EL GRADUADO (The Graduate, Mike Nichols, 1968)
Por José Antonio Félez
Si hay alguna película cuyo recuerdo me lleva a mi adolescencia esa es sin duda El graduado, de Mike Nichols. Cuando se estrenó en España yo debía de tener quince años. La recuerdo de manera especial por una razón: fue la primera vez que vi una película calificada para mayores de 18 años en una sala de cine.
La película llegó con retraso y censurada. Durante meses antes de su estreno en nuestro país, mi grupo de cinéfilos amigos habíamos especulado sobre ella con la escasa información que teníamos; Fotogramas y alguna revista americana que circulaba clandestinamente, y, principalmente, gracias al poder de nuestra joven y activa imaginación. Era tímido, no tenía DNI, ya que no era obligatorio hasta los 16 años, y mi aspecto infantil no mejoraba las expectativas. “Colarse” en una película para 18 años era toda una empresa. Un amigo, un par de años mayor, nos entrenó durante días sobre cómo hacerlo; había que entrar decidido hablando con los acompañantes, mirar con aplomo aparentando normalidad mientras el portero cortaba las entradas y comprobaba visualmente tu edad. Y si pasabas, dirigirte a la sala con naturalidad, evitando apresurarte. Soñé dos o tres veces que el portero nos cazaba y se organizaba un pequeño revuelo. Tenía un enorme sentido del ridículo y la posibilidad de ser “pillado” me producía un gran desasosiego. En realidad, todo resultó fácil en aquel bonito día de primavera y entramos a la sala sin el menor contratiempo.
La dimensión que le dábamos al cine en aquella época es difícil de imaginar para el que no lo haya vivido. El cine y la música eran nuestras ventanas a otras realidades y alimento de nuestras inquietudes. Nuestras películas “empezaban” con una antelación de semanas o meses y no acababan hasta varios días después de haberlas visto. Se comentaban, interpretaban, parodiaban… Vivíamos en un permanente cine-club.
Mucho antes de ver la película, nos había acompañado su música. El disco The Sound of Silence, de Simon & Garfunkel. Para cuando se estreno la película, el disco de vinilo estaba ya bastante deteriorado. Había tenido que soportar cientos de pinchazos en guateques, reuniones…
Me gustaron mucho las interpretaciones de Dustin Hoffman y Anne Brancroft, la original fotografía de Robert Surtees, la puesta en escena y, cómo no, la música. Y algunas secuencias, como la de Ben vestido de hombre rana tirándose a la piscina, la de la habitación de hotel en la que Mrs. Robinson seduce a un turbado graduado, la del Alfa Romeo camino de Berkeley donde está a punto de casarse Elaine (Katherine Ross). No fue difícil identificarme con el protagonista: desnortado, inseguro y dubitativo. También, ver en la sociedad reflejada en la película algo de lo que empezaba a aflorar en la burguesía urbana española. El inconformismo, la valentía y el amor triunfan sobre la hipocresía y los intereses sociales, desembocando en un bonito y romántico final. Todo seguía siendo posible.
Hace unos cuantos años volví a ver la película. Sin producirme la emoción de la primera vez, me trajo a la memoria aquellos años, aquellos amigos y otras sensaciones próximas a la nostalgia, una especie de nostalgia colectiva de toda una generación: la mía.
Mucho tiempo después de ver la película, tuve la suerte de producir Elsa y Fred (2005), de Marcos Carnevale. Los protagonistas, Manuel Alexandre y China Zorrilla, son una pareja entrañable de jóvenes octogenarios. China, además de una gran actriz, es una persona fascinante con una vida llena de experiencias extraordinarias. Durante el rodaje me contó que había conocido a Dustin Hoffman antes de que fuera famoso. Trabajaba en Nueva York como chico de los recados en una editorial en la que China era traductora de francés. En aquellos días, le ofrecieron al incipiente actor realizar una prueba para un papel en una película que iba a dirigir Mike Nichols. El problema es que Dustin tenía que viajar a Los Ángeles y costearse el viaje. No tenía mucho dinero y decidió quedarse en Nueva York y no realizar la prueba. Sólo la insistencia de China le hizo cambiar de opinión: podía ir a L.A. a hacer la prueba y de paso visitar a unos familiares que tenía en California. Aquel improbable viaje iba a cambiar su vida.
WE LOVE CINEMA
Por Daniel Mayrit



