MI PELÍCULA LATINOAMERICANA FAVORITA: Alejo Crisóstomo

¡VAMPIROS EN LA HABANA! (Juan Padrón, 1985)

Cada vez que cruzaba la cortina roja de terciopelo de la entrada del Cine Arte de Viña del Mar me iba acercando más al medio que aprendería a usar para decir. Entre muchas otras películas, ahí conocí al Wim Wenders de “Mi amigo americano” y “Paris, Texas”, viajé por Cuba de la mano de “Lucía” de Humberto Solás, me noqueó Alejandro Jodorowsky con la “La montaña sagrada” y “El topo” (y no entendí nada) y tuve la oportunidad de ver lo que para mi fue el renacer del cine chileno con “Historias de fútbol”, la opera prima de Andrés Wood.

Ahora, con el reto bien puesto de los welovers, el de elegir mi película latinoamericana favorita, inevitablemente retrocedo trece años de mi vida y cruzo nuevamente la cortina roja de terciopelo. Bajo a la fila central para sentarme en el asiento del medio y espero con los ojos cerrados a que suene el proyector de 35mm y empiece lo que para mi fue una de las mejores experiencias fílmicas de mi vida:

Joseph Emmanuel Amadeus Von Drácula o Pepito, como le dicen en Cuba, creció bajo el sol tropical de La Habana junto a su tío después que los desterraran de su castillo en Düsseldorf, Alemania. Pepito, que como muchos, luchaba secretamente contra la tiranía del General Machado, se vio envuelto en otra guerra. Una guerra sorda y cruel. Una guerra de… vampiros. ¡Chaaaaaan! ¡Vampiros en La Habana!

Juan Padrón me dejó los setenta minutos de su largo animado, con los ojos abiertos, sin pestañar. No podía creer lo inteligente que era para abordar el tema, histórico y político, desde su propia perspectiva y en un formato tan fresco y atractivo. Una historia en la que el bloque estadounidense y el bloque europeo luchan por dominar el mundo de los vampiros y en medio, Pepito y su tío, que sólo piensan en el bienestar del mundo. La ciencia por la ciencia, el bienestar del pueblo vs. la tiranía… al fin la película la producía el Instituto fílmico de Cuba, el ICAIC, pero Padrón lograba una película maravillosa que nunca pasa la barrera del panfleto.

La animación había sido una herramienta del Estado Cubano desde la Revolución del sesenta para hablarle a los niños y Juan Padrón, con su famoso personaje Elpidio Valdés, había logrado imponerse en ese camino, convirtiendo a su personaje en el símbolo de la animación cubana para niños y en el protagonista del primer largometraje cubano de animación (Elpidio Valdés, 1979).

Pero en 1985, el hombre que de niño le tenía miedo a los vampiros, dirigió ¡Vampiros en La Habana!, un largo animado que no estaba dirigido a niños, más bien sentí cuando la vi, que estaba dirigida a mi. Con la metáfora de la receta de Vampisol que canta Pepito en vivo por Radio Vampiro, acompañado de la trompeta de Arturo Sandoval y dedicada a todos los vampiros del mundo, Padrón nos daba una lección de humildad, de trabajar por el otro, de unirnos por un bien común.

Y por ello, aprovecho la ocasión para levantar una copa de O+ y brindar por esto que we love! Eso si, “la próxima vez que vaya a la playa, esté atento, que ese que está a su lado… ¡puede ser un vampiro!”

CINE LATINOAMERICANO

Por Tony García