DROGADOLESCENCIA: El cine yonqui europeo de la edad del pavo

DROGADOLESCENCIA:

EL CINE YONQUI EUROPEO DE LA EDAD DEL PAVO

Por Sergio Colmenar

Entrando al trapo

Para esta ocasión concreta, y me refiero a la abordada en el presente estudio, me niego a que se me aplique el sobrenombre de este segundo número de welovecinema.es. Como el resto de mis compañeros en este viaje a través del cine del acné, la primera toma de contacto con la sexualidad y las hostias del mundo real –en definitiva, de todas esas cosas de estar atravesando la pubertad– “yo fui un espectador adolescente”, de acuerdo,  pero, sobre todo, yo también estuve allí, en la calle, disfrutando y sufriendo mi minoría de edad drogándome, follando y delinquiendo a escala menor (algo gamberro era, vamos: lo normal), siendo así miembro lógico y productivo de la llamada Generación X, aunque las drogas más duras que se pasearon por mi organismo adolescente fueron los porros, un poco de alcohol, otro poco de speed, una experiencia de mierda con un cuarto de tripi y un solo tirito de farlopa (para que veáis que escribo esto en plena posesión de mis facultades, ahora soy abstemio, no fumo, evito la cafeína y los lácteos y la única droga que tomo voluntariamente es el paracetamol). Sin embargo, muchos de mis amigos coleccionaban pastillas de colores y manejaban el DNI y el rulo del billete con una habilidad pasmosa, y no puedo negar que he tenido algún que otro amigo, conocido o vecino politoxicómano, o demasiado atraído por la mezcolanza explosiva de drogas duras. Incluso algunos han acabado muriendo a muy temprana edad (¿no llegar a los 20 os parece suficiente?), entre ellos uno de mis mejores amigos. Pero en defensa de los que no han terminado mal, diré que consiguieron superar su adicción. No os creáis que todos los que salen limpios de las clínicas de desintoxicación sufren recaídas, o, al menos, de esas que te obligan a chorizar y putear (del modo que sea) para costearte la adicción. Por lo tanto, mi visión de un tema tan vigente como este, es más la de un sufrido cómplice que la de un simple espectador. Bien. Al grano.

La Europa flipada

Una buena sorpresa os vais a llevar los lectores no iniciados cuando comprobéis que el cine yonqui europeo (Europa es a menudo considerada la capital de la fiesta, el folleteo fácil y el despilfarro de la paga mensual de uno en drogas), no es ni un gramo lo prolífico que ha logrado y está logrando ser el americano. Cierto que tiene a paradigmas del cine yonqui como los picos de Eloy de La Iglesia, Christiane F (Yo, Cristina F) (Christiane F – Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, Uli Edel, 1981), Sid y Nancy (Sid and Nancy, Alex Cox, 1986) y Trainspotting (Danny Boyle, 1996), pero me temo que estos son los únicos referentes mundiales de peso en toda Europa. Muchas o todas las regiones europeas podrán contar con títulos que relacionen a la juventud problemática o no con los narcóticos ilegales, pero o no los conoce ni su padre y son coñazos para ratas de filmoteca o, en el peor de los casos, se trata de telefilmes demagogos e imbéciles hasta el más ínfimo detalle, técnico o moral, al gazmoño e insoportable estilo de Diario de un rebelde (The Basketball Diaries, Scott Kalvert, 1995). De todos modos, destacaremos algunos títulos. Por un lado, los españoles, todo un movimiento en los años 70 y 80 debido a la fiebre del cine quinqui, y por otro, el exacerbado biopic punk de Alex Cox, el frío retrato de una colgada adolescente en la Alemania de los 70 –Christiane F (Yo, Cristina F)– y un par de adaptaciones inglesas del mundo del genial escritor escocés Irvine Welsh, Trainspotting y The Acid House (Paul McGuigan, 1998).

Los monos de España

No, no se trata de ningún epígrafe racista, sino del principio y el fin de las correrías de las jóvenes generaciones yoncarras en el cine español postfranquista, cundiendo el ejemplo del chute de jaco y el uso de todo tipo de estupefacientes que alegran el alma y, en principio, alivian o solucionan el mal rollo y el sopor cotidianos.

