La mejor película española de la década para Rubén Lardín

LOS CRONOCRÍMENES (Nacho Vigalondo, 2007)

Temo repetirme, creo haber escrito ya en otras partes acerca de esta película, pero no puedo eludirla ahora porque, sin rebuscar mucho, se me impone como la primera opción para celebrar el cine hecho aquí durante la última década. Si más no, como la opción más estimulante, atípica y esperanzadora que en los últimos tiempos vino a colorear esta industria local nuestra que, se dice, va tirando un poco con la pata chula.

Vi Los cronocrímenes un par de veces, una antes y otra después de su estreno, que son maneras sensiblemente dispares de ver una película. La primera vez me descubrí cautivado, fluyendo en un juego un poco retador, algo atrapado en los mimbres, rastrillando; la segunda tomé conciencia de su hondura y de su porqué. Disfruté como un enano y supe que Vigalondo iba a hacer grandes películas después de aquella. No son maneras, quizás no debería haber encarado así la cosa, pero me han pedido una opinión personal y eso es exactamente lo que pensé entonces. Me gustó la película, pero de pronto estaba mirándola como un preludio extraordinario. Tics.

No es su primera intención, pero de Los cronocrímenes me gusta que delata la asimilación de un cine amorfo, de serie B y Z, me gusta que hace de las carencias desafuero y que prima la anomalía para elevarla a dimensión estética. Todo eso es muy difícil de hacer, casi nadie lo hace bien ni con discreción. Vigalondo y su equipo consiguieron la mesura exacta. Lo de viajar en el tiempo también me parece un recurso excepcional para retratar el YO desesperado, un poco informe (la momia rosa, ¡el rostro abstracto!), y un uso minimalista, armónico y muy divertido de algo así como “las edades del hombre”. Porque luego resulta que Los cronocrímenes es una peli romántica y de misión, deriva en una cosa de empeño, de sacrificio y de movidas así. El guión se demora muy gratamente en el tejer, en el tramado del misterio, y por un momento, transitando ya el último tramo de la peli, nos preguntamos eso mismo, que a qué tanto tirabuzón si lo que se cuenta al fin es ni más ni menos que una historia de amor tan leve y tan grave como lo son todas. Pero para entonces estamos tan agradecidos por el pisto, por cómo ha recorrido el terror, la ciencia-ficción y el drama existencial… Todo con una ligereza de ascensorista chiflado pero limpio y formal, buena gente. Y con esas herramientas tan bien aplicadas, Vigalondo nos ha hecho sentir la pequeña tragedia de Héctor en la boca del estómago. Fenomenal.

Lo que yo estoy validando aquí como algo intrépido habrá quien lo entienda como desmesura, pero creo que esa fluctuación interna y ese ir dislocando (que contempla también el humor y una lagrimilla de erotismo selecto) es lo que contiene el discurso de la película, el parecer y la tesis que sea. Cine de autor, hombre, esto es cine de autor enmascarado en falsa humildad. Cine certero y al tiempo cine imperfecto, que es como tiene que ser el cine.

Luego caemos en la cuenta de que las historias de Vigalondo siempre tienen un fondo de aflicción. Él lo sabrá de sobra, aunque ojalá no se pare nunca a pensar en ello y ni siquiera lea esta evaluación entusiasta mía, ni ninguna otra. Vigalondo, como Klaus Kinski, necesita amor, aunque es menos problemático. Menudo elemento. Qué talentazo. Qué suerte la nuestra. Qué buena película esta primera suya y la de cosas majas que va a ir haciendo este tío.

WE LOVE CINEMA

Por Nuria Villa.

AGRADECIMIENTOS: Pete Ashton (Ilustración Rubén Lardín) , Alberto Muriel (Ilustración Los cronocrímenes).

Welovecinema.es alternará diariamente  su dossier de opinión “La mejor película española de la década” con la sección “Operación”. Un tema crítico acerca del “nuevo cine español del milenio”. Mañana martes 9 de febrero: El cien español en festivales internacionales por Daniel de Partearroyo (Tren de sombras).