EL CUERPO COSIFICADO: Martín Rejtman (PARTE 1)

EL CUERPO COSIFICADO: Martín Rejtman (PARTE 1)

Por Celina López Seco

Un quiebre en el campo [1]

A mediados de la década del noventa el cine argentino sufrió un quiebre en la narrativa y estrategias formales en la construcción de su discurso, en relación a un pasado cinematográfico inmediato: el denominado cine de la  post-dictadura. Este quiebre es reconocido a partir del estreno de la película Pizza, birra, faso (Caetano – Stagnaro, 1997), allí se percibe la modificación por la aparición de nuevos agentes (jóvenes realizadores), con trayectorias similares (egresados de escuelas de cine) y mecanismos de consagración propios (por ejemplo Revista El Amante). Estos realizadores, con una mayor preocupación por las posibilidades expresivas del medio, viran hacia el experimentalismo, la búsqueda formal, y la producción cinematográfica argentina se diversifica, se individualiza.

Los filmes que formaron parte y dieron origen a esta ruptura fueron agrupados paulatinamente en un movimiento que la crítica, en desacuerdo con la mayoría de sus realizadores, denominó Nuevo cine argentino independiente.

Con la absoluta certeza de que los encasillamientos, delimitaciones, categorizaciones van en desmedro de estas “nuevas” modalidades, ya pasado un tiempo prudencial, (más de quince años) -desde aquél hito inaugural que fue Rapado (1992) de Martín Rejtman y las sucesivas Historias Breves (1996) que funcionaron como plataforma de identidad (concurso de cortometrajes de la Universidad del cine desde el cual se destacaron realizadores como Martel, Caetano entre otros)- Me voy a referir a Silvia Prieto (1998) también de Rejtman, como precursora de una posibilidad cinematográfica que dio el giro, que marcó la posibilidad real dentro de un país afecto a la moraleja y grandilocuencia discursiva, hacia un cine sin mensaje, que tuviera en cuenta el cine mismo.

La superficie

Martín Rejtman, director de cine y escritor, es considerado por un amplio sector de la crítica como uno de los “padres” de la actual generación de realizadores.

La construcción de su tradición estética puede definirse por el universo del que habla (jóvenes “apáticos” de clase media) y por el tono que utiliza (entre el drama y la comedia, el artificio y el realismo, la parquedad visual y los diálogos autorreferenciales). Lo importante es que estos personajes no representan, a diferencia de aquellos de quienes se ocupaba el cine previo, el cine de la post-dictadura, categorías preestablecidas para vehiculizar la ideología del director. Su construcción está dada por un intento de recuperar en ellos la experiencia de ser, de existir, de transitar el mundo (un mundo) más que por el espacio político-social ocupado.

Meterse adentro de las cosas al final lo que hace es sacarte. Es

muy fácil que la cámara entre a un lugar y haga entrar al espectador. Si trabajás en dos dimensiones, me parece que podés entrar mejor a algo. Mi única idea teórica sobre el cine es una sola frase: `el cine es superficie´ porque más allá de la pantalla no hay nada (…) El film está pensado pero no intelectualizado, por eso nunca voy a poner algo en tal lugar porque signifique tal cosa, porque no tengo ni la menor idea de lo que puede significar. Tengo la sensación de que si pienso en un tema a priori voy a  decir banalidades. Lo que yo quiero decir es lo que la obra dice (Rejtman citado pro Suárez en Suárez et al, 2001, el subrayado es nuestro).

La película que giró, Silvia Prieto

¿Cuál es la trama de Silvia Prieto? ¿Interesa la trama en Silvia Prieto? Hay seis personajes -Silvia, Brite, Marta, Marcelo, Gabriel y Garbuglia- que en el devenir del filme conformaran tres parejas. Silvia Prieto tiene veintisiete años, trabaja de camarera, lleva la cuenta de los cafés que ha servido hasta la fecha. Vive sola en un piso en capital federal, transita una rutina amable y conciente, (es su voz en off, con tono monocorde, la que anticipa las acciones que marcarán el relato). Y en una especie de homenaje o guiño irónico a la idea del cine como ventana abierta al mundo, a través de una cotidianeidad multiplicada e intercambiada por el azar, Silvia Prieto desarma algunos lugares comunes de la narrativa argentina:

La identidad

Película de personajes donde justamente la idea de persona pierde peso y desde allí se plantea un juego. Los protagonistas de esta película son principalmente elaborados a través del uso del lenguaje. La diferencia con el cine precedente es que éste no se concibe únicamente en su dimensión semántica. En Silvia Prieto el significante vacío es la mayor de las libertades posibles porque el sentido no está dado de antemano, no es inherente a las cosas. El sentido es también un juego en donde cada parlamento va tejiendo la personalidad y las relaciones de los mismos que nunca van más allá de una superficie: los personajes son como cajas vacías, llenadas por rasgos momentáneos que se tornan en lo único identificable. No muestran-parecen tener emociones, no hay en ellos nada que indique alguna interioridad más allá de lo puesto en escena en la pantalla: ni gestos, ni miradas que dejen acceder a un universo ulterior. Por una parte, esta superficialidad es lo que los vuelve intercambiables y el encadenamiento sucesivo, cuya ilación está dada por lo verbal, deja intuir que la sucesión de los acontecimientos en la historia es la misma que la del relato. Y por la otra, la artificiosidad de sus movimientos y la ausencia de marcas de apropiación o personalización en los lugares circulados transmiten la idea de un transitar mecánico, o en todo caso, una total indiferencia.

No hay gestos de intimidad o cercanía; y a pesar de que la película está construida en base a la existencia de tres parejas no vemos rasgos de vida íntima. Los trayectos que llevan de uno a otro de los espacios son omitidos; los cambios se indican por un plano inmovilizado del lugar donde va a suceder la acción, la voz en off de Silvia de Prieto indica algo sobre ese espacio, lo contextualiza en la trama y luego en ese nuevo escenario comienza otra unidad de acción.

En torno a la posesión del nombre se desarrolla uno de los principales conflictos de la película: la aparición de otra Silvia Prieto. La amenaza deviene de la existencia de alguien con el mismo nombre; la amenaza en sí es la existencia del “nombre” no de la persona. Silvia Prieto se obsesiona, y comienza a llamar por teléfono a la otra Silvia Prieto, hasta que después de reiterados desencuentros, ambas Silvias concretan una cita. En este sentido decimos que la identidad es un blanco claro del humor: el ser uno mismo no parece depender de ejes interiores sino que se remite a objetos exteriores (la posesión de un canario, un saco Armani, el uso del desodorante). Pero el principal de estos “objetos” es el nombre.