Años antes del pelotazo del cine quinqui impulsado por José Antonio de la Loma a modo de exploitation y ambiguo disfraz de denuncia con Perros callejeros (José Antonio de la Loma, 1977) y de que Eloy de la Iglesia hostiase a todo el país con sus molientes picos, los chavales ya chorizaban y se metían de todo en el cine español. El propio De la Loma lo corroboró en El último viaje (José Antonio de la Loma, 1974), película ignota que no levantó polémica alguna y de la que nadie parece acordarse. Algo parecido le sucedería a Juventud drogada (José Truchado, 1977), que a pesar de lucir un espléndido cartel promocional, con pechugas al aire y lolitas colocás, poco revuelo pareció provocar. Sin embargo, la tercera por la cola, Chocolate (Gil Carretero, 1980), aún sin gozar del prestigio que arrastra y después de haber sido realizada al alimón del éxito de Perros callejeros, es hoy un título de culto entre los amantes más encallecidos del cine quinqui y drogata, aunque no a la manera de Perros callejeros y El pico (Eloy de la Iglesia, 1983), mundialmente reconocidas, sino en su condición de auténtica película de culto, de acceso bien limitado, de tesoro poco valorado.

Chocolate narra la relación entre dos compadres, el Muertes y el Jato, que se bajan al moro con la intención de volver a Vallecas cargados de merca y meterse en el negocio de la venta ambulante del mejor costo marroquí. En el magnífico y trepidante prólogo, ambientado en Marruecos, los protagonistas viven una aventura <<a lo James Bond, pero pobre>>, como sentencia textualmente el Jato. El humor (racista, irreverente, sin prejuicios), los diálogos punzantes (dato inaudito en una quinqui–movie de la época) y la destreza espontánea del montaje y la realización de este segmento superan con facilidad los precedentes de De la Loma. Pero Chocolate es, dentro de sus limitaciones, una película ambiciosa. No sólo da en el clavo en su representación de los principales motivos que suelen empujar a los jóvenes a drogarse (el chocolate, los porros, juegan aquí un papel de relativa e inofensiva importancia, resultando la adicción al jaco del Muertes la papeleta intencional de la película, lo que le convierte en un precedente de los Picos de De la Iglesia), sino en la elección del actor para interpretar al Muertes, Ángel Alcázar, ahora conocido por haber aparecido en las películas de Agustín Díaz Yanes y en infinidad de series españolas, como Hospital Central (2000 –????) y Cuéntame (2001–????). Alcázar, entonces un crío, fue capaz de dotar de total credibilidad a un amante del galope en vena y el riesgo, no por ello menos leal y profundamente humano, un personaje con tantos matices (casi todos lúdicos y contraculturales) que necesitaría un artículo para él solo.

Según la terminología y la interpretación de muchos críticos con respecto al cine quinqui, la conclusión de Chocolate puede verse como otra radical, sensacionalista y fascistoide intención de concienciar al espectador de los peligros de las drogas y la delincuencia, pero si tanto el director como los guionistas tomaron partido de la descarada y grotesca bestialidad policial y política de esa conclusión, obviando la poética y hasta lúcida invectiva generacional del Muertes, me permito afirmar, sin lugar a dudas, el desalentador cinismo y la clara insalubre mental de todos ellos.

Cedámosle el turno ahora a una incontestable, Arrebato (Iván Zulueta, 1979), la cual no creo que supusiera un punto y aparte en el cine español, sino un punto final en el cine de toda procedencia y pelaje, si queremos hacerle justicia a su singularidad. La obra maestra del tortuoso y recientemente fallecido Zulueta, que, como De la Iglesia con sus picos, flirteó con el caballo hasta acabar quemándose las venas a raíz del rodaje de Arrebato. Una sublime, hipnótica y turbulenta reflexión del medio cinematográfico en sí, entendido como un ultracuerpo o un vampiro emocional colindante con la heroína, que tan pronto da el placer y el júbilo como lo arrebata, para siempre. Película de múltiples interpretaciones, todas ellas abyectas y simbólicas, que nada ha de envidiar a los mayores logros surrealistas, formales y evocadores de un Buñuel inspirado. El adolescente es, esta vez, una especie de ente, diríase que sobrenatural, que pasa de panoli bipolar a galán colgado y atormentado con un tiro de caballo, y cuya obsesión con el cine y su falta de talento para ejecutarlo lo llevan a una pesadilla sin salida que angustiará hasta el espectador más pintado, pues son la cámara y el celuloide quienes controlan (auténticas entidades subconscientes de ambiguas y muy poco amables intenciones) a los protagonistas y, por supuesto, a nosotros mismos. El resultado final, indiscutiblemente sensacional, casi perfecto, le ha valido a la película el apelativo de culto en todo el mundo y, también, la confirmación de una de las películas más bellas, superdotadas, personales y enigmáticas del cine fantástico contemporáneo y mundial.

