FANTÁSTICO SR. ANDERSON

FANTÁSTICO SR. ANDERSON

Por Ibán Manzano

A propósito de su última película, Fantastic Sr. Fox (Wes Anderson, 2010), Ty Burr, del Boston Globe, apuntó que su director parecía haber hecho la película antes que para otros niños, para su verdadero niño interior. Es curioso porque todas las películas de Anderson (también Fantastic Sr. Fox) parecen hechas antes para el adolescente que todo adulto sigue alojando en su interior, sometido a las inclemencias de la desconexión propia de la ¿madurez?, que para cualquier otro. Incluido Wes Anderson.

La filmografía de Anderson podría pasar por un intento de recoger la película teenager que pudo ser y no fue, protagonizada a un tiempo por un niño prodigio de bastantes tacos que sabe tocar con privilegio innato las teclas de cualquier órgano que le pongan delante, pero que falla a la hora de enfrentarse al desamparo; y a otro por la figura elusiva de un padre que modula ese fracaso que está por venir. Un viaje de iniciación y conocimiento para aprender que, en definitiva, no hay mucho que aprender, acaso la tristeza.

Muchos son los ejemplos de este binomio padre/hijo como el alimentado por el Bill Murray de Academia Rushmore (Rushmore, 1998), esquinada presencia, progenitor y villano, que anuncia la época adulta como tránsito sin fin hacia el desencanto emocional, con lo que tiñe de melancólica renuncia cada una de las decisiones de un Jason Schwartzman para el que el amor, apuntado apresuradamente como nota al margen en un libro de especies marítimas, acabará por ser sinónimo de un desengaño al que ni una enciclopedia entera puede responder.

También, nuevamente, el Bill Murray de Life Aquatic (The Life Aquatic with Steve Zissou, 2004), un Capitán Ahab a la búsqueda de su particular ballena, un tiburón eléctrico de asombrosa belleza, un espejismo cool habitando en el interior de un océano que sólo unos pocos alcanzan a ver. Murray aquí da vida a una suerte de Costeau que se niega a madurar y al que le aparece, no en vano, un hijo al que no quiere admitir.

Igual ocurre con los tres hermanos de Los Tenenbaums. Una familia de genios (The Royal Tenenbaums, 2001), cuya superdotada condición de listillos los vuelve hipersensibles a toda tragedia, o más bien a la suya. Mucho tiene que ver el padre que los crió (y abandonó), un papanatas con cobardía crónica que los ha obligado a encerrarse en un laberinto de sofisticación pop donde el chiste es sólo otra manera de licuar la tristeza y regalar un chándal Adidas lo más cercano a un abrazo.

Y siguiendo con  los hermanos, Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited, 2007), la película con la poética más ensimismada de su director empieza con Murray corriendo hacia un tren que no llega a alcanzar (y que sí cogen los protagonistas). Además de como chiste interno, el arranque funciona como pista en prólogo de un viaje con textura new age (en una India nuevamente diluida por el chascarrillo postmoderno) sin padre, en el que tampoco esta vez se aprende nada. Nada al menos que nos haga más felices.

Fantastic Sr. Fox, sin desvelar nada del argumento, ofrece un curioso caso de adaptación. Roal Dahl, escritor para preadolescentes (entre otros), no es desde luego un eco referencial imprevisible en la filmografía de Anderson, pero sí fascina la absoluta sincronización de sus discursos. Fantastic Sr. Fox es una adaptación modélica de El Superzorro (Fantastic Mr. Fox, 1970), de Dahl. También es una cinta 100% Anderson, en su control de la forma (la paleta otoñal variante animada, el peculiar uso de la profundidad de campo en largos planos frontales) y en sus obsesiones temáticas (el zorro que se niega a sentar la cabeza). Hay también otros dos rasgos esenciales. Un tema en su banda sonora que es casi un cover del de Los 400 golpes (Les quatre cents coups, François Truffaut, 1959) y que apuntala a Anderson como la versión de síntesis de un Salinger que filma películas como story boards de Calvin & Hobbes. Y un momento revelador, una epifanía que al espectador le traerá a la memoria el citado careo entre Murray y el tiburón. Es posible que sea esa epifanía en ambos casos los que nos dé la medida de la belleza. También lo que confirma a Anderson como (mucho) más que una (Sofia) Coppola . Lo que nos asegura que Anderson ha conseguido lo que tanto temen sus personajes, alcanzar la madurez (cinematográfica) sin decir adiós a su yo adolescente.

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