EVERETT DE ROCHE: De hombres, eco-terrores y otros animales (Parte 2)

Everett de Roche. De hombres, eco-terrores y otros animales

Por Óscar Brox

La obra de Everett de Roche comparte con sus contemporáneos su ansiedad por retratar mundos salvajes, en los que el hombre de ciudad es sometido a un proceso de animalización que lo confunde con el escenario en el que se ha perdido. En Razorback, Carl Winters (Gregory Harrison) es sólo un burgués norteamericano que viaja hacia otro universo para investigar la muerte de su mujer, cambiando así el ambiente sofisticado y hedonista de la ciudad avanzada por el desierto deshumanizado australiano. Lo interesante es observar el punto en el que Carl, confundido en mitad de la nada, empieza a percibir que los lugareños -los temibles Benny y Dicko Baker, dignos sucesores de los salvajes de autopista de George Miller- no se alejan tanto de la condición de bestia a la que pertenece el jabalí. Y es que, una de las claves del cine de de Roche gira en torno a cómo el proceso de humanización acaba transformando a sus sujetos en individuos inhumanos, a los que ya no les queda ni una gota de bondad, tan despiadados como el animal asesino. A veces, esa transformación cataliza una quiebra interior -la de la pareja protagonista de Largo fin de semana cuya crisis matrimonial esconde otra crisis todavía mayor; la de la pareja entendida como unidad básica vital, como el respaldo para que la soledad no pudra los cimientos de una futura sociedad-; y otras, como sucede en Razorback, advierte de cómo el ensimismamiento y la brecha entre diferentes castas sociales produce monstruos todavía más letales que los de siempre.

Todo lo anterior encuentra su síntesis perfecta en Link (Richard Franklin, 1986), en la que el terror no proviene ni de la naturaleza ni de animales más exóticos, si no de nuestro pariente más cercano: el simio. Quizá por eso, el personaje del Dr. Stephen Phillip sea una de las aportaciones nucleares para el discurso urdido por de Roche. Es aquí donde mejor podemos ver cómo una existencia busca someter a otra a sus reglas, como se busca un proceso de humanización artificial, cuyos objetivos se revelan incapaces de ocultar otro proceso: el del pliegue de una existencia sobre la otra, sepultando todo lo que tenga de Historia, Mundo e Identidad. Y es que, aunque el simio protagonista, patético vestigio de una humanidad dislocada, pueda parecer el antagonista del filme; lo cierto es que es el sombrío primatólogo interpretado por Terence Stamp el villano que, como si se tratase de un clásico, toma a la princesa (Elisabeth Shue) como su prisionera -o sirvienta, que viene a ser lo mismo- con la intención de provocar su encuentro con la bestia a la que ha amaestrado/humanizado durante años. Una vez Link roba el protagonismo al profesor, la brecha que comentaba líneas arriba se hace más evidente, y el imposible mono-hombre mayordomo sólo puede reaccionar rebelándose violentamente contra esa transformación, mientras destruye ese mundo de hombres del que nunca ha podido ni querido formar parte.

En La última ola (The Last Wave, 1977) Peter Weir planteaba cómo el contacto con las raíces de nuestro mundo podía hacernos cuestionar la estabilidad de nuestro entorno cotidiano. La realidad era, pues, como un hojaldre con diversas capas que sólo pedía entender que, arriba o abajo, todas tenían el mismo estatuto de auténticas y la misma carta de validez de realidad, por muy escondidas que estuviesen. Es esta una idea -la de todos esos microcosmos que habitan nuestra realidad pero que no necesariamente han de subordinarse a ésta- especialmente valiosa en la obra de Everett de Roche; sobre todo, porque lejos de un acercamiento intelectual, se produce otro más bien agresivo, terriblemente material, en el que todo lo que no participa de lo humano, se resiste a acabar subordinado a nuestro mundo. Por eso, en algún momento de su búsqueda, los personajes de su obra acaban viéndose obligados a abrazar la violencia como único recurso para mantener la estabilidad de un mundo cuyo desarrollo no quieren compartir con el resto. Mientras en el cine de Weir es la conciencia del aborigen la que late en el corazón del conflicto, la que exige adquirir conocimiento de quiénes somos, en una aventura más bien alegórica; en de Roche el camino es brutal, aniquilador y, sobre todo, progresivamente deshumanizado. La mejor manera de entender su cine es como un camino en el que la barbarie rasga la carne del hombre para descubrir al animal que habita en su interior. La naturaleza, los creeks y zonas deshabitadas, o el mundo de los insectos son sólo algunos de los -invisibles- personajes que actúan en la descomposición del hombre como figura central de todo. Y es que, si algo nos enseñan las tranquilas imágenes de El territorio de la bestia (Rogue, Greg McLean, 2007) es que, detrás de todo ese paraíso no hay más que una guerra entre los diferentes poderes para ocupar el puesto que la humanidad está empezando a ceder. Tal es la lección del eco-terror y uno de los aspectos más enriquecedores del cine de Everett de Roche.