundo de la política. Bajo la apariencia de una comedia tontorrona al uso se esconde una metáfora hábil e incipiente, aderezada con diálogos ocurrentes que superan con creces la media de este tipo de producciones. Reese Witherspoon interpreta a una estudiante arribista que quiere convertirse en delegada de la clase a cualquier precio. Real como la vida misma.

- CERO EN CONDUCTA (Detroit Rock City, Adam Rifkin, 1998):

Un grupo de adolescentes con las hormonas disparadas, capitaneados por Edward Furlong, se ven implicados en un viaje iniciático cuya meta es colarse en un concierto de Kiss, su grupo favorito. El poder de la música entre la juventud y su incertidumbre ante el futuro, entre otros temas propios de la edad, son la trama subterránea de un film, a ratos nostálgico, que busca la diversión con un ritmo endiablado y una sucesión de escenas rematadamente impagables.

- VIAJE DE PIRADOS (Road Trip, Todd Philips, 2000):

Road movie canalla y borrachuza con un lío de faldas como motor de la acción, un signo de falta de originalidad que se olvida a la primera de cambio ante el festival de descerebre mental que se pasea ante los ojos del público. No en vano el cómico destroyer Tom Green hace acto de presencia en el cotarro, haciendo honor al adjetivo “colgado”. A este filme cervecero le salió un hermano pequeño, Eurotrip (Jeff Schaffer, 2004), de discutible calidad.

Otros títulos de recibo:

Entre la carnaza de videoclub hay más comedias estudiantiles de interés pergeñadas a finales de los años 90 y comienzos de este siglo que merecen ser citadas, entre ellas la inefable Colega, ¿dónde está mi coche?, un canto al absurdo que deviene un film surrealista que mezcla géneros con desparpajo y ofrece al espectador un show tan inusual como grotesco plagado de humor lerdo, a ratos increíblemente ingenioso. Una cinta de auténtico culto, al igual que El caramelo asesino (Jawbreaker, Darren Stein, 1999), una negra, cruel y mordaz barbarie que goza de tres neumáticas protagonistas capaces de cualquier cosa con tal de preservar su empalagosa imagen. El horror se deja entrever entre toneladas de maquillaje, al igual que en la más explícita El diablo metió la mano (Idle Hands, Rodman Flender, 1999), o cómo juntar la serie B de terror con la comedia teen de los ochenta y hacer reír en el intento. Juergas de botellón, freaks enamorados… ¡y amputaciones!

Tópicos por aquí, tópicos por allá, dados la vuelta, por delante y por detrás, especialmente en la paródica No es otra estúpida película americana (Not Another Teen Movie, Joel Gallen, 2001), cuyo título lo dice todo y más. Versión trash de todo lo expuesto, ridiculiza las comedias juveniles en su propio campo, empapando de hilaridad (y mal aliento) su habitual discurso. Conviene ver este atentado contra el buen gusto en un programa doble junto a Ya no puedo esperar (Can´t Hardly Wait, Harry Elfont y Deborah Kaplan, 1998), una pieza coral de indudable acierto que rentabiliza no ser virgen ni popular y tener que bailar con lo peorcito del instituto. El acné alcanza niveles pérfidos y explota delante del espejo, donde se refleja el cinismo propio de los 90.

DESMADRE MADE IN SPAIN: NI CHICHA NI LIMONÁ

La moda desatada por American Pie y demás comedias juveniles marcadamente escatológicas provocó que algunas productoras autóctonas, más bien avispadas, quisieran subirse al carro del éxito en la taquilla de la mano de una retahíla de lanzamientos que beben claramente del género objeto de estas líneas, pero se quedan en lo superficial y evidente, como muchos lanzamientos americanos aquí ignorados. Gente Pez (2001), dirigida por Jorge Iglesias, con un guión escrito mano a mano con el dibujante de cómic Mauro Entrialgo, prometía más de lo que daba, a pesar de que su estreno resultó de lo más rentable e inauguró una nueva obsesión de las distribuidoras: estrenar este tipo de productos en época estival.

De Gente Pez se esperaba una comedia corrosiva, con mucha mala baba, como las historietas de Entrialgo, pero alguien les suavizó el libreto y la cosa se quedó en agua de borrajas, aunque entretener, entretenía. ¿La historia? Gente joven compartiendo piso, con sus más y sus menos, y cantidades óptimas de sexo, droga y rock´n´roll, puntos básicos de partida de Slam (2003), de Miguel Martí, en principio un proyecto nacido como la inevitable secuela de la ópera prima de Iglesias. Pero, como se suele decir, no sin cierta discusión, segundas partes nunca fueron buenas, sobre todo si la predecesora tampoco era nada del otro mundo. Esta vez el viaje de un grupo de salidos en toda regla a un multitudinario festival de música veraniego es la excusa perfecta para regodearse en el caca–culo–pedo–pis y pretender homenajear a Porky´s pensando con el entrecejo. La falta de ingenio es directamente proporcional al exceso de fluidos que salpican la pantalla, entre chistes fáciles y gags manidos –esto lo hemos vuelto a ver recientemente en la taquillera Fuga de cerebros (Fernando González Molina, 2009), de la que se prepara una segunda parte–.

Se habló mucho en su momento de La fiesta (2003), de Manuel Sanabria y Carlos Villaverde, vendida como la película más barata de la historia del cine español. Rodada en digital, con la comedia made in USA como objeto a fusilar, y Kevin Smith en lo alto del pedestal de influencias –recordemos la desopilante Mallrats (1995) y la ingeniosa Clerks(1994), de Kevin Smith, aprovechando la coyuntura–, 6.000 euros, multiplicados por treinta en la mesa de postproducción, tuvieron la culpa de que, sorprendentemente, una película grabada en video por unos chavales los fines de semana fuera estrenada por una major con el objetivo de encontrar una excelente rentabilidad. Lejos de ser un largometraje en toda regla por el cual pagar entrada sin rechistar en la sala oscura, la modesta propuesta, poco virtuosa pero sincera y directa, es de lo más decente que se ha hecho por estos lares teniendo como motivación la comedia hormonal del país de la hamburguesa.

TEEN MOVIES

Por Tony García