Eugenio Mira y César Velasco Broca: La memoria estaba hecha de esto

EUGENIO MIRA Y CÉSAR VELASCO BROCA: LA MEMORIA ESTABA HECHA DE ESTO

Por Pablo Muñoz

Comparten Eugenio Mira y César Velasco Broca un referente que se usa frecuentemente para tratar de explicar sus intenciones: David Lynch. El uso de una narrativa no racional, ni exactamente lineal; si del primero se intuye lynchiano el uso deliberado de elementos atmosféricos de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), se interpreta como un gesto de cercanía en el segundo. No dudo el interés de ambos por su cine, sobre todo de Mira: la escena final  de The Birthday (2004) relee de un modo lynchiano sus temas de la furia, el amor y el sarcasmo. Dicho esto, el referente me parece equivocado. Voy a tratar de explicarlo a partir de sus obras mayores hasta el momento, The BirthdayAvant petalos grillados (2006), respectivamente.

The Birthday no es tanto una heredera de Terciopelo azul como un ejercicio de Memoria. Entendida como juego posmoderno, claro, porque la Memoria, dieron por sentado los cineastas de los años setenta y ochenta, estaba hecha de imágenes de otras películas. Hay cimas de este procedimiento en Brian De Palma –Doble cuerpo (Body Double, 1984),Femme Fatale (2002)–, Steven Spielberg –1941 (1979), Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984)– o Joe Dante –Gremlins (1984), No matarás… al vecino(The ‘burbs, 1989)–, pero la más interesante está en los hermanos Coen, en cuya obra el ejercicio de Memoria pasa por la posibilidad de detectar una conexión. Su primera película, Sangre fácil (Blood Simple, 1984), deslocaliza el cine negro a lo James M. Cain y lo lleva hasta el extremo enloquecido de una película de John Carpenter. Sin embargo, el centro es El gran salto (The Hudsucker Proxy, 1994): una screwball comedy cuyo tema es el Futuro, entendido como una serie de ideas que podemos tener ahora sobre el Pasado en el que se ambiente, los enloquecidos años cincuenta, algo que también deslocaliza la screwball, cuya edad de oro se sitúa en los años 30 y 40. El procedimiento pasa por electrocutar un Pasado a través de las películas, algo que no es ajeno al máximo contemporáneo de Mira, Richard Kelly, que hizo lo mismo en Donnie Darko (2001). Si los Coen establecen conexiones a través del Pasado Fílmico Clásico, Kelly lo hace a través de la Materia misma de su adolescencia con una perspectiva adulta. Pero donde Kelly ve una tragedia norteamericana y nostálgica, Mira ve un lazo coeniano: una comedia romántica que termina a la manera (oscura) de Lynch para ser una versión (dantesca) de Spielberg.

Con Avant petalos grillados el experimento es ligeramente más sofisticado porque no pasa solamente por las conexiones, sino por ordenar las mismas. Toda la obra está articulada a través del cuerpo del protagonista y sus reacciones: el referente parece estar en My Dad Is 100 Years Old (Guy Maddin, 2005), en la que el ombligo de Isabella Rossellini articulaba un ejercicio de memoria que pasaba por fragmentos de Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta, 1945) y una maddinización del árido y nada fabulador cine de su padre, Roberto Rossellini. En Avant petalos grillados el cuerpo articula una tensión, pero una con el propio cine de Kubrick, con la perfección de sus composiciones, explícitamente citadas dos veces, tanto en las escenas de sus inquietantes pasillos como en la propia escena final.  Habrá quien vea el uso de la banda sonora incidental como deliberadamente lynchiano, pero no lo creo: en el cine del maestro norteamericano no existe una tensión, explícita, con la Memoria. En su ejercicio de Orden, Velasco Broca ha permitido, de forma asombrosamente poco afectada, que la iconografía subcultural conquiste su imaginario y con ello, la mayoría de escenas violentas, casi fullerianas, que protagonizan. Pero también una sensibilidad que no niega orígenes en películas como Paisà (1946). Lo interesante es que en esa exploración pasan los restos kubrickianos de lo Nuevo. En una obra cuyo centro temático habla del secuestro o de la conversión industrial, esta tensión parece adecuada: a diferencia de su precursor Guy Maddin, César Velasco Broca no está enamorado del Pasado porque no lo considera una fórmula válida para la Fábula, sino algo inevitable que sobrevive a lo que confrontamos y que funciona erosionado por una poesía rota, evidentemente kubrickiana.

WE LOVE CINEMA

Por Clara Urra.


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3 Comentarios

  1. Veo, sin duda, la conexión Velasco Broca-Guy Maddin, siempre he pensado también en Antonioni y su atención por el urbanismo periférico y racionalista. Habría que hablar también de ese lugar im-posible e im-pensable en el que Cocteau meets Bresson (véase la pieza Mate Dziecko, que seguro he escrito mal).
    Sin embargo, no comparto la referencia a Paisà. No lo veo, no lo veo…

    Comentado 19 Febrero, 2010 a las 13:16 | Permalink
  2. Que por cierto, mi más sincera felicitación por el blog El rincón de Alvy Singer, todo sea dicho.

    Comentado 19 Febrero, 2010 a las 13:17 | Permalink
  3. Bueno, muchas gracias por el comentario, Luis, de veras. Estoy de acuerdo con lo de Antonioni, tanto que lo descarté (lo juro) porque era (otra) tesis. Y una pantanosa, fascinante. Como la obra de este par, que tiene la virtud de prestarse a muchas y variadas interpretaciones.

    Comentado 21 Febrero, 2010 a las 20:08 | Permalink