Mi teen movie favorita: Paco Mateo

Cuando la gente de We Love Cinema me propuso hablar de la película de mi adolescencia, decidí imponerme tres reglas o leyes:

  1. No podía tirarme el rollo. O lo que es lo mismo, no podía ir de “cultureta”, pero tampoco de freak. No podía consultar ninguna base de datos en Internet, sacar una lista de las películas estrenadas en “tal año” y elegir una acorde a mi gusto actual.
  2. Tenía que haber visto la película en el cine. No valían películas visionadas en la tele o en vídeo. Para mi desgracia eso excluía el porno y sus múltiples subgéneros.
  3. Una vez elegida la película, no podía volver a verla antes de escribir este artículo.

Pero empecemos desde el principio. Situemos la acción. Nos encontramos en los años 80, en Aluche, una barriada popular de Madrid. Los chicos del instituto disfrutábamos de unas cuantas de “horas libres” en nuestro plan de estudios. Yo tuve la suerte de que las mías fueran los miércoles, justo cuando el cine Aluche ofrecía su “día del espectador” y la entrada costaba sólo 100 pesetas (menos de un euro).

Aquella era una sala un tanto peculiar donde, esporádicamente, se programaban películas de estreno junto a filmes de “desecho” del año anterior  y “clásicos” de los 70. Una vez reunidos en la cola frente a la puerta del Aluche, nos enfrentábamos con un último horror, la marquesina del cine. Cada semana, el artista que “ilustraba” la película demostraba una pericia que hoy en día algún critico de arte hubiera descrito como puro arte conceptual y en el que cualquier parecido del cartel con la película era pura coincidencia.

A estas alturas del artículo, el lector se preguntará: “Vale, tío, muy bien, pero ¿cuál es tu película de adolescencia?”. Fácil, su argumento representaba el anhelo de cualquier chico de nuestra edad cuando los padres se iban de viaje y se quedaba sólo en casa. Aquella era la oportunidad para ligarse a una chica, vaciar el bar de papá y montar una fiesta con los amigos. El chico de la película se aburría en casa, las chicas del instituto eran unas estrechas y decidía llamar a una profesional para perder la virginidad.

¡Ding dong! Llaman a la puerta del protagonista.

En ese momento mi amigo “el Gallego” no pudo reprimirse y gritó en el cine: “Dios, qué tía más buena”. Pero no, no era una tía, era un travesti negro. Todos a coro le tacharon de maricón.

Mientras tanto, la película seguía su curso y el protagonista conseguía ligarse a una preciosa prostituta. Y lo que es mejor, montaba un prostíbulo en su casa para que todos sus compañeros de instituto pudieran dar rienda suelta a sus braguetas. Y lo que es mejor, sacaba dinero con ello.

Si nadie ha adivinado todavía el título es que ya estoy mayor.

La película se llama Risky Business (Paul Brickman, 1983) y lanzó a la fama a una jovencísimo Tom Cruise. La joven meretriz era una actriz hoy totalmente caída en el olvido,  una bellísima Rebecca De Mornay, y estaba dirigida por un tal Paul Brickman, un especialista en comedias adolescentes, de quien luego me enteré en la Facultad que era un realizador que había intentado  “dignificar” el género de películas para adolescentes. ¡Oh, no! Ya empiezo a hablar como un crítico, así que antes de incumplir mi primera Ley prefiero terminar este ejercicio.

En la película no salía ni una teta. Y para colmo la escena más recordada era aquella en la que Tom Cruise bailaba en calzoncillos al son de los acordes de Old Time Rock and Roll.

TEEN MOVIES

Por Jose Ángel Trancón