MAGIA EN LA PAMPA: LA CONEXIÓN CORMAN/OLIVERA

MAGIA EN LA PAMPA: LA CONEXIÓN CORMAN/OLIVERA

por Pedro José Tena

Reconozco haber hecho bodrios en mi vida como director. Como las películas de encargo de Roger Corman, que eran imprescindibles para mantener abiertos los estudios”. Estas son las palabras con las que el cineasta argentino Héctor Olivera, en una entrevista concedida en 2001 al diario La Nación, resumía el ciclo de diez títulos que se filmaron en sus Estudios Baires con la participación norteamericana de Roger Corman, durante un periodo de tiempo comprendido entre 1982 y 1990. A principios de la década de 1980, Olivera y el productor Alejandro Sessa buscaban medios de financiación para reflotar la herrumbrosa cinematografía de su país. Olivera es el responsable de algunos títulos de corte político que mejor calaron en el pueblo argentino y en festivales internacionales de cine, tales como La Patagonia Rebelde (1973) o La noche de los lápices (1986), pero en momentos de apuros financieros siempre supo cómo sobrevivir: Buenos Aires Rock (1983) es una buena prueba de ello. Aprovechando un momento de aperturismo político, Sessa y Olivera decidieron que una buena opción era tentar a Roger Corman, siempre interesado en buscar un modo más rápido y barato de llevar a cabo sus producciones. Su alianza con la productora Aries Cinematográfica Argentina le suponía mano de obra barata y técnicos cualificados, así como escenarios naturales que le permitían ambientar historias fantásticas en épocas y lugares indeterminados, en las que no se reflejaba ningún aspecto de la cultura, el folclore o la historia de Argentina, con la excepción de los tres títulos policiacos, todos dirigidos por Olivera, que suponen la parte menos interesante y recordada del ciclo: La muerte blanca (Cocaine Wars. 1985), Matar es morir un poco (Two to Tango. 1988) y Play murder for me (1990).

La asociación Corman/Olivera dio inicio con la explotación de una de las películas del momento, Conan el Bárbaro (Conan the Barbarian. John Milius, 1982). Protagonizada por Rick Hill y Barbi Benton, Deathstalker (John Watson, 1983) presentó las bases de lo que sería la serie de cintas de Sword & Sorcery que el binomio protagonista de este artículo perpetró a lo largo de la década: héroes reacios, algo de gore, efectos especiales chusqueros, desnudos femeninos constantes, amazonas vengadoras y magos con malas intenciones, además de actores reincidentes y escenas y decorados intercambiables (el cortaypega como herramienta infalible y barata para rellenar metraje). También fue un aviso de lo que sería la tónica en las relaciones laborales entre argentinos y estadounidenses: Corman apenas visitaba el set durante un par de días y enviaba a cineastas y actores norteamericanos sin demasiada experiencia que trataban de manera altiva al equipo local. Estos eran relegados a los papeles de extras o a labores técnicas, y generalmente eran acreditados con nombres americanizados por petición de Corman, para borrar todas las huellas latinas de cara al mercado internacional. Otra prueba de la mano férrea de Corman sobre sus productos es que Deathstalker está firmada bajo seudónimo: John Watson es el alias que se utilizó cuando el verdadero director, James Sbardellati, fue despedido durante la postproducción por culpa de una discusión con el productor.

