La reinvención de la realidad en Jaime Rosales + “La Soledad” – Mejor película de la década para Pablo Maqueda

LA REINVENCIÓN DE LA REALIDAD EN JAIME ROSALES

Por Alberto Haj–Saleh

Cualquiera que haya sufrido un accidente con el coche, o haya recibido un puñetazo inesperado, o se haya caído por las escaleras, sabrá que la sensación de extrañamiento ante un suceso que se sale tanto de nuestros esquemas cotidianos es realmente peculiar. La frase que más se repite en estos casos es <<era como si estuviese en una película>>. Es decir, de algún modo inconsciente nuestro cerebro trata de alejarse de nosotros mismos para lograr ver y comprender lo que está ocurriendo con un mínimo de perspectiva.

Las tres películas que componen la todavía corta filmografía del cineasta Jaime Rosales (Barcelona, 1970) –Las horas del día (2003), La soledad(2007) y Tiro en la cabeza (2008)– son, en mayor o menor medida, un ejercicio consciente de darle la vuelta a todo lo dicho en el párrafo anterior, es decir, de narrar la cotidianidad rompiendo los códigos y acuerdos preestablecidos entre espectador y película. El resultado es el mismo: el extrañamiento, la certeza de que lo que se está viendo necesita de un ejercicio de perspectiva para poder comprenderlo.

Déjenme que intente explicar este pequeño galimatías: decía William Goldman en uno de sus libros autobiográficos que alguien que conocía quiso escribir una película sobre los bomberos de una localidad norteamericana. Como quería el mayor realismo posible, pasó semanas con ellos tomando notas para poder reproducir al pie de la letra las conversaciones y los modos de hablar de aquellos hombretones (en su mayoría) que apagaban fuegos y sacaban gente de los escombros. El resultado fue un desastre: allí no había un guión, allí había realidad, y la realidad puesta en la pantalla produce el monstruo del no reconocimiento. Aunque aquello sea real, no lo reconocemos.

Por eso, Rosales no trata de filmar la realidad, como muchas veces se ha sugerido desde la crítica, sino que lo que hace es construir un discurso hiperrealista, es decir, la “verdad” contada también es una verdad creada: una realidad encuadrada y delimitada por muchas fronteras que obligan al espectador a mirar de un modo muy concreto. Los límites los crea a través de la propia narración, pero sobre todo a través de su propia técnica al filmar. ¿Qué otra cosa es la famosa polivisión que divide en dos un tercio de La soledad sino un dibujo nítido de esas fronteras? ¿Qué es la abundante proliferación de planos fijos de Alex Brendemühl sin los correspondientes e intuitivos contraplanos de sus acompañantes en Las horas del día sino una orden explícita de atención a un punto concreto de la acción? ¿Qué es, en definitiva, el punto de vista absolutamente espía de Tiro en la cabeza sino un sesgo preciso de la realidad que intenta contarnos el director?

Si hiciéramos un análisis riguroso de la veracidad (que no verosimilitud, ésta si la cumple con creces) de las dos primeras películas de Jaime Rosales, encontraríamos con una cierta rapidez lagunas de coherencia que desmontarían el conjunto. Dos ejemplos a vuelapluma: el Abel asesino de Las horas del día no se toma la más mínima molestia en limpiar huellas u ocultar pruebas; el atentado aislado en un autobús de línea regular de Madrid, no siendo algo imposible, sí es cuanto menos improbable. Pero lo cierto es que da lo mismo: dentro del juego narrativo que nos propone el director, el espectador (generalmente) acepta sin demasiados problemas esos hechos insólitos en beneficio del conjunto de la película.

Donde se debilita, sin embargo, ese pacto narrativo es precisamente en el uso de los diálogos. El guión de Rosales y Enric Rufas en estas dos primeras películas trata de reproducir la intrascendencia general de las conversaciones rutinarias de personas sin nada especialmente extraordinario en sus vidas. Pero esa inanidad de la gran mayoría de las palabras que decimos cada día resuenan impostadas en una pantalla de cine, incluso memorizadas algunas veces (por ejemplo, cuando en La soledad conversan sobre si conviene más un novio guapo o uno bueno, y uno de los personajes se arranca con una anécdota del pasado que narra con solemnidad de orador de iglesia). Volvemos entonces al punto de partida: cuanto más trata de aproximarse a la realidad desnuda, menos funcionan las películas. Cuanto más apuesta por dar un paso más allá y construir una hiperrealidad, más perfecto se vuelve el discurso.

Es por eso, tal vez, que al observar la progresión de la obra de Rosales encontramos que el cineasta ha ido despojándose film a film de los elementos más artificiales de sus narraciones. En la técnica, pasamos de una alternancia entre los planos “espía” (filmados desde detrás de una puerta o desde una ventana) y los más convencionales de Las horas del día a una casi totalidad de esos planos distanciados en La soledad, para terminar llegando al voyeurismo más completo y definitivo en el teleobjetivo lejano de Tiro en la cabeza. Igualmente, los diálogos más o menos frecuentes y rutinarios de la primera película del director dan paso en La soledad a una predominancia de los silencios y, finalmente, a la ausencia completa de diálogo escuchado en Tiro en la cabeza. De este modo, las decisiones estéticas y narrativas de este último film plantean una pregunta inevitable: ¿cuál será el siguiente paso hacia la desnudez formal en el cine de Jaime Rosales?

