LO IMPORTANTE ES GANAR: Una mirada rápida al deporte en el cine teen

LO IMPORTANTE ES GANAR: UNA MIRADA RÁPIDA AL DEPORTE EN EL CINE TEEN

Por PJ Tena

Para empezar, una puntualización: es importante no confundir el cine de deportes en el que aparecen adolescentes con el cine adolescente en el que emerge el deporte como elemento narrativo. Es decir, Hoosiers: más que ídolos (Hossiers, David Anspaugh, 1986) o Coach Carter (Thomas Carter, 2005) no son cine adolescente, aunque ambas versen sobre equipos de baloncesto de sendos institutos, principalmente porque su peso recae sobre los hombros de Gene Hackman y Samuel L. Jackson en el papel de entrenadores que deciden llevar una conducta castrense a las canchas como única herramienta disciplinar válida. La importancia de estos relatos no está tanto en el aprendizaje de los jóvenes, cuyas metas, sentimientos y valores son presentados de soslayo, como en la redención de los adultos a través de estos.

Más importante para este artículo es el cine adolescente en el que el deporte sirve para presentar una evolución en los protagonistas, convirtiéndose en una válvula de escape, un asidero vital o una forma de expresión. Si bien comedias como las trilogías The Bad New Bears (1976, 1977, 1978) y Somos los mejores (1992, 1994, 1996) presentan una visión infantil, arquetípica y patriótica del género (especialmente Vuelven los mejores, el Rocky IV de las películas de hockey), otras prefieren plasmar el esfuerzo físico en última instancia como explosión de la necesidad de los personajes por sentirse integrados, respetados y satisfechos con ellos mismos. Un buen ejemplo es Lucas (David Seltzer, 1986), en la que Corey Haim interpreta a un chico de 14 años superdotado, aficionado a la música clásica y a los insectos y con problemas para relacionarse con los demás. Enamorarse de la chica nueva del instituto, Maggie (Kerri Green), supone para él asumir que su físico enclenque y sus aptitudes intelectuales no pueden rivalizar con la apostura del capitán del equipo de fútbol americano (Charlie Sheen), de ahí que, tras mucho llamar la atención de diversas maneras, decida finalmente unirse al equipo para demostrar que él también puede ser un héroe sobre el césped y conquistar a la chica. El joven tendrá que sufrir como un mártir (casi muere durante su único partido) para conseguir el respeto de sus congéneres, dejando una puerta abierta en su historia de amor truncada a su amiga de siempre, la única que le comprende, otro bicho raro como él: Rina (Winona Ryder). En Lucas, pues, el deporte es un medio para conseguir un fin, pero no es el sueño en sí mismo. Esto se opone a lo que ocurre en otra cinta con la que guarda ciertas similitudes: Rudy, reto a la gloria (Rudy, David Anspaugh, 1993) cuenta la historia real de Daniel E. Ruettiger, un joven norteamericano que lo tenía todo en contra para jugar en el equipo de fútbol de la Universidad de Notre Dame (era bajo y rechoncho, además de tener unas calificaciones académicas mediocres que le impedían el acceso a dicho centro de estudios), pero que consiguió enfrentarse a todo hasta lograr su objetivo. Sean Astin resulta perfecto en el papel de Rudy, encarnando con credibilidad, pero también con un punto casi incómodo de locura, la figura de alguien que resume en su persona el espíritu de todo un género cinematográfico como es el que estamos tratando. Frente a las intentonas de su padre por disuadirle, con frases como <<El problema de los soñadores es que no llegan a nada>> o <<El perseguir un sueño estúpido sólo les causa dolores de cabeza a ti y a todos los que te rodean>>, prefiere aplicar la máxima de su difunto mejor amigo: <<Los sueños hacen la vida tolerable>>. Y así, con su voluntad de hierro y aguantando estoicamente las burlas de sus compañeros de equipo, finalmente consigue granjearse una buena reputación debido más a su actitud que a su aptitud, lo cual le proporciona la oportunidad que ha estado esperando toda su vida: participar en una única jugada en los últimos minutos de un partido, lo suficiente para ser vitoreado y tener la sensación de haber cumplido su misión.

