Francotiradores del cine español

Francotiradores del cine español. Sobre lo real descacharrante: Pablo Berger, Santiago Lorenzo, Óscar Aibar.

Por Héctor G. Barnés.

«Los españoles están muy dotados para lo cómico. Llegan rápido a lo cruel, y sus fantasías más grotescas contienen frecuentemente algo de sombrío»

Esthétiques, Charles Baudelaire

No hay nada como una coincidencia inesperada para comenzar a tirar del hilo que desentrañe la maraña de cierta tendencia del cine español: tanto Platillos volantes de Óscar Aibar como Torremolinos 73 de Pablo Berger, ambas estrenadas en el año 2003 y ambientadas en la España de los años inmediatamente anteriores a la muerte del dictador y la posterior Transición, encuentran sus raíces en sendos hechos “reales” (pongamos entre paréntesis el dichoso adjetivo). Lo cual no tendría nada de sorprendente si se tratasen de dramas sociales o melodramas, los géneros por antonomasia donde la etiqueta del “hecho real” supone un plus de credibilidad, paradójicamente casi siempre como justificación de ficciones que de otra forma resultarían inverosímiles. Pero se trata de comedias que juegan en un terreno similar, el  de un cierto gusto por lo freak. Ambas ofrecen una mirada tierna y algo condescendiente hacia nuestros antepasados bizarros y, también, una alternativa perfectamente válida a, por un lado, el cine pretendidamente realista que ha copado las carteleras de nuestros cines durante la última década y por otro, el de la comedia popular de enredo que en la mayor parte de los casos no pasa de ser una prolongación de las sitcoms que triunfan en televisión.

La brecha de treinta años que separa la realización de las películas del momento histórico en que transcurren marca los puntos de coincidencia de ambas. Principalmente, esa visión distante de la que ya se ha hablado, divertida y al mismo tiempo, comprensiva, sobre unos hechos terribles —el suicidio de dos inadaptados, aficionados a la ufología y ahogados por su entorno en Platillos volantes; la renuncia a los sueños y la humillación del hombre medio en Torremolinos 73— que comparten el mismo fondo: la necesidad de huir de <<la comedia, hipocresía y tiranía del mundo real>>, que diría el personaje de Ángel de Andrés en la película de Aibar, ya sea a otros planetas o creyéndose el Bergman de la Costa del Sol. Tampoco renuncian a cierta melancolía por la inocencia perdida, o a la descripción algo nostálgica de los usos y costumbres de la época. La mezcla de crueldad y comedia funciona mejor en Platillos volantes, a causa de la tendencia de Berger al chiste fácil –la temática erótica de Torremolinos 73 se presta a ello–, y a los grandes aciertos de Aibar, como esa confusión casi chapliniana entre las organizaciones de aficionados a la ufología y el proscrito partido comunista. Sin embargo, en pocas películas españolas de los últimos años hay un momento tan terrible como el clímax de Torremolinos 73, cuando el personaje de Javier Cámara, un auteur críptico en sus fantasías, en realidad director de porno de baja estofa, se ve obligado a rodar la explícita escena en la que su mujer se acuesta con un trasunto de Max Von Sydow… como un acto de amor definitivo, pues es la única oportunidad que tendrá la mujer de quedarse embarazada, ya que su marido es estéril.

Años más tarde, Óscar Aibar dirigiría La máquina de bailar (2006), interesante pero, a mi juicio, fallido intento de ofrecer la declinación española de determinados subgéneros característicos del cine estadounidense de las últimas décadas (y curiosamente, al contrario que los géneros clásicos hollywoodienses, difícilmente exportables), sobre todo las películas que podríamos llamar “de superación personal”, de Flashdance (Adrian Lyne, 1983) a Karate Kid (John G. Avildsen, 1984) o, por qué no, la reciente Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2005), con un fatal Santiago Segura en el papel del fracasado que busca a través de sus jóvenes pupilos una segunda oportunidad. El problema reside, entre otras cosas, en que al querer jugar con tantas barajas a la vez (la del homenaje, la autoparodia y la sonrisa irónica, pero al mismo tiempo la de la sinceridad y la comprensión por sus personajes) no termina de encontrar su lugar, ya que la película se ahoga en esa catarata de referencias que no termina de trascender. <<La filosofía de las películas baratas ayuda a la gente. La gente normal no vive vidas grandes y profundas. La gente normal vive vidas baratas>>, dice el personaje de Segura, en lo que es una constante de este cine del orgullo del perdedor.

Pero si hay una película que sí ha logrado esquivar las trampas en las que la mayor parte de estas producciones caen —claudicación ante el chascarrillo fácil, hipertrofia de referencias cinematográficas, necesidad comercial de conectar con lo catódico—, esa es Un buen día lo tiene cualquiera (2007). La segunda película de Santiago Lorenzo tras Mamá es boba (1997) consigue superar por fin la autocomplacencia del guiño continuo para iniciados y señala los lugares por donde debería transitar en los próximos años la comedia española, que no son tanto los del orgullo freak, ya algo caduco, como el de un sainete popular, digno y accesible para cualquier clase de público (pero lejos de la trampa televisiva de las sitcoms nacionales), que en la historia del cine español se emparenta rápidamente con Berlanga, Ferreri y los guiones de Azcona… presentes todos ellos de alguna forma en este retrato entre lo cruel y lo deliberadamente cutre de la crisis de los treinta y los traumas de la vejez en esa imposible historia de (in)comprensión mutua entre un opositor y un anciano excitable.

En un momento de la película, el lúcido y eufórico abuelo Onofre (interpretado con maestría por Juan Antonio Quintana) se acerca en pleno delirio anfetamínico a un grupo de mendigos: <<¡Mira, unos pobres! ¡Qué tipismo! ¡Qué costumbrista!>>. No hay frase que describa mejor el acercamiento de gran parte de nuestro cine hacia la sociedad española durante esta década, capitalizada por las formas del realismo de buen corazón de Fernando León de Aranoa, Achero Mañas o Icíar Bollaín, contra el que a finales de década reaccionó el sector formalista, Jaime Rosales y Javier Rebollo a la cabeza. Frente a ellos, estos francotiradores se mantienen como una “tercera vía” que no goza del éxito comercial ni del reconocimiento crítico de las dos anteriores, pero se encuentra más enraizada en nuestra propia tradición cultural. Quizá sea el momento de aceptar que una de las señas de identidad más características del pueblo español es esa tendencia nuestra a convertirnos, de forma inconsciente, en personajes grotescos de una farsa tragicómica.

WE LOVE CINEMA

Por M.A Serralvo

Welovecinema.es alternará diariamente su sección “Operación” con un tema crítico de opinión acerca de “La mejor película española de la década”, mañana Lunes 25 de enero: Chema García Ibarra (Realizador cinematográfico y de videoclips, El ataque los robots de Nenulosa 5).