En los años más convulsos del consumo de estupefacientes en España, cuando la situación económica y social atravesaba sus momentos más críticos, el azote de la delincuencia no se hizo esperar, convirtiendo el gueto en zona de alistamiento delictivo para menores afligidos y marginales, liderados, muchos de ellos, por leyendas del choricismo y la jeringa convertidas en celebridades del espectáculo, como el Jaro y el Vaquilla.  Los porros, la coca, el speed, las pastillas y los ácidos eran vulgares pasatiempos para los jóvenes en el lumpen más desarrollado de la España de los 70 y 80. El caballo daba la paz, esa mierda que tan bien se vendía a cualquier precio. Que fuera sumamente peligrosa, a cualquier nivel, era lo de menos. El viaje, nunca mejor dicho, bien valía la pena y la posibilidad de putear al prójimo. Eloy de La Iglesia, que se vio atrapado en el mundo de la adicción al caballo durante la filmación de sus Picos –y no antes– explicó muy bien el por qué de ello: <<Hay un mimetismo en lo escabroso, y vas entrando en unas áreas de sordidez alucinante. Es un miedo incontrolado que no deja de atraerte. Yo descubrí en mí mismo eso de lo que tantas veces te permites hablar y opinar: lo marginal>>.

Ya en Navajeros (Eloy de la Iglesia, 1980), para el papel del Jaro, De la Iglesia sacó del arroyo (pero de aquella manera) a un chaval problemático, un chorizo de los buenos que se hizo un nombre en el gueto de Vallecas, José Luis Manzano. Ambos iniciarían entonces una relación como amigos, profesionales y amantes que terminaría en tragedia, digna de ser adaptada a una secuela de El pico. Así, a Navajeros le siguió Colegas (Eloy de la Iglesia, 1982), estupenda radiografía del desamparo económico, social y familiar de unos chavales sin demasiadas expectativas en la vida, entre ellos un Antonio Flores que escucha a Obus y le da al rock & roll gitano con la acústica. Y, a continuación, esos dos peliculazos profundamente morales sobre el desencanto, la miseria, la inocencia y la familia, El pico y El pico 2 (Eloy de la Iglesia, 1984), ambos protagonizados por Manzano (muy resultón en pantalla, por cierto) y con los títulos más originales que recuerda el cine español en toda su historia, pues hacen referencia tanto al argot de la inyección por intravenosa de heroína como al casco de la Guardia Civil (el origen familiar del protagonista en la ficción) en aquella época. Aunque tildadas muchas veces de dramas sociales al uso, morbosos (sobre todo el segundo), oportunistas (el chiste más tonto del crítico de cine medio) y sensacionalistas, la realidad hace justicia a las declaraciones de De la Iglesia sobre sus obras: historias amargas de familias maltrechas, de dobleces, intolerancia, rencores e injusticias por parte de todas y cada una de los partes implicadas en el conflicto.

De la Iglesia se atreve con un cine humano, visceral, aterrador, plagado de momentos brillantes a nivel formal y sublevado por una ética y una lucidez rompedoras, tan sólo malogrado por una música horrorosa en la primera entrega y una dirección de actores excesivamente errática en la segunda. Un cine de autor que no renuncia a ciertas convenciones del mejor cine comercial, sin escatimar mala baba e imágenes impactantes a granel (planos quirúrgicos de picos reales, violencia gráfica y sangrienta, situaciones asfixiantes con personajes al límite, humor canallesco… Elementos acentuados en la inefable (y excelente) El pico 2, una ruda y excesiva exploitation carcelaria que deja a su antecesora a la altura de una comedia de Frank Capra, estilo característico de uno de los mejores directores españoles que ha habido nunca. Los Picos de De la Iglesia hablaron cara a cara al espectador, haciendo los juicios morales justos sin señalar a nadie, o mejor dicho, señalándonos a todos. Planteaban un valiente discurso que todavía continúa vigente, y lo seguirá estando, esté construido sobre tierras vascas o sobre el quinto pino.