Rudy ejemplifica también una de las etapas más transitadas por el género: el momento en el que la adolescencia está a punto de agotarse y, con ella, la posibilidad de lograr las metas que uno se propone antes de entrar en la edad adulta. Esta angustia está presente de manera superficial en otra obra canónica del género, la reivindicable Youngblood: Forja de campeón (Youngblood, Peter Markle, 1986), con Rob Lowe, Patrick Swayze y Keanu Reeves en sus años mozos dejándose la piel (el segundo de ellos, literalmente) sobre las pistas de hockey. Pero esa mezcla de superación personal, voluntad de abandonar las raíces (enfrentándose directamente a ellas) y necesidad de afirmación a través del deporte poseía un carácter menos espectacular, más pesimista, en la hoy algo olvidada El relevo (Breaking Away, Peter Yates, 1979). A pesar de contar con la presencia de los luego más conocidos Jackie Earle Haley, Daniel Stern y, sobre todo, Dennis Quaid, quien de verdad guiaba la película era un acertadísimo Dennis Christopher en el papel de Dave, un joven que tras ganar una bici de carreras italiana se obsesiona con el ciclismo y con todo lo que venga del país de la bota. Esa premisa le sirve a Yates para narrar una historia sobre el desencanto juvenil, sobre la asunción de responsabilidades, la lucha de clases, las oportunidades perdidas y temas más pochos como la fuerza de la amistad o el amor adolescente. Si sólo pueden ver una película de las que se citan en este artículo, asegúrense de que sea ésta.

Dejaremos de lado otra corriente del deporte en el cine adolescente debido a que, por su extensión y por el entusiasmo que provoca en quien esto escribe, podría dar para otro estudio en el futuro: el camino hacia la madurez a través de las hostias –las sagas de Karate Kid, Karate Kimura, Retroceder nunca, rendirse jamás…–. Pero antes de terminar el repaso, hay que tocar la vertiente que nos ha dado más alegrías y más ha hecho por fomentar las actividades físicas entre la chavalería: el deporte como espectáculo y expresión de la rebeldía juvenil. Los niños criados en los 80 vivieron la explosión de dos modas que fomentaban el individualismo y la competitividad, la búsqueda de ser el número uno y destacar sobre el resto, con los artilugios diabólicos que ningún padre quería cerca de sus hijos: las BMX y los skateboards. Podían ser utilizados como reclamo comercial en tramas de acción juveniles, como en, respectivamente,  Los Bicivoladores (BMX Bandits, Brian Trenchard–Smith, 1983) y Al filo del abismo (Gleaming the Cube, Graeme Clifford, 1988). Pero también fueron protagonistas de películas que no existirían sin ellos. Rad (Hal Needham, 1986) presentaba a un repartidor de periódicos, Cru (Bill Allen), obsesionado con la idea de participar en la Hell Track, la carrera de BMX que se va a celebrar en su localidad. Mientras tanto, su madre (una sufrida Talia Shire) intenta convencerle de que la única carrera que tiene que interesarle es la universitaria. Una historia similar es la que narra Thrashin’–Patinar o morir (Thrashin’, David Winters, 1986), con Josh Brolin en el papel de Corey Webster, un skater dispuesto a dejarse las ruedas en la L.A. Massacre. Ambas cintas empleaban estos deportes relativamente minoritarios por varios motivos evidentes, que tenían que ver tanto con la popularización de sendas actividades (con el patrocinio de las marcas más importantes del sector) como con el aprovechamiento de unos códigos genéricos implantados en el cine adolescente (las bandas rivales, el amor entre miembros de distintas facciones) para los que las escenas de pura exhibición suponían un añadido poderoso de cara su público potencial. Son estas películas, que quizá no reflejan bien lo que supone ser adolescente, las que mejor entienden qué quieren ellos: la mirada del rebelde siempre fue más poderosa que la del capitán del equipo. Molaba mucho más ser Corey Webster que Lucas, Rudy o el capitán de los Patos. Y ese efecto es algo a lo que ni Hoosiers, ni Ganar de cualquier manera (Blue Chips, William Friedkin, 1994), ni Quiero ser como Beckham (Bend It Like Beckham, Gurinder Chadha, 2002) pueden aspirar.

THE DISAPPEARANCE OF SUE BENNETT – The End

Por Álvaro Daza