Con mal pie también comenzó el rodaje de El guerrero y la hechicera (The warrior and the sorceress. John Broderick, 1984), cuando David Carradine se fracturó una mano de modo absurdo al golpear una pared después de ver cómo uno de los dueños de los Estudios Baires flirteaba con su novia (más anécdotas sobre los rodajes, aquí). Suerte de remake de Yojimbo (Akira Kurosawa, 1964), con un guerrero (Carradine) enfrentando a dos clanes por un pozo de agua, resulta menos divertida que la anterior, pero cuenta con el aliciente de ver por primera vez en el ciclo a María Socas, quien se pasea toda la película con los pechos desnudos y que volvemos a ver en Los hechiceros del reino perdido (Wizards of the lost kingdom. Héctor Olivera, 1985). El mal ambiente que existía en estas producciones se hace de nuevo patente aquí: el director inicialmente previsto, Allan Holled, fue expulsado del set tras una discusión con la figura hollywoodiense de segunda fila que encabezaba el cartel en esta ocasión, Bo Svenson. Olivera se vio obligado a reemplazarlo urgentemente, hasta tal punto que ha llegado a afirmar que le tuvieron que ir explicando de qué trataba la historia mientras rodaban. El mismo director considera que es la peor película que jamás ha filmado, y no es de extrañar: su clara orientación hacia el público juvenil desprovee a la cinta de todas las cualidades que poseen las demás de la serie, quedando todo en un batiburrillo de efectos especiales dibujados sobre los fotogramas, peluches de dos metros, enanos con casas mágicas y marionetas horrendas, todo sin la menor gracia. A pesar del desastre contó con una secuela en 1989 protagonizada por… David Carradine, aunque ya sin participación argentina.

Algo más grata resulta la visión de La reina de Barbaria (Barbarian Queen. Héctor Olivera, 1985), en la que volvemos a las guerreras semidesnudas que tan bien anuncia el excelente cartel de Boris Vallejo que sirvió como presentación de la película. La tristemente desparecida Lana Clarkson lideraba un grupo de guerreras contra los tiranos que arrasaban su pueblo y secuestraban al que iba a ser su esposo, encarnado por Frank Zagarino. Una secuela fue filmada años después, Barbarian Queen II: The Empress strikes back (Joe Finley, 1989), aunque sería ya en co-producción con México.

Insistiendo en el tema de las amazonas torturadas y vengadoras, el socio de Olivera, Alejandro Sessa, firmaría con el nombre de Alex Sessa los dos títulos más difícilmente localizables del pack: El enigma del talismán (Amazons, 1986), según dicen, la peor de todo el ciclo, y El ojo de la tormenta (Stormquest, 1987), de la cual apenas quedan un par de fragmentos en YouTube.

La verdadera joya llegó con la secuela del título que lo comenzó todo: Deathstalker II – Duel of the Titans (Jim Wynorski, 1987), no sólo se tomaba a broma todos los títulos anteriores, sino que se reía de todas las convenciones del subgénero de Espada y Brujería en general. Con la ayuda de un desatado John Terlesky y una Monique Gabrielle altamente incendiaria, Wynorski introdujo el humor autoparódico y cambió al musculado Rick Hill del primer título por un protagonista que tenía más de Errol Flynn o Burt Lancaster pasados por el tamiz de Bruce Campbell que de Arnold Schwarzenegger. Olivera ya no tuvo mucho que ver en el asunto, puesto que Corman dejó toda la responsabilidad en las manos de su niño mimado Wynorski, autor de otras bellas miniaturas como Killbots (Chopping Mall, 1986) o la inenarrable Scream Queen Hot Tub Party (1991, junto a Fred Olen Ray). Y, francamente, todos salimos ganando: del humor bobo de Los hechiceros del reino perdido al metalingüístico de Deathstalker II hay un salto evolutivo importante y, aunque tenga casi la mayor duración de toda la serie (lo cual no es mucho: 88 minutos, casi empatada con Stormquest), posee también un ritmo incesante y una agilidad en las escenas de acción y en el guión que no poseía ninguno de los ejemplos previos de la conexión Corman/Olivera. Se producirían dos entregas más de la saga, en 1988 y 1990, pero ya serían filmadas respectivamente en México y Bulgaria, volviendo a los parámetros más convencionales del primer Deathstalker.

Con esta película terminó el ciclo de fantasía y aventuras rodadas en la Patagonia por Sessa, Olivera y Corman, si bien todavía quedaban dos thrillers por estrenar, como vimos al comienzo del artículo. Y, aunque Héctor Olivera reniegue de ellas y no serán títulos citados en los libros de Historia del Cine, los fans de la Serie B nos hemos encargado de hacer efectiva una vez más una máxima infalible: el cine fantástico, por encima de cualquier otro e independientemente de sus condicionantes de producción, es el que mayor pervivencia adquiere en la memoria colectiva.