GIGANTISMO ANIMAL: El tamaño es el mensaje (Parte I)

GIGANTISMO ANIMAL: El tamaño es el mensaje.

Por Diego Salgado.

Como casi todas las ramas de la ciencia ficción, la que atañe al gigantismo animal adquirió señas de identidad plenas en los cincuenta; década, por otra parte, cuya naturaleza cinematográfica en lo que a Hollywood se refiere está indisociablemente ligada al género: entre 1948 y 1962 se estrenaron en Estados Unidos más de quinientas películas de ciencia ficción, en suabrumadora mayoría de serie B.

“Rara vez habrá acabado un conflicto dejando en los vencedores tal sensación de terror e incertidumbre”, sentenciaba ominoso Edward R.Murrow días después de que fuesen arrojados sobre Hiroshima y Nagasaki sendos artefactos nucleares y Japón aceptase una derrota que daba fin a la Segunda Guerra Mundial y comienzo a la Guerra Fría; “rara vez se habrá tenido como ahora la sensación de que el futuro es oscuro y la supervivenciano está asegurada”. En 2010, el atomic bomb cinema no representa sino una muestra especialmente ingeniosa y entrañable del merchandising con que adornamos nuestro estar cultural en el mundo. Pero, cuando se estrenó en 1954 La humanidad en peligro (Them!, Gordon Douglas) —uno de los hitos del subgénero que nos ocupa—, el gobierno estadounidense acababa de introducir en la vida pública la primera de sus Operaciones Alerta, consistentes en simulacros de tres días durante los cuales la población había de suponer que Washington y otras cincuenta y cuatro ciudades habían sucumbido a una agresión nuclear soviética, aprendiendo en los refugios pertinentes areaccionar en consecuencia; a los niños se les adiestraba para que identificarán posibles amenazas en las siluetas de los aviones; muchas localidades instalaron sistemas de alarmas antiaéreas que probaban mensualmente; y las emisiones radiofónicas eran interrumpidas con frecuencia para recordar a los oyentes la posibilidad de un ataque atómico y las obligaciones de la defensa civil. Dos tercios de los estadounidenses daban por segura una Tercera Guerra Mundial en menos de diez años…

Una hormiga gigante, por tanto, no constituía en aquel momento ni un espectáculo escapista ni una alegoría burda sobre el comunismo soviético; sino un reflejo inéditamente agresivo de lo real, una terapia de choque sadomasoquista contra el temor cerval a que en un instante sucediese real y concretamente lo inimaginable, lo apenas entrevisto en noticiarios y revistas ilustradas, a nivel cosmológico pero también de la propia estructura genética. Reducir como se hace a menudo analíticamente ese miedo, que uno se atrevea equiparar al que se experimentó viviendo en directo el 11-S, a fríos términos sociológicos e historicistas en torno a paranoias y ansiedades colectivas, puede haber limitado la percepción sobre el impacto empírico e inmediato que albergaban aquellas imágenes.

Nos brinda una pista sobre el mismo un hecho poco divulgado: la fiebre por los bichos desproporcionados en el cine norteamericano de la época tuvo su origen en El gran gorila (Mighty Joe Young. Ernest B. Schoedsack, 1949), conefectos especiales de Willis O’Brien y, entre sus ayudantes, un joven Ray Harryhausen; The Lost Continent (Sam Newfield, 1951), aventura exploratoria en inaccesibles parajes poblados por criaturas antediluvianas, registro en que se había movido casi en exclusiva el gigantismo animal desde el cine mudo; el muy exitoso reestreno en 1952 de King Kong (íd. Merian C. Cooper y ErnestB. Schoedsack, 1933); y Veinte mil leguas de viaje submarino (20.000 leagues underthe sea. Richard Fleischer, 1954). Cuatro títulos clásicos, adscritos a referentes sentimentales, culturales y románticos que desaparecerán bruscamente de escena en cuanto haga acto de presencia en el engranaje de la oportunistaproducción en cadena el pánico nuclear; incluso cuando el detonante de la aparición del monstruo no fuese el átomo.

Si algo caracteriza a El monstruo de tiempos remotos (The beast from 20.000 fathoms.Eugene Lourie, 1953), para más inri de lo más lírico en su origen literario, cortesía de Ray Bradbury; a las hormigas de la citada Them!; a la innovadora Tarántula (Tarantula. Jack Arnold, 1955); a la mantis religiosa de The Deadly Mantis (Nathan Juran. 1957); a The Black Scorpion (Edward Ludwig, 1957) y a tantas otras bestias sobrehormonadas, es la absoluta impersonalidad que singularizan su amenaza y su eliminación; la tabula rasa que implican ambos aspectos respecto de cualquier tradición humanista y cinematográfica.

Publicación de la parte 2, el lunes 6 de diciembre.