Mi teen movie favorita: Daniel Pérez

TODO EN UN DÍA (Ferris Bueller´s Day Off, John Hughes, 1986)

Cuando recibí  el encargo de escribir sobre mi película adolescente favorita dudé entre hablar sobre la película que más me marcó durante esa etapa de mi vida o en centrarme únicamente en el cine juvenil de la época en la que yo tenía la misma edad que sus protagonistas. Al final, amparado por la libertad que da el tener que hacer una crítica subjetiva sobre el tema, me decanté por la segunda opción que, al fin y al cabo, es la que me dio algunos de los mejores momentos como espectador imberbe.

El hecho de elegir un solo título tiene una complejidad mayor de la que se puede presuponer, básicamente porque ser adolescente en los años 80 significa haber crecido con la aparición y eclosión del video doméstico, que te permitía alquilar todo lo que aparecía por las estanterías del videoclub de tu barrio, a veces con más voracidad que criterio. Recuerdo que mi padre compró un VHS en pleno apogeo del sistema Beta, por lo que fue objeto de críticas y malas caras por mi parte cada vez que iba al videoclub y veía limitadas mis posibilidades de elección. Ahora me doy cuenta de que nunca le agradecí a mi padre el haber sido un visionario, porque muy pronto el VHS se hizo con el poder. Tampoco agradecí su entonces incomprensible decisión de comprar un reproductor de marca totalmente desconocida que no aceptaba las cintas de Columbia y CIC Video (que editaba los títulos de Universal y Paramount), lo que me obligó desde bien pequeño a fijarme en las distribuidoras de las películas que quería ver, algo que me ha ayudado muchísimo en mi posterior formación profesional.

Finalizada esta pequeña digresión, iré al grano. Siempre he sido un seguidor acérrimo del cine de terror de los 80. En casa se toleraba más la contemplación de amputaciones y desmembramientos en pantalla que las comedias con referencias sexuales apadrinadas por Porky’s (Bob Clark, 1982). Y, aunque en el cine de terror había numerosas escenas subidas de tono, como sus protagonistas acababan muertos era lícito verlas porque servían de lección moral ante comportamientos pecaminosos. También, como todo adolescente, me conocía al dedillo todas las películas de los héroes musculosos de la era Reagan, cuyo afán de venganza les llevaba a cargarse a cientos de anónimos enemigos entre los que siempre se encontraba el mismo chino. Y, finalmente, fui (y sigo siendo) un devoto admirador de la comedia adolescente, auspiciada por un John Hughes al que se le perdona incluso el habernos dado a conocer a Molly Ringwald.

De entre todas ellas mi preferida siempre fue Todo en un día. Para mí era una película que colmaba muchos de los deseos de un adolescente: fingir una enfermedad, saltarte un día de clase e irte por ahí con tu mejor amigo y tu novia a disfrutar esas horas como si fueran las últimas en libertad. Ferris Bueller se convirtió en un héroe sin necesidad de disfraz. Y encima era un héroe que rompía la cuarta pared y te hablaba directamente, haciéndote cómplice de sus artimañas, que usaba la pantalla para escribirte las reglas básicas de engaño a los padres y que era capaz de interrumpir una huida desesperada para presentarse a dos preciosas muchachas que están en uno de los jardines de su vecindario. Insuperable. En aquel momento sólo lamenté que no existiera en realidad la plataforma “Salvad a Ferris” porque habría donado toda mi paga a la causa, aun sabiendo que ese prohombre estaba más sano que yo. Aún hoy veo Todo en un día (con sus imprescindibles títulos de crédito finales) con una sonrisa que no me provocan otras películas del estilo y cuando la termino me paso un buen rato repitiendo dos palabras: “Oh, yeah”.

TEEN MOVIES

Por Carlos Segura.