ME CASÉ CON UNA PANTERA: ANIMALISMOS DE SERIE B (Parte 2)

ME CASÉ CON UNA PANTERA: ANIMALISMOS DE SERIE B (Parte 2)
Por Héctor G. Barnés

SERIAL KILLER FELINO
Aunque generalmente se olvide en las relaciones de las mejores películas de
su autor, en parte por haber sido poco vista, en parte porque aparentemente
parece seguir la estela de La Mujer Pantera sin conseguir igualarla, bien
merece la pena volver a echar un vistazo a El Hombre Leopardo (The Leopard
Man, 1943), realizada por Tourneur justo después de la soberbia Yo Anduve
con un Zombie (1943), basada en la novela Coartada negra de Cornell
Woolrich (autor de La Ventana Indiscreta) e igualmente producida por Val
Lewton para la RKO. Ambientada en un Nuevo México donde lo atávico y local
se dan la mano con la sofisticación de los espectáculos para ricachones, la
película trata sobre la resolución del enigma de una serie de asesinatos que,
parece ser, son producto de un leopardo que se ha escapado por accidente.
La lectura sexual sigue estando presente, sobre todo teniendo en
cuenta los perfiles de las tres víctimas: la primera, una joven doncella cuya
sangre colándose bajo la puerta parece señalar tanto a su muerte como a su
desfloramiento; la segunda, una novia de buena familia que se cita con su
amante en el cementerio; y la tercera, una madre soltera que se gana la vida
a través del dinero fácil que los potentados del pueblo le entregan a cambio
de pasar un rato con ella, y cuyo destino es encontrar la muerte en la calle
desierta, a la luna llena. Tres declinaciones de la vida sexual femenina que
tienen en común su final violento, vinculado igual que ocurría en La Mujer
Pantera a las represiones y liberaciones de un impulso sexual exacerbado, en
este caso, masculino.
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Sin embargo, la confusión, en este caso, ya no atañe a lo fantástico,
sino a la habitual intriga del policiaco, si bien se sugiere en todo momento que
la separación entre psycho-killer y leopardo no es tal. En realidad, el asesino
en serie de esta película antecede al del serial killer versión Aníbal Lécter, es
decir, la del ilustrado y exquisito hombre de ciencia que se ve invadido por su
lado salvaje. En el caso de Lécter, controlado conscientemente, parte integral
de su sofisticación, al haber sido capaz de asimilar sus tendencias caníbales
como parte de una serie de deleites estéticos semejantes. En el caso del doctor
Galbraith, interpretado por James Bell, un arranque homicida que conduce a
la culpa de resonancias cristianas, como pone de manifiesto la escena final,
ambientada en mitad de una procesión de tintes funerarios que prácticamente
remite al Buñuel de Tierra sin pan (1933). Metonímica y ambiental, la película
no obstante contiene tres de las mejores set-pièces jamás elaboradas por
Tourneur, las de los tres asesinatos anteriormente mencionados.
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SADISMO, MA NON TROPPO
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Cuenta Peter Biskind en Moteros Tranquilos, Toros Salvajes (Anagrama,
2004, 2º ed.) que, durante el rodaje de Hardcore: un mundo oculto (1979),
su director Paul Schrader se presentó al rodaje con marcas de esposas en
las muñecas. Inquirido por el también director John Milius —cuya historia
da para mucho, pero lo dejaremos para otro día—, Schrader le confesó que
había acudido la noche anterior a una madame que le había esposado, pero
que no había podido aguantar más de tres minutos así. “Ni siquiera era un
auténtico pervertido”, concluye Milius. Es una anécdota que da buena idea
de los méritos y defectos de su versión de La Mujer Pantera, en nuestro país
llamada El Beso de la Pantera (1982). Probablemente, tras ganarse la fama de
cronista de los misterios de la entrepierna y sus condicionantes sociales con
Hardcore: un Mundo Oculto (1979) y American Gigoló (1980), el siguiente reto
era presentar la sexualidad a través del cine de género, una película de estudio
y gran presupuesto y al mismo tiempo, un filme en sintonía con esos años de
androides disfrazados de Philip Marlowe post-apocalípticos, alienígenas que
surgían del interior de las tripas humanas y televisiones que engullían a los
espectadores; en definitiva, de ofrecer su propia película neo-barroca sobre
los límites de un cuerpo humano que, a principio de los ochenta, parecía más
maleable que nunca. En definitiva, su propia aportación a la estética de la
Nueva Carne, versión animalista.
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La ambigüedad, en el caso de Schrader, desaparece. La pantera lo es
sin duda, aunque hasta el final no la veamos, pero lo sabemos por el personaje
de su hermano (Malcom McDowell). En este caso, el animalismo sirve para
explorar el incesto —según su hermano, Irina (Nattasja Kinski) sólo puede tener
relaciones con miembros de su especie, es decir, él— y cierto fetichismo, una
llamada por el lado oscuro que fascina al, por otra parte, convencional Oliver
Yates (John Heard). Película sobre la búsqueda de los límites de lo mostrable,
Schrader hasta rodó planos de los genitales de Natassja Kinksi (con la que
mantuvo un affaier durante el rodaje de la película), finalmente no utilizados
porque habrían significado automáticamente la clasificación del filme como X.
Pero la diferencia fundamental entre la película de Tourneur y la de
Schrader se encuentra en su final, que asimismo contagia a las películas de las
que forman parte: allí donde la heroína de Tourneur ha de ser sacrificada para
devolver al mundo a su normalidad, en cambio, en la película de Schrader, y
como dice el personaje principal hablando de unos animales, “con separarla,
basta”. Tourneur mira con tristeza lo especial y por ello, subversivo, maltratado
por la cruel normalidad, y se compadece de ella, consciente de que es
demasiado para su mundo. Schrader la clasifica, la aísla y la cerca. Es la
amante, la otra mujer, la trampilla a lo siniestro y lo animal que se oculta bajo la
relación de felicidad con Alice (Annette O’Toole). En la América de los ochenta,
en su puritanismo temeroso del cuerpo, la diferencia es posible, siempre que
sea apartada, en los bajos fondos, en las jaulas, en los sótanos, fuera de la luz
pública. Aunque sea para tres minutos y como capricho de un experimentador-
turista, porque no se pueda aguantar más.
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