MI PELÍCULA LATINOAMERICANA FAVORITA: Noelia Noto

EL SUEÑO DE VALENTÍN (Alejandro Agresti, 2002)

Por Noelia Noto

Elegir mi película latinoamericana favorita. “Tarea complicada”, me dije en voz bien alta. Pero igual de apasionante resultó. Esto implicaba hacer una revisión de todas aquellas películas que me habían gustado. Era sinceramente, un planazo, y de tanto ver, tanto ver, se me planteó un interrogante:

¿Qué le hace a uno elegir una película como favorita? ¿con qué tiene que ver?

Huy, me pegué  un baile… De Estación Central de Brasil (Central do Brasil, Walter Salles, 1998) a Tiempo de valientes (Damián Szifron, 2005), pasando por La ciénaga (Lucrecia Martel, 2001), Amores perros (Alejandro González Iñárritu, 2000), Luna de Avellaneda (Juan José Campanella, 2004) y Profundo carmesí (Arturo Ripstein, 1996). Y si bien todas me parecen obras maestras, me sorprendí decantándome por aquellas historias sencillas, pero con las que en un punto (o incluso en varios) me sentía identificada… Y cuando la volví a ver, no lo dudé: esa historia me parece entrañable y enternecedora, algo dentro me rozaba… Ahí va…

No había visto nada de Alejandro Agresti hasta entonces (año 2003), Buenos Aires Viceversa (1996) era una cuenta pendiente, pero habían pasado El viento se llevó lo que (1998), Una noche con Sabrina Love (2000) y recién con El sueño de Valentín me adentré en su cine.

FUE AMOR A PRIMERA VISTA.

Antes de cualquier comentario: ¿puede un niño de 8 años decir, pensar, sentir, manejar tiempos y silencios como lo hizo Rodrigo Noya interpretando a ese personaje? Qué (sana) envidia. Qué deleite escuchar esa voz en off que va relatando sus sueños y desvelos a lo largo de la peli. Pocas veces se puede lograr tanta verdad con tanta sencillez simultáneamente. Este niño, que había hecho sus primeras apariciones en TV siendo él mismo y derrochando desparpajo, plantándose delante de la cámara con su pequeña hermanita, a la que retaba cada dos por tres en un programa de ocurrencias de chicos, ya nos había dejado a todos con la boca abierta, porque parecía, desde sus rotundos razonamientos hasta su manera de expresarse, que tenía un adulto dentro, al mismo tiempo que conservaba la inocente frescura y desvergüenza de su corta edad.

Normal que Agresti, al escribir el guión, lo hiciera imaginándose cada palabra dicha por este encantador prodigio de una madurez sorprendente. De lo contrario, la película hubiese sido muy otra.

El sueño de Valentín es una historia sencilla pero intensa, emotiva pero sin golpes bajos, un guión que logró sumergirme en la historia de cabo a rabo. Y un casting impecable a la altura de las circunstancias: Lorenzo Quinteros aparece solamente en una escena, lo suficiente para demostrar que es un actor de raza que te hace todo con una “verdad increíble”, y Mex Urtizberea (más músico que actor pero aquí no se nota), me enterneció. Tampoco puedo negar que haber elegido los años 60 para recrear un barrio porteño, representado en sus calles de adoquín, sus típicos bares, el Colectivo Modelo 1114, las faldas cortas y los estilizados recogidos… Más que un detalle al azar fue un acierto, y me provocó una nostalgia a la que de vez en cuando me apetece regresar.

Valentín, que se estaba entrenando para ser astronauta cuando todavía Amstrong no había alunizado, vive con su abuela. Sabemos que ella lo adora, pero no hace más que calentarle las orejas con desmerecedores comentarios hacia su tía y su madre y con los pesares de la vida, siendo él el único receptor de sus dichos, que escucha con calma y calla con sabiduría. La vida le ha obligado a ser mayor de repente y a tener las dosis justas de madurez e ingenuidad, según el momento. Qué curioso, en realidad, es el único adulto de la película.

Sus padres están vivos pero no juntos: a su madre no la ve desde los 3 años y su padre, picaflor empedernido, como buen hombre que no puede vivir solo, lo frecuenta una vez por mes. Esa es la única razón de su tristeza, y no es para menos, ¿no?

Pero Valentín ha dictaminado que no se va a rasgar las vestiduras y decide ponerse a la tarea de encontrar una mujer que se ajuste a sus expectativas para que se convirtiera en esposa de su padre, y por consiguiente, en su añorada mamá.

Escuchar sus razonamientos de adulto, cargados de madurez me emociona. A pesar de su familia rota, de la soledad que le pesa y de que las cosas no siempre resultan como él se lo imagina, siempre dibuja una sonrisa en su tierna carita con ojos estrábicos. El hecho de oír su relato y las realidades que nadie se atreve a contar desde la perspectivasincera, transparente y desinteresada de un niño me hizo pensar que quería convertirme un poquito en él, y por qué no, que todos los grandes seamos como él. Su manera de ver la vida y de resolver las adversidades era aplastante. Y su frase <<Hay gente que parece como si no viviera, o que no le da uso a la vida>> me sacudió. El Valentín de la película me enamoró, me envolvió, me cautivó. Valentín seguramente no “colgaría sus zapatillas” ante cualquier negativa. En su diccionario no existe la palabra resignación. Valentín igual Valiente.

Pocas veces se ve una historia tan sencilla, pero tan potente. Habla de los sueños y deseos (algunos imposibles) que se pueden convertir en realidad, de optimismo y esperanza, de reponerse ante cualquier infortunio, de confiar que todo irá mejor siempre… Habla de que depende de nosotros mismos hacer felices nuestras vidas. De lo difícil y entreverados que todo ponemos los adultos. Que sea desde el discurso de un niño es lo que la hace una película distinta. Definitivamente, me conmueve.

Quiero un Valentín en mi mesa de noche para que al verlo me recuerde todo esto. Por eso me gustó tanto, tanto. Por eso es mi favorita.