LA TRILOGÍA DE REGRESO AL FUTURO: La repetición como leitmotiv

LA TRILOGÍA DE REGRESO AL FUTURO:

LA REPETICIÓN COMO LEITMOTIV

Por Alberto Patiño Márquez

Cuando Francis Ford Coppola iba a realizar la segunda parte de El Padrino (The Godfather, 1972), la cual no quería dirigir pero acabó haciendo a la fuerza, tuvo que luchar con la Paramount, entre otras muchas cosas, para que la película se titulara: El Padrino, parte II (The Godfather: Part II, 1974). Esto lo cuenta el propio director en los excelentes extras de la edición en DVD de su magnífica trilogía1. Desde principios de los 80 las películas no sólo se han convertido en trilogías –con la fundacional en este sentido: La guerra de las galaxias (Star Wars, George Lucas, 1977)–, sino en sagas (con reinvenciones de personajes, como en el caso de superhéroes como Batman) e incluso, prácticamente, en seriales: ahí están el protagonizado por Harry Potter o el fenómeno reciente de Crepúsculo (Twilight, Catherine Hardwicke, 2008) y sus secuelas 2.

La anécdota del principio ejemplifica, a mi modo de ver, cómo antes de este cambio ni siquiera los estudios concebían las películas en términos de continuación; las películas eran independientes y no se seguían unas a otras. Paradójicamente, y cuando el propio Coppola quiso llamar a la tercera parte de su famosa trilogía: La muerte de Michael Corleone, los estudios se negaron porque el título genérico se había convertido en una marca, una patente bajo la que explotar algo ya conocido. De hecho, hoy en día el término “franquicia” –para referirse a trilogías, sagas y demás productos a largo plazo– se ha convertido en un uso común de marketing: se hace saber al público que dicha película tendrá sus secuelas y no han de perdérselas.

Si he comenzado con esta larga introducción es porque una de las características de las trilogías es la repetición de los elementos que hicieron famosa a la primera, y la de Regreso al futuro es un buen ejemplo de ello. Normalmente nadie sabe qué películas van a ser un éxito y cuáles no. Esto, que parece una perogrullada, no lo es tanto, porque en la mayoría de las ocasiones una trilogía se convierte en tal después de que la película en cuestión sea un éxito en taquilla, lo que propicia que se ruede una segunda parte e incluso una tercera, que suele cerrar el ciclo. Es más, muchas veces se suelen rodar las dos siguientes de forma simultánea o, al menos, seguidas –como es el caso de Regreso al futuro– en la mayoría de los casos para ahorrar costes. Lo que quiero decir con ello, es que en la primera película es donde se sitúa la historia que luego se va a repetir, casi con los mismos elementos pero, convenientemente, trastocados. Como en una sitcom, los personajes y las situaciones se repiten y uno está esperando en la segunda y tercera entrega que Marty McFly (Michael J. Fox) coja el monopatín, que Biff Tannen (Thomas F. Wilson) caiga sobre el estiércol, o incluso que la segunda y tercera parte comiencen con la pantalla en negro y los mismos acordes musicales (de hecho, la banda sonora es otro de los elementos que hacen reconocible una saga, como el tema de la cabecera de una serie). Esta simplificación de la trama acoplándola a patrones ya conocidos junto con la infantilización de las tramas es una seña de identidad de cierto cine de consumo (sin por ello menospreciar a una película que mezcla, con gran habilidad, ciencia–ficción, aventuras y humor, y que tiene el gran mérito de ser entretenida en todo momento).

Aprender del pasado, saber del futuro

Robert Zemeckis siempre ha gustado de situar a sus personajes en un pasado en el que poder jugar a su antojo con la Historia. En la primera parte de Regreso al futuro (Back to the Future, 1985) esta intrusión se centra más en la historia familiar del personaje, pero también, a medida que avanza la trilogía, directamente en los hechos históricos con mayúscula –ya lo hizo en la temprana Locos por ellos (I Wanna Hold your Hand, 1978), con los Beatles y llegará al paroxismo en la excesiva, en ese sentido, Forrest Gump (1994)– Se podría decir que, en la tercera parte, buena parte del interés está en ver cómo se desenvuelven los protagonistas de una trilogía como Regreso al futuro en los cánones del western.

