El cine español del nuevo milenio en festivales internacionales

EL CINE ESPAÑOL DEL NUEVO MILENIO EN LOS FESTIVALES INTERNACIONALES

Por Daniel de Partearroyo.

Dos parecen ser las perspectivas principales que se pueden adoptar a la hora de repasar la presencia de las películas españolas en los festivales internacionales de cine de los últimos diez años.

La primera de ellas se centraría en destacar como grandes hitos para nuestra cinematografía los respectivos triunfos de dos directores que muchas veces se usan para totalizar la repercusión del cine español en el ámbito internacional. Son, claro, Pedro Almodóvar y Alejandro Amenábar. El director manchego entró en la década de confirmación de su éxito global con el espaldarazo que supuso el premio a la Mejor Dirección en el Festival de Cannes de 1999 por Todo sobre mi madre. Ya en nuestros años de estudio, en el mismo festival ha sumado la inauguración del certamen -La mala educación (2004)-, los premios al Mejor Guión y Mejor Actuación Femenina para todo su reparto -Volver (2006)- a prácticamente la presencia fija en la Sección Oficial -Los abrazos rotos (2009)-, algo que, curiosamente, no sucedió con su obra más pulcra, Hable con ella (2002), que sí estuvo nominada a Mejor Dirección en los Oscar de Hollywood y ganó la estatuilla para el Mejor Guión Original. Por su parte, Amenábar vivió momentos de triunfo, desmedida atención mediática y tamborileo con fanfarrias internacionales cuando ganó el León de Plata del Festival de Venecia por Mar adentro (2004) -que también supuso la Copa Volpi para Javier Bardem por su actuación encarnando al tetrapléjico Ramón Sampedro-. Unos galardones que precedieron el camino triunfante de la cinta en los Globos de Oro y los Oscar de la Academia de Hollywood, confirmando la buena aceptación general de la incursión en el melodrama moralista del director de Ágora (presentada fuera de concurso en Cannes 2009).

La segunda de las perspectivas posibles, en cambio, se articula de manera difractaria frente a lo expuesto hasta el momento. Si la presencia española en el circuito de escaparates planetarios del cine durante la pasada década ha sido tan difusa como poderosa y tan exaltada como ninguneada, este punto de vista se centra en los logros ensombrecidos por los centelleos y oscuridades de los nombres oficiales. Muchas veces, dueños de esas voces que critican la escasa representación celtíbera cada año en Cannes cuando, porcentualmente, es el festival de clase A -Donosti aparte, claro- que más atención presta a los realizadores españoles.

Y es que, mientras en Venecia sólo han competido Amenábar -Los otros (The Others, 2001), Mar adentro (2004)- y José Luis Guerín -En la ciudad de Sylvia (2007)- (1), y Berlín no ha destacado precisamente por el arrojo ni atrevimiento de las propuestas seleccionadas -You´re the one (una historia de entonces) (José Luis Garci, 2000), Piedras (Ramón Salazar, 2002), Mi vida sin mí (My Life Without Me, Isabel Coixet, 2003), La vida que te espera (Manuel Gutiérrez Aragón, 2004)-, la amplitud de miras -perdón, de secciones paralelas- de Cannes ha supuesto muchas más alegrías. En la prestigiosa Quincena de Realizadores, el menú más innovador, se han proyectado joyas como Honor de cavalleria (Albert Serra, 2006) y El cant dels ocells (Albert Serra, 2008) o los cortometrajes Avant pétalos grillados (Velasco Broca, 2006) y El ataque de los robots de Nebulosa-5 (Chema García Ibarra, 2008), cuatro cintas que hacen de su naturaleza insólita y productiva la mejor salvaguarda de talento para una nueva generación de cineastas españoles. Por la sección ya más habitual <<Un Certain Regard>> han desfilado autores como Jaime Rosales -Las horas del día (2003), que, además, ganó el FIPRESCI; La soledad (2007), Marc Recha -Las manos vacías (Les mains vides, 2003)-, Benito Zambrano -Habana Blues (2005)- y hasta David Trueba -Soldados de Salamina (2003)-. Sin olvidar, con brillo especial, la participación de Víctor Erice en la obra colectiva Ten Minutes Older: The Trompet con su segmento Alumbramiento (2002), o la proyección especial de Yo (Rafa Cortés, 2007) en la Semana de la Crítica recogiendo el premio FRIPESCI de mejor ópera prima.

