Mi teen movie favorita: Santiago Tabernero

TIBURÓN (JAWS, Steven Spielberg, 1975)

Por Santiago Tabernero

Los años 70 fueron una catástrofe y el cine era su caja negra. Si no había llegado ya el fin del mundo poco le faltaba. Se hundía el Poseidón, Richter temblaba en el terremoto de Los Angeles, enfermedades biológicas de origen extraterrestre diezmaban las aceras y el destino nos alcanzaba en Soylent Green.

Como todo siempre puede ir a peor, llegó 1975: el año de las catástrofes torrenciales. Aquel año ardió el coloso en llamas, el dirigible Hindenburg cayó saboteado y el Jumbo 747 (¿era de la Oceanic Airlines?) aterrizó de malas maneras en el aeropuerto 75.

Eso por citar sólo las desgracias ajenas.

En casa, aquella catástrofe de país en blanco y negro llamada España, las cosas no podían ir peor: estábamos a punto de entrar en guerra con Marruecos, ETA y GRAPO competían a diario por manchar de sangre las portadas de los periódicos y la oposición antifranquista contenía la respiración, como el resto de los españoles. Porque todo esto sucedía, conviene recordarlo, mientras que en el Palacio de El Pardo se desangraba el Caudillo.

Y yo, mientras, en mi pequeño barrio obrero de la periferia de Logroño, tan feliz. Feliz dentro de lo que cabe, porque todos los días, a la salida de la escuela me esperaba la banda de Jimmy para darme de hostias, y Javi no me dejaba ser de su pandilla.

Pero en fin, en mi barrio estaba seguro. Allí era imposible que cayera un avión, ni un dirigible (¡un dirigible en mi barrio!), ni que se hundiera el Poseidón, ni que ardiera ningún coloso, por la sencilla razón de que en Logroño no había rascacielos. Tampoco me quitaba el sueño lo de entrar en guerra con Marruecos (ya ves, con catorce años). Y, para mí, Franco era aquel viejecito que nos felicitaba las navidades desde su taca–taca.

Así  que yo era básicamente feliz… Hasta que una tarde entré solo al Cine Diana a ver Tiburón y fui literalmente devorado por su fauces. Bastaron los cinco primeros minutos para que supiera que aquello no tendría nada que ver con el resto de películas de catástrofes que había visto antes, ni desde luego con ser o no ser de la pandilla, ni con la muerte de Franco.

Era mucho peor que todo eso junto, una experiencia tan real como un tiburón clavando sus terroríficos colmillos en mi corazón tan blanco y, de paso, en el imaginario de millones de espectadores de todo el planeta que ya nunca más se atreverían a bañarse lejos de la orilla.

Vuelvo a ver Tiburón treinta y cinco años después, y aquellos primeros cinco minutos vuelven a electrizarme. Estoy en Amity Beach, es de noche. Una pandilla de hippies cantan y ríen alrededor del fuego de campamento. La pelirroja coquetea con el guaperas. Deciden darse un baño donde nadie pueda verles. A pesar de la música de John Williams, ella se desnuda y se zambulle en el mar. Él… Está demasiado borracho. Y el tiburón de Steven Spielberg demasiado hambriento.

El niño del Diana llegó aquella noche de 1975 a su casa de barrio obrero sudando de miedo. Mamá, preocupada, le preparó un baño caliente. Y bañándose, aquel mocoso sintió que el tiburón blanco prendía su pierna y tiraba feroz hacia el desagüe.

Treinta y cinco años después, volver a ver Tiburón me recuerda por qué me gusta tanto el cine.

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[Comienza hoy una serie de cuatro láminas realizadas por Álvaro Daza con la temática horror-teen como eje central]

THE DISAPPEARANCE OF SUE BENNETT – part 1

Por Álvaro Daza