MI PELÍCULA LATINOAMERICANA FAVORITA: Jimina Sabadú

La niña Santa (Lucrecia Martel, 2004)

El Concilio Vaticano II, unido a una relajación de las costumbres, ha dado durante los últimos veinte años unas extrañas catequesis de Confirmación que han  otorgado a la Santa Madre Iglesia un grupo de feligreses desinformados,  dueños de una Fe quebradiza, y que suelen caer cuando tienen que caminar por la cuerda de la sexualidad adolescente. Este es uno, solo uno, de los temas que trata La Niña Santa (2004), segundo filme de la argentina Lucrecia Martel.

La película cuenta la historia de Amalia (María Alche) , una adolescente que nada en un ambiente familiar sin un verdadero centro. Amalia vive con su madre,  Helena (Mercedes Morán), en un hotel termal de provincias (de pronvincias argentinas, no españolas) . El padre, ausente, ha formado una nueva familia, y las personas que trabajan en el hotel opinan e intervienen en la educación de Amalia, sin un rumbo concreto.  La llegada de un congreso médico al hotel, y en concreto del Dr.Jano cambia el rumbo de sus vidas. El Dr. Jano aprovecha las multitudes para tocar culos, y al escuchar un extraño theremín, se toca con el culo de  Amalia, que descubre que, a partir de entonces, el Dr.Jano, es su vocación. Ella ha de “salvar” al Dr.Jano. Mientras, su madre tontea con él.

En la primera escena asistimos a una catequesis en la que la catequista se echa a llorar mientras canta. No se dice nada, pero algo en su tono y en las conversaciones hace pensar que el motivo de su llanto es un encuentro sexual que se ha ido de las manos. La catequista habla de la vocación, y de que encontrarla es el objetivo de todo cristiano. ¿Cuál es mi vocación? Cualquier que haya ido a clase de confirmación sabrá que esta pregunta genera grandes dudas, y que no es muy diferente de cómo se plantea en la película. ¿Cómo se que me lo esta Dios comunicando? ¿Cómo se que no me llamo a engaño? ¿Cuál es el plan que Dios tiene para mi? Y  muchas veces, como en la película, se confunde el deseo con el deber, y la vocación se acaba convirtiendo en tentación. Amalia sabe, en el fondo, que el Dr. Jano no es su vocación, pero como hombre le atrae mucho más que los niños con los que juega a empaparse con la manguera, y la única manera que tiene de reconocérselo a si misma es camuflar su deseo bajo el disfraz de la vocación. No sabemos si se acuestan o no se acuestan, pero podemos intuirlo. Y de hecho, no es tan importante. Lo que realmente pasa es que Amalia pasa de tener un deseo de trascendencia, a tener un deseo meramente carnal, que es un tema que, en diferentes formas, se ha tratado en muchas ocasiones. Aunque sea algo aventurado, en “La Bruja Novata” hay una canción, The Age of not believing, que habla de ese momento en el que los cuentos de hadas, la fe por la fe, y las ilusiones dejan de funcionar como motor de la existencia y hay que sustituírlos por un inquebrantable respeto hacia uno mismo, el propio ser, y todo su continente y contenido.  Aunque La Bruja Novata sea una película fantástica y La Niña Santa una película social y religiosa, los personajes experimentan esta misma disyuntiva, aunque con diferentes resultados.  También en Tierras de Penumbra,  el personaje de C.S. Lewis (Anthony Hopkins) encandila al hijo de Joy Gresham (Debra Winger) con las historias sobre Narnia, y el armario. Douglas (Joseph Mazello) se encuentra con una pared de madera que no le puede transportar a ningún sitio y es ahí donde se derrumba, junto a su padre adoptivo.

En estas otras dos películas, tan alejadas de La Niña Santa en el tiempo y el espacio, aparece el mismo tema de la sensación de vacío que acontece cuando algo en lo que se cree firmemente se derrumba. La respuesta de Martel a esa desazón es carnal, adulta, y sensual.  La respuesta aquí no funciona como respuesta, sino como repuesto. Donde antes había una fe, ahora hay un despertar. Y sin una fe previa no se hubiera producido ese despertar, de esa manera tan violenta y en cierto modo sórdida.

Los entresijos de esta historia, cuyo parangón podría ser “Lolita” son irrelevantes, porque Martel la construye a partir de los detalles, suprimiendo todo lo demás, para que nos imaginemos lo que de verdad ha tenido lugar en ese hotel.  La lucha irresoluble entre madre e hija, la tentación del doctor, y la extraña presencia de Josefina (Julieta Zylberberg), una amiga cercana a Amalia que ve, en todas las cosas, la señal de la enfermedad. Sin que sea verdad, ella es capaz de adivinar que viven, todos ellos, en un ambiente malsano, del que no se puede ni se quiere escapar, porque es al que pertenecen todos ellos.