Años después del boom mediático del cine quinqui, a Manzano lo encontraron en el piso de De la Iglesia con una aguja clavada en la rodilla, muerto. Varios años más tarde, De la Iglesia falleció de SIDA. No serían los únicos personajes públicos directamente asociados con el cine quinqui en palmarla por sobredosis o SIDA, ni mucho menos, pero mi papel aquí no cubre este tipo de noticias (a menos que sea necesaria su mención), ni ganas.

Después del rapapolvo social y generacional  de De la Iglesia, el cine español con niñatos y drogas a bordo no volvería a ser ni tan corrosivo ni tan intenso. Puede que Historias del Kronen (Montxo Armendáriz, 1995) nos gustase a muchos en su día (a los de mi generación, sobre todo), que cuando la película de Armendáriz ya llevaba un tiempo alquilándose en los videoclubs todavía no teníamos edad ni para entrar en un puto pub, aunque nos coláramos y fingiéramos ser un poco menos críos de lo que éramos porque manejábamos el arte del mechero y el pedrolo de los mil duros de hachís, pero lo único que me ronda en la cabeza ahora mismo sobre aquel éxito del pijerío madrileño en los 90 es su falta de audacia, sexo y mordacidad con respecto a la novela homónima, obra de José Ángel Mañas, coautor del guión junto a Armendáriz. De los casos más recientes –Báilame el agua (Josecho San Mateo, 2000), Mentiras y gordas (Alfonso Albacete y David Menkes, 2009)…–, mejor no decir ni mú. Bueno, sí, que me la sudan, aunque el segundo tenga un pase por su descaro comercial, y que ese tipo de costumbrismo histérico, fariseo y pasado de rosca me colma la paciencia.

Christiane F, heroinómana precoz

Niña, yonqui, chorizo y puta, por este orden. La berlinesa Christiane F fue la colgada más joven, polémica y famosa del continente europeo. Sus historias relatadas en su libro autobiográfico, Los niños de la estación del zoo (Christiane F – Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, 1978), provocan escalofríos: niños de trece y catorce años palmándola a causa de cantidades desmesuradas de potro loco en las venas, previo paso por un infierno de adicción, trapicheo, puterío, miseria y delincuencia. Tres años después de la publicación del libro, el director alemán Uli Edel, por aquel entonces al acecho de material sucio, provocador y auténtico, plasmó las amargas declaraciones de la joven Christiane del libro en Christiane F (Yo, Cristina F), una de las más memorables, veraces y valientes aproximaciones a la adolescencia drogodependiente y al retrato de los barrios chungos de la urbe.

Edel narra sin prisas pero sin pausas (a lo largo de más de dos horas), deteniéndose en los aspectos más escabrosos de la marginalidad de un modo casi documental, mostrando mierda, desesperación, disconformidad y hasta una extraña belleza intrínseca en la relación entre Christiane, de 13 años, y su novio, de 17, interpretados por actores no profesionales pero muy convincentes (Natja Brunckhorst y Thomas Houstein). Sórdida, feísta, con mucha música de David Bowie para animar la cosa, algo pillada por los pelos respecto a la personalidad de los personajes principales y, sin embargo, mucho más esperanzadora para la Christiane de la ficción, supuestamente desenganchada del burro al final de la historia, que para la de la realidad: a día de hoy, Christiane F, de 48 años, continúa siendo una colgada, portadora de la irremediable hepatitis C y con constantes problemas con la justicia y su familia (tiene un hijo aún menor de edad que ha estado dando tumbos de aquí para allá desde que nació y al que incluso acabó secuestrando). Según fuentes recientes, después de una eterna lucha por abandonar su adicción a los medicamentos, Christiane F volvió hace poco a pedir ayuda a su mejor amigo, el caballo. Vaya mujer, ¿eh? Pues este es un solo ejemplo de las tropecientas situaciones similares habidas y por haber.

