EVERETT DE ROCHE: De hombres, eco-terrores y otros animales (Parte 1)

Everett de Roche. De hombres, eco-terrores y otros animales

Por Óscar Brox

Ofrecer una panorámica del cine -fantástico o no- australiano a partir de la figura de Everett de Roche puede suponer, con el revival del que ha gozado en los últimos años, un ejercicio ciertamente tentador. No en vano, desde su recuperación -en cursiva, pues, aunque recluido en la televisión, nunca estuvo ausente- por parte de cineastas como Richard Franklin o Jamie Blanks, el asentamiento de valores en alza como Greg McLean, o la indispensable labor arqueológica de un documental como Not Quite Hollywood (Mark Hartley, 2008), el cine australiano parece haber despertado de nuevo su identidad después de años exportando artesanos (Philip Noyce, Bruce Beresford o Scott Hicks, por ejemplo) al cine estadounidense. Sin embargo, y dadas las características de cierto cine australiano, me interesa reconstruir una línea del tiempo que describe ese aspecto salvaje, brutal y primitivo en cuya consolidación ha contribuido de manera determinante de Roche.

El otrora destacado realizador Russell Mulcahy dirigió en 1984, a partir de una novela original de Peter Brennan cuyo guión corrió a cargo de Everett de Roche, Razorback, los colmillos del infierno (Razorback). A pesar de su estética anclada en tics visuales que le harían acreedor del tic -éste, si cabe, todavía más pueril- de cineasta videoclipero, hay en el filme de Mulcahy un detalle que nos acompañará durante este recorrido: el sensualismo que recorre sus imágenes. Y es que sus imágenes parecen proceder directamente de los sentidos y no de la razón, como si la desesperada caza del jabalí protagonista tuviese lugar en un espacio inaprensible, al que sólo podríamos acceder rebajándonos a un estado más propio de la barbarie. El desierto australiano sería el territorio ideal para regresar al estado de naturaleza, de guerra de todos contra todos, tal y como explicaría en clave apocalíptica George Miller con su trilogía de Mad Max. Un lugar en el que volver a pensar con las manos, en el que el futuro se revelase como una caída en la barbarie y el lenguaje apenas dejase de observar las reglas gramaticales a favor de un incomprensible galimatías de gritos enfebrecidos. En otras palabras, el escenario perfecto para el hombre devenido animal; una bestia sensualista cuyo pensamiento provendría exclusivamente de sus sentidos.

La belleza de los parajes australianos siempre ha dejado margen para especular sobre lo que podría esconder su interior. Basta recordar como, en el seno del eco-terror, la playa de Largo fin de semana (Long Weekend, Colin Eggleston (1978) y Jamie Blanks (2008) se rebelaba en toda su hostilidad como una zona fuera de la sociedad que, precisamente por su naturaleza, reacciona a las agresiones provenientes de la urbe. De Roche, como el Peter Weir de Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock, 1975), ve en ese paisaje el valor de una Historia que lleva más tiempo en el mundo que nosotros y que, bajo la apariencia de un misterio, nos plantea si no es Largo fin de semana el testimonio de una forma de vida que se reivindica frente a aquella que todos conocemos: la humanidad. La naturaleza está ahí, pasa desapercibida, y sólo reacciona -véase la excelente El incidente (The Happening, M. Night Shyamalan, 2008)- cuando percibe más vulnerable a la humanidad, y más borrosa la línea que separa ambas existencias. Y una vez desencadena su violencia, los hombres retroceden a una condición salvaje y se expresan desde la barbarie. No en vano, Los coches que devoraron París (The Cars that Ate Paris, Peter Weir, 1974) muestra ese proceso de degradación de las estructuras sociales mediante el cual la civilización acaba recluida y reducida a la violencia irrefrenable, y todo su mundo, incluida la tecnología, no supone más que otra extensión de su incipiente animalización. Así esos coches que vigilan en la oscuridad, cuyos faros parecen más los ojos de un felino antes que vulgares luces artificiales.

2º parte, lunes 13 de diciembre de 2010.