La mejor película española de la década para J.D. Cáceres

YO (Rafa Cortés, 2007)

Por José David Cáceres Tapia.

Es complicado entender a Hans, el protagonista de Yo, una persona que a buen seguro entraría en ese grupo de gente, en el que estamos la mayor parte, que convenimos en denominar corriente o normal. Más que complicado de entender, cuesta atrapar una idea completa sobre su personalidad y comportamiento. En una impresión preliminar, se diría que es alguien perdido que no sabe quién es realmente y anda buscando su propia identidad, fracasando en el intento puesto que acabaría convertido en otro amparado en la suplantación. Esta lectura, sin embargo, es desmentida al menos parcialmente cuando Hans casi siempre se sitúa por detrás y por debajo de los demás y del entorno, ya sea por su carácter adaptativo o por su condición de extraño, si bien esto no es tan meridiano como parece a simple vista. No cabe duda que su itinerario es discutible éticamente pero exitoso a efectos prácticos inmediatos ya que alcanza lo que se vislumbra como un estadio de felicidad. Cabría, entre otras, una visión alternativa, que ahora me parece fascinante, el cual condenaría a Hans a dejar de estar ahí, a desaparecer literalmente de la historia («puede ocurrir que la última secuencia no sea más que una teatralización, un flash-back[…] se ha producido un salto temporal, ahora los personajes son diferentes […] esa secuencia ya la había vivido el otro Hans un año antes»), muy a la manera del Pedro de Arrebato (Iván Zulueta, 1979). La constante es, en cualquiera de los casos, similar: la identidad puesta en entredicho como valor único e intransferible. La obsesión / preocupación principal de Rafa Cortés (Palma de Mallorca, 1973), director de esta ópera prima inusual, extraordinaria.

Construida con precisión en el riguroso tratamiento del punto de vista subjetivo del protagonista, Yo es un relato hermético en las formas que despliega y expansivo en los vericuetos que abre, proponiendo desde lo particular otra enriquecedora visión global de quiénes somos a cada momento, en cada lugar, con cada persona. Un recorrido de descubrimiento que, con arrojo y riesgo, no plantea juicios de ningún tipo, desajustando la empatía hacía un protagonista–guía que ante todo quiere permanecer donde está («no creo en que las cosas sean de ninguna manera, más bien están») y forzando los contornos de una comunidad pequeña y recelosa, que se representa con las identidades acortadas, difuminadas o encubiertas. La desaforada ambigüedad presente en personajes, situaciones, espacios, elementos, añade esos puntos de fuga y a la vez desvía la narración hacia lo misterioso, dificultando su seguimiento natural y abandonando la acción en un suspenso continuo. Por ello, no se entiende siempre a Hans: el público vive en directo, desde el arranque del film, su experiencia, con el vértigo que supone no tener una determinada seguridad sobre adónde conducirá todo. Y entonces situaciones triviales o cotidianas se cargan de una profundidad que llega a descolocar por la tensión acumulada y el desasosiego generado: la larga secuencia en que va a la ciudad a comprar la botella de whisky para su jefe, asumiendo una culpabilidad que no le corresponde; el catártico instante en el que repentinamente se pone en pie y entona el trabalenguas en catalán.

Los andamiajes de Yo, bien prefigurados en el guión (escrito por el director en colaboración con Àlex Brendemühl, que interpreta asimismo al protagonista), poseen una férrea escritura audiovisual, la cual alcanza una optimización casi insólita en la conjunción de una planificación estricta con empleo mayoritario de la peliaguda cámara al hombro y la profusión de planos cerrados alrededor de la cabeza y mirada de Hans, y una tremenda música extradiegética compuesta por Óscar Kaiser (en su primera participación en un largometraje), surgida a partir de unas reglas previas: («buscamos una melodía compleja […], que se tocaba con un piano desafinado y luego una melodía concreta, compuesta sólo por dos notas,  un sol y un do, que está tocada por un piano afinado»). Siempre fiel al planteamiento, Rafa Cortés inyecta, a través de estos elementos, filtrados por influencias cinematográficas, literarias o musicales, conscientes o no («para la base del guión […] miramos de reojo El quimérico inquilino, de Polanski»), un sentido especular al film amplificando su impacto, encaminándolo, coherentemente, por caminos sorprendentes cada vez que se vuelve sobre él, los cuales por alucinantes y coyunturales que resulten, invitan a querer ir más allá: hoy me parece que yo responde a parecidos parámetros sobre la dualidad, la identidad escindida, el ser otro, que Perdidos (Lost; Abrams, Lieber, Lindeloff, 2004-2010. ABC): Hans simplemente ha vuelto a la isla que nunca debió abandonar.

Nota: Todas las declaraciones de Rafa Cortés provienen de la entrevista publicada en miradas de cine nº 78 – Cineastas españoles del s. XXI. Volumen I realizada por Manuel Ortega, Sergio Vargas y José David Cáceres Tapia.

WE LOVE CINEMA

Por José Martínez (Bouman Studios animación)

Welovecinema.es alternará diariamente  su dossier de opinión “La mejor película española de la década” con la sección “Operación”. Un tema crítico acerca del “Nuevo cine español del milenio”. Mañana Viernes 5 de febrero: Video-Correspondencias por Anna Petrus (Blogs & Docs) Con una fotografía exclusiva de Miguel Angel Fonta.

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