Ese pasado sirve de marco, no sólo a los personajes, sino a la propia película ya que acota las reglas de la misma. Más que un film de ciencia–ficción o del subgénero de viajes en el tiempo, Regreso al futuro sigue, o quiere seguir, los cánones de las películas de los años 50, pero parodiándolos, burlándose de su código de valores. Aquí no hay nada de la añoranza, de la melancolía, de George Lucas en American Graffiti (1973). La constante referencia a la cobardía de Marty no hace sino parodiar la de James Dean en Rebelde sin causa –incluso hay un diálogo muy parecido en el que Marty le exige a su padre una respuesta inmediata sobre qué hacer si el honor está en juego–. De este modo, Zemeckis (re)crea el mito, en vez de crearlo: cf. el nombre que elige Marty cuando viaja al lejano Oeste: Clint Eastwood. Incluso hay una parodia/homenaje a Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) cuando, en esta tercera parte, el personaje de Michael J. Fox se apunta con el revólver mirándose al espejo y repitiendo la, famosa, frase de: <<¿Me hablas a mí?>>.

Es más, a medida que avanza la trilogía, ésta se acaba parodiando a sí misma, no sólo por las secuencias que se repiten bajo distintas variaciones: la del monopatín con “aeropatines” en la segunda, y convertida, en la tercera, en persecución a caballo, la maqueta que “no está a escala”, etc., sino en las, cada vez más rocambolescas, explicaciones que se dan sobre no alterar el “continuo espacio–tiempo”. Este sentido de parodia de segundas partes con respecto a las primeras es evidente, por ejemplo, en Gremlins 2. La nueva generación (Gremlins 2: The New Batch, Joe Dante, 1990), donde el nivel de parodia llega a gamberrada, no sólo por el aumento de gags respecto a todo tipo y variedad de gremlins malvados sino, incluso, por el momento en el que la película se ríe del personaje de Kate (Phoebe Cates), cuando ésta intenta volver a contar una tragedia parecida a la de la primera (en ese caso, la muerte accidental de su padre) y nadie le hace ningún caso.

Del mismo modo, y siguiendo el patrón establecido por la trilogía de La guerra de las galaxias, si en la primera se sientan las bases de lo que será la futura saga, la segunda ha de ser más oscura que la primera, una especie de inmersión de los personajes en lo que de tenebroso podría tener su aventura, convirtiendo Regreso al futuro II (Back to the Future Part II, 1989) en una distopía, un futurible en el que el antagonista ha distorsionado el futuro para amañarlo a su antojo y en el que reina el mal absoluto (igualmente, la trilogía de Indiana Jones sigue idéntico esquema). Nótese cómo este futuro es, sin embargo, alterado siempre en beneficio de los protagonistas con respecto a los antagonistas, puesto que el héroe ha de triunfar al final de cada entrega. Esta segunda parte, no obstante, tiene el mérito de jugar de una forma más interesante, narrativamente hablando, con lo contado anteriormente. Los personajes no se instalan en un único tiempo distinto al suyo y luego regresan a su época, sino que van y vienen, lo que propicia la reunión de los personajes con sus propios yos del futuro, en el caso de “Doc” Brown (Christopher Lloyd), y de dos Martys venidos del futuro en la acción que transcurre en 1955.

La tercera parte, a su vez, vuelve a recuperar el espíritu de aventura y el tono ligero de la primera, en la que realmente nada demasiado horrible les ocurría a los personajes. El agotamiento de la trama se hace evidente y al no poder seguir explotando la historia de Marty, la acción se transporta a un tiempo totalmente ajeno –convenientemente introducido a base de referencias en la segunda parte, ya que como se ha dicho, ambas se prepararon y rodaron, prácticamente, seguidas–. Asimismo, el protagonismo recae en esta ocasión sobre “Doc” y la trama principal de desplaza sobre él. En esta tercera aventura, el protagonista de la trilogía pasa a ser el acompañante del héroe.

Dicho agotamiento en la trama o los planteamientos de una trilogía es lo que lleva en ocasiones a reconducir la serie. El caso reciente más obvio es el de Batman, que pasó del imaginario de Tim Burton a una deriva creativa en sucesivas películas cada vez más ridículas, hasta que un nuevo director (ahora, Christopher Nolan) le da un nuevo impulso a la franquicia.

En este caso, tanto el productor y guionista de la trilogía, Bob Gale, como el propio director parecen haber renunciado a una cuarta parte (y no parece posible que otro director se encargue de ella), a lo que también contribuye la enfermedad de Michael J. Fox. No obstante, el nuevo ídolo de las quinceañeras Zac Efron (que posee un Delorean), ha mencionado en más de una ocasión que siempre le ha gustado la trilogía y que estaría dispuesto a darle un nuevo impulso al proyecto. Aunque son sólo rumores, como los miles que circulan por Hollywood, nunca se sabe lo que puede ocurrir, a menos que alguien regrese del futuro para contárnoslo.

THE DISAPPEARANCE OF SUE BENNETT – part 3

Por Álvaro Daza