PEDRO EL NEGRO (Cerný Petr, Milos Forman, 1964).
Hay dos tipos de películas sobre la adolescencia. Las primeras son un recuerdo nostálgico y cariñoso, en la que la pubertad es torpe, pero enternecedora. Esas películas suelen tener un final feliz. Las segundas, menos frecuentes, son una mirada, sin nostalgia ni cariño, a lo que realmente fue. Éstas suelen terminar sin conclusiones morales, sin consejos.
Personalmente, me parecen más interesantes, más tristes, más divertidas –por crueles–, las segundas. Y de todas ellas, probablemente mi preferida sea Pedro el negro, el primer largometraje de Milos Forman.
Si alguien no la ha visto y decide buscar el argumento en alguna página de Internet, encontrará cuatro líneas muy poco atractivas. Un chico de dieciséis años empieza a trabajar en una tienda de comestibles, se baña en el lago con una chica que no le hace mucho caso, va a bailar, se bebe una cerveza, su madre le da el coñazo cuando vuelve tarde a casa. Calcada a mi propia adolescencia. Y a la de todo el mundo, sospecho.
El protagonista no es guapo, no sabe andar, no sabe bailar, no sabe hablar, no sabe lo que quiere hacer con su vida, no sabe cantar aunque lo ha intentado, ha fracasado también con la guitarra y el acordeón, su padre le insulta porque le considera un retrasado mental, su madre se preocupa porque le considera un retrasado mental… Muy parecido a mí con dieciséis años. Y a todo el mundo, espero.
Toda la película se resuelve en torno a un bote de pepinillos… no es una película de acción. Pero hay tanta tensión, tanto romanticismo y tanta verdad en ese bote de pepinillos, como se pueda imaginar.
Pedro el negro no tiene una fotografía preciosista, debieron rodarla bajo mínimos…, pero tiene secuencias de una fuerza visual terrible; anticipa los mejores hallazgos de sus posteriores películas, de Los amores de una rubia (Lásky jedné plavovlásky, 1965) a El baile de los bomberos (Horí, má panenko, 1967), de Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo´s Nest, 1975) a Amadeus (1984) o Man on the Moon (1999)… Todo el cine posterior de Forman se concentra en las secuencias de la tienda, en el baile de los adolescentes, en las caras de los secundarios.
El checo observa desde fuera, hace un ejercicio de antropología, un análisis de sus personajes frío, externo, se fija en los detalles más nimios del comportamiento. No veremos a un adolescente escribiendo en su diario mientras la voz en off nos resuelve las dudas del argumento… Forman nos trata como a adultos, cosa que no es muy frecuente; menos en una película sobre la adolescencia.
Es una película estupenda.
WE LOVE CINEMA
Por Adrián Zorzano.