LA MEJOR PELÍCULA ESPAÑOLA DE LA DÉCADA PARA PABLO MAQUEDA

LA SOLEDAD (Jaime Rosales, 2007)

Echen la memoria atrás por unos años. No muchos. Dos. Finales de febrero. Palacio de congresos de la comunidad de Madrid. Gala de los Goya 2008. Alejandro Amenábar sobre el escenario. El oscarizado cineasta anuncia los nominados al goya a la mejor película y como cada año los videos de las candidatas se suceden con gritos o aplausos de los miembros del equipo técnico o simpatizante al filme.

Si tienen acceso al video observen y sobre todo escuchen fijamente a cuando llega el momento de La soledad. Tras el video de El orfanato de J.A Bayona y sus lógicos gritos de apoyo como película favorita, el video del filme de Jaime Rosales y un grito ensordecedor desde el piso de arriba que secunda a las pocas personas que gritan junto a los invitados en el piso de abajo. Ese grito de apoyo era mío. Grito que se tornó en alegría al escuchar la película que nos ocupa como ganadora de aquel año en la edición.

No grité por el hecho de que un filme con tan solo 40.000 espectadores de audiencia hasta esa fecha y menos de dos meses en cartel hubiera ganado tal galardón, sino por el riesgo que tal decisión suponía y el reconocimiento nacional el día posterior a un maestro del cine contemporáneo que gracias a ello disfrutaría y disfruta hoy de una presencia mediática mucho mayor así como un lugar en nuestra industria.

La polivisión. Las lágrimas de Petra Martínez. Una explosión en plano general. Una ausencia infantil. Una productora a la que venerar (Fresdeval Films)… imposible perderse una cita con la historia cinematográfica reciente como la que Jose María de Orbe y Rosales produjeron en el año 2007.

Muchas películas están viéndose reivindicadas día tras día en nuestras páginas. El abanico de elección ha sido enorme, yo incluso preveía escribir una defensa doble hacia dos obras maestras de la década, pero al final el recuerdo triunfó sobre la razón.

Éstas joyas eran En la ciudad de Sylvia de Jose Luis Guerín y La mujer sin piano de Javier Rebollo. La última del gran Rebollo aún en cartel. Ya están tardando.

WE LOVE CINEMA

Por Adriana del Teso


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3 Comentarios

  1. Kaplan

    No hay nada más horrendo dentro del panorama español, que ya es difícil. Oda a la gran estupidez de los que se creen artistas y nunca lo fueron. Innovaciones que no son tales, sino burdas maneras de disfrazar una alarmante falta de artesanía visual. Es el cine más alejado del público, únicamente apto para cineclubs de loa fácil. El término arte, se degrada tanto en el discurso de esta gente, que hace que pierda todo el significado que algún día tuvo. Coincido de pleno con el Señor de la Iglesia, Sobran artistas, faltan trabajadores que conecten.

    Comentado 17 Febrero, 2010 a las 17:01 | Permalink
  2. Juan

    A/a Kaplan

    Pues creo que andas muy despistado, amigo. No me parece que las palabras de Álex de la Iglesia se refiriesen precisamente a cineastas como Jaime Rosales.
    Por otro lado, es curioso que alguien que escribe con frases como “burdas maneras de disfrazar una alarmante falta de artesanía visual” reclame “conexión”. Empieza por aplicarte el cuento, amigo: intenta conectar con los lectores con una forma más sencilla y menos tramposa de escribir.
    Tienes pleno derecho a que no te guste el cine de Jaime Rosales, pero no a descalificarlo con argumentos tan pobres y tan vacíos.
    Sobran ‘enteraos’ en internet; faltan personas que expresen su opinión con criterio y con respeto.

    Comentado 19 Febrero, 2010 a las 13:08 | Permalink
  3. Kaplan

    @Juan:
    Lo que sí es curioso, es que alguien que defiende con tanta vehemencia el cine de Rosales no sea capaz de entender una simple frase (pero sí la inmensa y compleja narrativa audiovisual del aclamado director, ¡perdón! autor; que supone un ejercicio harto mayor); y además tenga los santos arrestos de calificarla de tramposa; cuando filmar una “obra” con teleobjetivos y sin diálogos audibles, para proponer una reflexión sobre la incomunicación es de una ocurrencia bárbara. No apta para “enteraos”, imagino. Tantos años y tantas películas desperdiciados creyendo que era necesario tener una buena historia, saberla planificar, interpretar, rodar, proponer una estética visual, darle el ritmo y la estructura necesaria en montaje, ¿para qué? Si no hace falta tener actores, ni sonido, ni buenos planos para convertirse en el paradigma a seguir, basta rodar un pseudo-documental de naturaleza (ni los del National Geographic, oye) sin tener siquiera que recurrir al narrador, porque lo curioso de la propuesta es que en los propios cines se debía generar un debate en paralelo a la proyección de la película. Olé. Qué director más visionario. Qué artista.

    Lo malo de ser un autor tan comprometido y arriesgado es que, después de sentar tan valioso precedente, está obligado a superarse a sí mismo para no decepcionar a sus más acérrimos seguidores (qué, visto lo visto, parece que los tiene). Y, francamente, me aterra cuestionarme qué puede ser lo siguiente a esto. Tal vez una pantalla en negro durante dos horas, en las que se escuche el sonido de un taladro, para representar lo difíciles que son las noches de insomnio. O toda una película fuera de foco, como alegoría de la confusa realidad. O un plano fijo con un mono haciendo el mono, que seguro que alguien descubre un significante oculto que convierta cualquier monería en una obra maestra.

    Me quedo con la opinión de Fernando Savater (que por si no lo sabes el tema del terrorismo le tocaba un poco de cerca), que cuando le preguntaron por la película, se limitó a decir: Es un tostón. Sin más. Aunque supongo que también será un “enterao”.

    Comentado 23 Febrero, 2010 a las 14:39 | Permalink