EL ÚLTIMO AMERICANO VIRGEN (The Last American Virgin, Boaz Davidson, 1982)
Por Pepón Fuentes
El ultimo americano virgen mola. Y yo, por mí, lo dejaba ahí.
De todos modos será mejor que rellene algunos párrafos más con alguna tontería, que ya he presumido de que voy a escribir en el blog ante dos o tres chicas fácilmente impresionables y no quiero arriesgarme a que al final no me publiquen.
Miren ustedes, yo no valgo para hablar de cine. No sirvo, en serio. Soy un inútil total. Nulo. Mi capacidad analítica sólo es capaz de generar tres tipos de opiniones: “Me ha molado”, “No me ha molado” y “Me ha molado regular”. Y ya sé que con mucho menos repertorio hay gente que se abre un blog, pero qué quieren, yo soy de naturaleza modesta.
Por eso cada vez que hablo de una peli prefiero dejar respetuosamente a un lado el hecho cinematográfico y expresarme desde mis filias y fobias, que esas sí que las tengo hermosotas. De las fobias les hablo otro día, que para caer en el arturoperezrevertismo siempre hay tiempo, pero mi top five de filias está encabezado por los perdedores.
Es así. Ustedes ponen a un loserazo en una peli y ya me gusta, aunque sea de Aki Kaurismäki. Aplaudo, me río con los peores chistes del guión y, en definitiva, me dedico a taparme los oídos y a gritar “¡lalalala!” cada vez que mi sentido crítico intenta quejarse de la mierda que le estoy obligando a ver sólo porque la protagoniza un tío al que le va mal en la vida.
Y no sólo eso. Además, y sobre todo, me identifico. Voy a tope con el prota. Lo vitoreo si triunfa y estoy dispuesto a llevármelo a tomar chupitos de Jäger si no es así. Habrá gente que vea a Jason Statham en Crank (Mark Neveldine y Brian Taylor, 2006) con un “fíjate, como la vida misma” en los labios, pero lo mío son los desgraciaos sin posibilidad de redención… Y para eso creó Dios las pelis de teenagers.
El último americano virgen tiene todo lo que hizo al género grande en su momento. Hay agujeros en la pared que te permiten ver el vestuario de la chicas, milfs dispuestas a que se las cepillen equipos enteros de softball, concursos de pollas y sidekicks gordos con Raybans; pero además de todo eso tiene algo que no tienen las otras: loserismo extremo y dolor.
No, miento, dolor no. Lo que tiene es DOLOR.
Pero a paletadas, ¿eh? Dolor a cholón. Carretillas repletas. Café, copa y dolor. Y además la misma peli te avisa, te dice: “No te emociones mucho, que todavía se van a repartir un par de hostias bien dadas antes de que acabe la peli”. Y no te engaña, la muy cabrona.
Hay algo cuando Gary compra el colgante para Karen todo ilusionado, cuando el abuelete de la tienda le sonríe con cara de “Eh, yo también fui joven… A tope con el amor”, que siempre me hace estremecer porque está clarísimo que lo que viene a continuación va a ser tan bonito como un accidente de tráfico con un autobús escolar en el papel protagonista.
Y ahora es cuando yo les podría hablar desde una perspectiva cinemátográfica y contarles que El último americano virgen es una suerte de remake de una peli israelí, largarles un rollazo sobre lo diferentes que son las dos mitades de la cinta o poner en un pedestal los santos cojonazos de Boaz Davidson por terminar la peli como la termina; pero lo primero lo pueden mirar en Google, lo segundo sería una obviedad en la que no estoy dispuesto a caer y lo último, lo de poner cojonazos sobre un pedestal, creo que ya se encargó de hacerlo el mismo Davidson cuando se le ocurrió el argumento de Mutación (aka Mosquitoman, Mansquito, Tibor Takács, 2005).
Por eso déjenme que les resuma mi pasión por El último americano virgen con una frase: El último americano virgen es mi Casablanca (Michael Curtiz, 1942) particular.
Y no me malinterpreten, que a mí Rick, los nazis y el As Time Goes By me chiflan, pero me temo que Casablanca, por muy Casablanca que sea, no es mi Casablanca particular. Es decir, Casablanca no es esa peli que siempre espero que acabe de forma diferente. Me da igual que Ingrid Bergman se vaya en ese avión. De hecho, me alegra que lo haga. Pírate ya, tía pesada. A calentar a otro. Sin embargo, cada vez que vez que veo el final de El último americano virgen y Gary entra en la cocina rezo para que esta vez Karen no se esté dando el lote con el guaperas de Rick.
Pero se lo está dando. Se están dando el lotazo, ella abre los ojos, mira al pobre Gary con el corazón rotísimo y durante un segundo creo ver una sombra de remordimiento en su mirada que inmediatamente es sustituida por una sonrisa que obliga al protagonista y a nosotros mismos a aceptar el lugar al que pertenece dentro del esquema universal: Es un perdedor y los perdedores nunca consiguen a la chica guapa.
Y la peli que cuente lo contrario miente como una bellaca. A tomar por culo.
WE LOVE CINEMA
Por Indiana Caba