Pasemos pues, a hablar de aquellos títulos que habitualmente no serán mencionados como grandes logros festivaleros para la filmografía española, pero que sí merecerían ser recordados y tenidos muy presentes como muestras de un cine plenamente consciente de su tiempo, en consonancia con las corrientes cinematográficas globales. Quizás por eso sean obras que, aun con unas señas de identidad insoslayables muy asentadas en su cultura de origen, resultan furtivas y difíciles de apresar por los etiquetadores oficiales. Otro rasgo que las sitúa en certámenes paralelos al circuito “clase A”, mercados cinematográficos sin shows de candilejas y alfombras rojas como Rotterdam, Mar de Plata o Locarno, donde las imágenes proyectadas son las únicas ilusiones que desfilan por la ciudad.

Por ejemplo, el Festival de Rotterdam, inicio de la temporada en Europa y apuesta constante por los realizadores jóvenes e independientes, ha dado su apoyo a dos (auténticas) figuras clave del cine español del nuevo milenio: el torrente de Albert Serra -muy querido por el festival holandés- y la meticulosidad contenida de Mercedes Álvarez -ganadora de un premio Tigre por El cielo gira (2004)-. En el segundo caso, supuso además la ubicación en el mapa de los premios internacionales del documental de Álvárez, que culminaría con su triunfo absoluto en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI) de 2005 -Mejor Película y FIPRESCI-. Igualmente, en Rotterdam la crítica internacional premió con un FIPRESCI Yo, facilitando su presencia en la Semana de la Crítica de Cannes que hemos mencionado antes. No en vano, la ópera prima de Rafa Cortés fue un auténtico bulldozer de festivales de todo el globo, la producción más seleccionada de su año.

Otra ópera prima, el drama con tintes kieslowskianos dirigido por Roser Aguilar, Lo mejor de mí (2007), ganó en el Festival de Locarno el Boccalino de Oro a la Mejor Película -premio entregado por la crítica- y el Leopardo de Plata a la mejor interpretación femenina para Marián Alvarez, su actriz protagonista. Siguiendo con los festivales periféricos, el cada vez más heterodoxo Cesc Gay triunfó con Ficción (Ficció, 2006) como Mejor Película en el festival argentino de Mar de Plata.

Una forma de cerrar el círculo que iniciamos al principio de este artículo sería terminar con la abultada presencia que tuvo el cine español en la 34ª edición del Festival de Toronto, en 2009. Los abrazos rotos, Ágora y Io, Don Giovanni (Carlos Saura, 2009) tuvieron su puesta de largo norteamericana en el festival canadiense, considerado el mayor mercado del circuito internacional. Sin embargo, preferimos resaltar como un logro indiscutible para el cine español del nuevo milenio -al menos para el que valdrá la pena- que fue una película como El sol del membrillo (Víctor Erice, 1992), en su día galardonada por el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes, la elegida por filmotecas y museos de todo el mundo a consulta de la Cinemateca de Toronto como Mejor Película de la Década de los Noventa. Un espejo en el que nunca estará mal intentar reflejarse.

(1) En 2009, el año de “fiebre española” en el Lido, ninguna de las cuatro películas proyectadas competía en sus secciones.

WE LOVE CINEMA

Por Ricardo Troncoso.


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One Comentario

  1. Frisco

    Sorprendentemente dejáis de lado “León y Olvido”, que en 2004 ó 2005 gana dos premios en Karlovy Vary, festival bastante más importante que Mar de Plata, Buenos Aires o Rotterdam. Gana el premio al mejor director, para Xavier Bermúdez, y a la mejor actriz, para Marta Larralde en Karlovy Vary com digo, y suma una decena de premios internacionales.

    Comentado 9 Febrero, 2010 a las 11:07 | Permalink