Sid y Nancy

<<Sid es algo más que un bajista. Es un fabuloso desastre. Es un símbolo, una metáfora. ¡Personifica la demencia de una generación nihilista! ¡Es una estrella, joder!>>. Quizás este diálogo sacado de Sid y Nancy sea una de las cosas que mejor esclarecen la vida y obra de Sid Vicious, la pose yoncarra, subversiva y sensacionalista de los Sex Pistols, el grupo punk inglés por antonomasia y gran culpable de la proliferación mundial del punk y su filosofía en los 70 y 80. Es sabido que el cantante y líder de los Sex Pistols, Johnny Rotten, desmintió que en la película se relataran las auténticas vivencias de Sid, su novia / groupie Nancy y la banda, tildándola de poco comprometida con la realidad y de alimentar el morbo de lo realmente sucedido. Sí y no, pero bueno, entiendo que a Johnny no le gustara verse representado por unos personajes que no hacen más que eructar, beber, escupir y soltar improperios sin fundamento. Este tono de continua caricatura de una actitud, además carente de toda ironía, es el aspecto más hiperbólico y gratuito de la película, pero, a su vez, resulta plausible y perfectamente lícito, pues las intenciones de Cox eran mostrar el acelerado declive de unos jóvenes adictos a la heroína que aprovechan un sueño de la única manera que saben, drogándose y cagándose en todo, incapaces de enmendar sus vidas por temor a convertirse en aquello que más odian, y todo en poco más de 100 minutos.

La narración de Sid y Nancy es morosa, incómoda y perturbadora, cada minuto pesa, y su retrato del movimiento punk visto bajo el prisma de Sid y Nancy no resulta en absoluto glamuroso, más bien al contrario. Y así, al margen de lo convincentes o no que resulten las interpretaciones de los actores, Cox cumple con su cometido, equiparando sordidez, decadencia y ruido con inocencia, humanidad y romance, y reservándose un final excelente y una partitura fabulosa y apropiadísima de los Pray for Rain, que ayuda en buena medida a reflejar la angustia y la forma de vida del inconformismo punk llevado al límite. Película visualmente rabiosa y pegajosa, estridente y afectada. A su manera (un poco como Sid interpretando el My Way de Sinatra), magnífica.

Irvine Welsh y el cine

Si Trainspotting revolucionó las librerías de todo el mundo por el soberano par de cojones que mostró su autor, a su adaptación cinematográfica le sucedió lo mismo, pero en las carteleras. Las razones del consecuente éxito de la película, pues, están claras, y no pretendo restarle méritos a ésta (su planteamiento estético, técnico y narrativo continúa manteniendo toda su fuerza y frescura, entre otras cosas), pero su fidelidad con el espíritu del libro homónimo es la guía ejecutora tanto de su altisonancia irónica como de la elección corrosiva del flamante guión adaptado por John Hodge.

Los Trainspotting, novela y película, constituyeron una liberación intelectual y subversiva sumamente rompedora en el Reino Unido, que inmediatamente se extendió por todo el mundo, identificado con la situación social y laboral del escenario escogido en ambas obras: la Edimburgo de los 90, que acababa de padecer una crisis financiera y un aumento de la malversación de fondos y la corrupción empresarial importantes que dejarían a muchas familias en la banca rota, con sus hijos adolescentes asfixiados por este y otros tantos motivos. Principalmente, por el mismo hecho de ser adolescentes cabreados y hasta los huevos de todo, sin porvenir ni ganas de contar con tal cosa, por lo que aquella Edimburgo sufrió una serie de cambios catastróficos y no tardaría en ser denominada la sede principal del caballo y el puterío durante un periodo que empezó a gestarse a mediados de los 70.

Danny Boyle y John Hodge supieron captar la esencia y la mala hostia genuinamente escocesa del impresionante y anárquico estilo literario de Welsh, preocupándose en no dejar casi ninguna nota al pie de los pasajes más mordaces, inteligentes y significativos del libro (magníficos los primeros quince minutos de la película, muy directos, sin respiro, discerniendo los porqués de la adicción a la drogas duras frente a la lacra del conformismo y la hipocresía moral y política, sin prejuicios ni sentencias de fondo con pueril moralina). Aquella formidable escena en la que Renton (un superior Ewan McGregor) le explica a Spud (Ewen Bremmer) cómo montárselo para chupar del paro sin mover un dedo nos advierte de las biliosas intenciones de Boyle y Hodge, muy dignas de su modelo literario, pero sólo hasta cierto punto. Veamos: en el último plano de la película, que muestra a Renton riendo mientras su voz en off (omnipresente en todo el metraje) se exculpa ante el espectador después de haberle pegado el palo a sus amigos con el botín de un trapicheo de heroína de los gordos, Boyle y Hodge se acobardan un poco. Es decir, traicionan el subtexto de la novela y su rigor documental sobre las andanzas de un grupo de colegas que se guían por la ausencia de valores morales de la generación a la que pertenecen. Un final que le lleva la contraria al de la novela, que era redondo, mucho más creíble y carente del tenue y ambiguo tufillo moralista del de la película. Así, Boyle y Hodge parecen querer invalidar, sin éxito, las numerosas transgresiones éticas e ideológicas previamente expuestas, no digamos ya su demoledora sátira del conformismo, cosa que confundió a muchos espectadores neoliberales de postín, viendo en la película una aguda campaña antidrogadicción (cosa repelente a la que no le encuentro el menor sentido que se promulgue ni en las películas ni en ningún otro medio), a la vez que las acusaciones de apología a las drogas ilegales le caían encima allá donde se estrenaba, siendo inmovilizada por un tiempo y casi prohibida en Argentina. Pero el viaje merece mucho la pena, incluso repetirlo cuantas veces sean necesarias, ya sea por la arrolladora experiencia visual que propone (algo más que una suerte de cucada con influencia de la escuela MTV, entonces en alza) o por la tremenda agilidad de su narración puramente literaria (nada fácil resulta aunar dos conceptos completamente independientes el uno del otro).

