GUILLERMO DEL TORO: Los estratos del monstruo

GUILLERMO DEL TORO:

LOS ESTRATOS DEL MONSTRUO

Por Noel Ceballos

Alguien, probablemente francés, definió Con la muerte en los talones (North by Northwest, Alfred Hitchcock, 1959) como un thriller geométrico: las abstractas líneas horizontales y verticales de sus títulos de crédito acaban uniéndose para formar un todo concreto (un edificio de Madison Avenue), las asépticas simetrías de la sede de Naciones Unidas tienen su réplica en la puesta en escena, el clímax establece una línea directa entre el modernismo orgánico de Frank Lloyd Wright y el paisaje sublime artificial del Monte Rushmore. Guillermo del Toro escribió un poderoso ensayo teórico de juventud sobre Alfred Hitchcock, así que podemos afirmar que lo tiene bien asumido. De hecho, su filmografía también parece estar recorrida por esa obsesión por la arquitectura profunda de sus universos de ficción: la diferencia es que, mientras Hitch prefería subirnos a las alturas olímpicas de la iconografía norteamericana, Del Toro está más interesado en los estratos inferiores.El subsuelo y sus dinámicas son una de las constantes en la obra de un autor fascinado por el mundo de los insectos. Su primera película en Hollywood, Mimic (1997), cumple la paradoja de ser, al mismo tiempo, su proyecto más impersonal (repudiado incluso por él mismo) y el mejor compendio de sus constantes autorales. En ella no solo hay una mirada fascinada y casi antropológica hacia los monstruos asquerosos que dominan el sustrato de nuestra realidad, sino que también encontramos su primera colaboración con Doug Jones (un intérprete que, probablemente, comparte con Del Toro su intención de comprender y dotar de humanidad a las criaturas de la imaginación), ecos palpables de esa weird fiction lovecraftiana de la que nuestro hombre se ha convertido en principal apóstol cinematográfico o una querencia por los espacios oscuros que definen los subterráneos de una sociedad sostenida sobre una frágil apariencia de normalidad.

El hecho de que Mimic sirva como perfecto pórtico a la Dimensión Del Toro no hace sino poner en evidencia uno de los lugares comunes más utilizados por nuestros analistas culturales a la hora de enfrentarse a una obra tan personalísima e inconfundible como la suya: la diferenciación entre productos alimenticios y proyectos personales. El clásico y bueno “una–para–mí, otra–para–ellos”. Hellboy II: El Ejército Dorado (Hellboy II: The Golden Army, 2008) demuestra que el director considera tan suyo el material de derribo manejado por Mike Mignola en su cómic original como los mucho mejor vistos cuentos de hadas tradicionales que aquí se retuercen con la misma lucidez perversa demostrada en El laberinto del fauno (2006). Del mismo modo, Cronos (1993) y Blade II (2002), con sus visiones complementarias y a contracorriente sobre el mito del vampirismo, podrían integrar un interesante programa doble: de hecho, sería lícito considerar que Del Toro fue capaz de tomar las riendas de un blockbuster marvelita para rodar una espectacular declinación de su ópera prima. Por último, sus dos películas más personales (siempre según nuestros analistas culturales) están ambientadas en coordenadas ajenas: la guerra civil española y los días inmediatamente posteriores, que el cineasta concibe como un terreno idóneo para seguir desarrollando su estudio sobre las relaciones entre superficie (dolorosa, inhóspita) y un subsuelo plagado de emanaciones sobrenaturales de las tensiones que florecen en el exterior (¿o quizá sea al revés?).

Resulta lógico que el monstruo sea la figura central de la filmografía de alguien que creció fascinado por el terror Universal, Arthur Machen o El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973). Del Toro no solo muestra interés en la superficie, sino también en el interior, en la arquitectura del monstruo. Como ese narrador trágico que se preguntaba por la naturaleza de un fantasma en El espinazo del Diablo (2001), al director la obsesiona la construcción interna de un arquetipo que, como Hellboy, puede ser al mismo tiempo héroe romántico o bestia del Apocalipsis. El nivel de sincronía alcanzado entre él y Ron Perlman hace que nos acordemos de James Whale y Boris Karloff: un equipo de director y actor empeñado en hacer evidente la humanidad de todo monstruo. Los ecos shakespearianos de la sociedad vampírica en Blade II también forman parte de la estrategia de un autor decidido a ennoblecer a sus criaturas más pesadillescas. De hecho, el único villano puro y realmente despreciable de toda su filmografía es cien por cien de carne y hueso: el capitán Vidal al que Sergi López interpretaba (saboreaba, más bien) en El laberinto del fauno.

Creyente y practicante de un tipo de fantasía retorcida que basa su capacidad de seducción en lo insólito y lo grotesco –no en vano, su labor de proselitismo con obras tan arriesgadas como The Birthday (Eugenio Mira, 2004) dice muchísimo a su favor—, Del Toro está a punto de sumergirse en el universo de otro autor tan preocupado como él por las estructuras de sus universos imaginarios: J.R.R. Tolkien. Esperemos que su futura adaptación de El Hobbit no caiga en las inercias de Peter Jackson, pues es difícil pensar en un material que, a priori, se ajuste mejor a sus constantes temáticas y estilísticas. De todos modos, el proyecto que realmente deberíamos esperar con ansia es su tan querida adaptación de Frankenstein, que el director podría poner en pie tras su aventura tolkeniana. Guillermo del Toro, el hombre que demostró que nada de lo extraño le era ajeno, coloca por fin sus tentáculos en un mundo dominado por dioses y monstruos.