La película de Boyle fue descrita como una de las diez mejores películas inglesas de la historia por no sé qué crítico o medio internacional, se llevó innumerables premios, incluida una nominación al Oscar al mejor guión adaptado, y a mí me parece una comedia negra espléndida, excelentemente interpretada y montada y resuelta como Dios, plagadita de guantazos a un amplio espectro de los estamentos sociales y bienpensantes, sobre todo a los del Reino Unido, no una muestra del realismo inglés instaurado por Ken Loach y compañía o el primer retrato verista de la drogadicción en parajes marginales del cine moderno. En lo que a esta última apreciación respecta, no habrán visto su precedente yanqui directo, Drugstore Cowboy (Gus Van Sant, 1989), las citadas Christiane F (Yo, Cristina F) y Sid y Nancy u otras películas mucho menos contemporáneas, como las magistrales y punteras El hombre del brazo de oro (The Man with the Golden Arm, Otto Preminger, 1955) y Pánico en Needle Park (The Panic in Needle Park, Jerry Schatzberg, 1971),  por citar unos pocos ejemplos.

Welsh, que interpretó un minúsculo papel en Trainspotting (el camello con camiseta raída de The Exploited que tiene un par de breves intervenciones al principio y al final de la película), le cogió el gusto al formato cinematográfico y adaptó tres de las historias incluidas en su segundo libro, The Acid House (1994), para una película de bajo presupuesto (muy, muy influenciada por Trainspotting), prácticamente de colegas y con mismo nombre que el libro homónimo dirigida por el también escocés Paul McGuigan, amigo del escritor y con la experiencia previa de haber realizado un documental sobre hooligans londinenses –ahora dirige cosas con pela para el mercado yanqui como Push, 2009–. Las tres historias son francamente excesivas y divertidas, al puro estilo literario de Welsh, 100% de rebeldía moral e intelectual, con toneladas de humor grotesco y surrealista y una casuística de fondo que sólo significa ingenio, anarquía y puro disparate, lo cual no es poco. La última historia, la única con las drogas como detonante, presenta a un chico (Ewen Bremmer, el Spud de Trainspotting) padeciendo un mal viaje de ácido y, a su vez, una transmutación de personalidad con un niño recién nacido (!). Fragmento que de haberlo sabido resolver con tiempo (a diferencia de las otras dos historias, excelentes), bordearía la obra maestra absoluta. Casi una versión depravada y cuchufleta de Muñeco diabólico (Child’s Play, Tom Holland, 1988), con un antológico bebé animatrónico que no hace más que pensar en futbol, sexo y follarse a su madre.

En 2002, Welsh escribió Porno, una roñosa, cínica y soez pero asombrosamente certera e hilarante secuela de Trainspotting, en la que cedió el protagonismo a Sick Boy, el mejor segundón de la primera historia. Welsh comenzó a adaptarla al cine hace ya unos años, pero le echó para atrás la idea de contar con los mismos protagonistas de la película de Boyle, como tenía pensado, pues le parecían demasiado limpios, en forma y poco cambiados, y él los quería mucho más desgastados y degradados físicamente. Tal vez, en un futuro…

Y esto ha sido todo. Para valoraciones generales más explícitas, tozudas y de dudosa credibilidad sobre la drogadicción y la delincuencia juvenil, consultad en otra parte.

LEYENDAS URBANAS DE ANDAR POR CASA

Por Mario Orellana