
SUDAMÉRICA SUDARIO: NARCOCINE, SICARESCA Y MENINOS DA RÚA
Por Grace Morales.
- Sinaloa. Narcocine.
“Dicen que venían del Sur
en un carro colorado
traían cien kilos de coca
iban con rumbo a Chicago”
La banda del carro rojo,
Paulino Vargas.
Enrique Serna escribía en las páginas del diario Unomásuno esta brillante anécdota: la del tipo que había sido detenido por la policía mexicana en la frontera por contrabando de droga. La llevaba escondida en unas latas de celuloide. No al azar. Era traficante, pero también director de cine. No sólo eso, sino que estaba especializado en rodar “cine de narcos”, con lo que registraba sus actividades ilegales de forma irónicamente artística. Este incidente sucedió en los 80, pero no es la primera ni la última vez que el narcocine provoca estos equívocos: más de un capo y más de dos del cártel mexicano, así como mercenarios, los artistas del narcocorrido, policías reales y delincuentes de la calle han aparecido en pantalla o en los créditos como productores, artistas invitados, actores, extras y meritorios. Pocas veces el cine ha imitado tanto a la vida siendo un género tan ínfimo, lo que nos lleva a concluir que 1.) la realidad es una película de serie Z muy cutre, y 2.) el fenómeno “Narco”, en todas sus vertientes (musicales, cinematográficas, sociales, políticas), es la ficción perfecta para moverse en el Caos más absoluto.
El paso del Corrido al Narcocorrido, y de éste al Narcocine fue tan natural como la explosión de un volcán azteca y sus consecuencias devastadoras. El corrido, máxima expresión del arte mexicano ya llevaba en sus orígenes la violencia y la apología del antihéroe, siempre usando los códigos tradicionales: el bandolero, el prisionero injustamente detenido…, que enseguida fueron cambiados por los de los contrabandistas de licor en los años de La Ley Seca en USA, y después, por este orden, por los de marihuana, heroína y cocaína, terminando en los años 50 la Edad de Oro del Corrido.
No sería hasta la década de los 70 cuando el género volvió con más fuerza que nunca, pero con nueva actitud y mensajes. El grupo Los Tigres del Norte son los padres del Narcocorrido, los primeros en glosar las hazañas de los señores de la droga y sus correrías por el estado de Sinaloa, siempre intentando atravesar la frontera gringa con su cargamento en potentes furgonetas hasta arriba de material, y ellos también muy altos en drogas. En 1976, la empresa cinematográfica Producciones Potosí ponía en imágenes uno de los primeros súper éxitos de Los Tigres, Contrabando y traición, dirigido por Arturo Martínez, sobre la historia de amor y tráfico de marihuana de Emilio Varela y Camelia la Texana, un taquillazo que tendría numerosas y populares secuelas, también en versión musical de los Tigres: Mataron a Camelia La Texana (Arturo Martínez, 1976), y después, explotaciones como La hija del contrabando (Fernando Osés, 1977), La mafia de la frontera (Jaime Fernández, 1979) y Emilio Varela Vs. Camelia la Texana (Rafael Portillo, 1979).
Las razones de esta enorme popularidad del cine que, en honor a la primera película, se conoció durante bastante tiempo como de “Contrabando y Traición”, están en las raíces del sistema económico del país, en el planteamiento del cine mexicano y en la política de salud pública de sus vecinos gringos. A finales de los años 70, el gobierno mexicano abandonó las ayudas a las productoras de cine popular (acción, suspenso, charros, fantaciencia y terror) por nuevas propuestas de qualité, con lo que estas empresas quedaron a merced de lo que la actualidad demandaba para poder llenar los cines: el incipiente negocio del narcotráfico, que empezaba a estar en primera plana. Además, los señores de la droga tenían mucho dinero que blanquear, y el mundo del cine era un sitio ideal para hacerlo, máxime si servía para glorificar sus hazañas y mostrárselas al mundo. El traficante de drogas, tal y como los narcocorridos cantaban, quería ser retratado como un héroe de leyenda, un rebelde antisistema que hacía un bien a los más necesitados de su pueblo, y como San Jesús Malverde, quería ser una especie de ladrón bueno que sí, se enriquecía muchísimo con la droga, pero reportaba parte de sus beneficios a la comunidad antes que doblegarse ante las autoridades. Y ante los americanos.
Si la policía y el gobierno mexicano son detestables para el narco porque están corrompidos, los americanos son la hez de la sociedad. En casi todas estas películas, al menos en las de los primeros años, se plantea la tesis de que si los yanquis no fueran tan idiotas de consumir drogas, ellos no tendrían por qué dedicarse a este negocio, y la lacra del narcotráfico no existiría. A comienzos de los 80, la dura política de Reagan contra el narco en México y en Centroamérica provocó una reacción positiva de la opinión pública a favor de estas bandas. Fue cuando el “cine de frontera” y los narcocorridos tuvieron años de esplendor y enorme favor del público, tanto en México como en el sur de Estados Unidos. Mientras el gobierno y las autoridades locales veían con desagrado esta devoción popular por el narcotraficante y la subcultura a su alrededor, el cine y la música no paraban de producir discos y películas para satisfacer la demanda. Una demanda, en el caso concreto del cine, muy poco exigente: al principio parecen imitaciones muy baratas de episodios de series norteamericanas –una especie de Equipo A mezclado con Starsky & Hutch y SWAT pachuco–, para ir deslizándose, a medida que la censura lo permite, en puritita serie B disparatada llena de sangre, sexo y drogas a ritmo de narcocorridos. No olvidemos que la corrupción, por ejemplo, no podía tocarse en el cine mexicano, por lo que estas películas sólo podían aproximarse al fenómeno desde un punto de vista superficial y simplón, muchas veces desde la postura del narcotraficante: malos con sombreros de vaquero y camisas imposibles armados con revólveres de fantasía, haciendas decoradas con barroquismo y vírgenes sangrantes, tiros y explosiones, persecuciones, mujeres desnudas, licor y drogas… Imposible hacer retratos creíbles de los personajes, mucho menos la más leve crítica social. Los poquísimos intentos fueron simplemente boicoteados.
Algunas pueden salvarse –sólo un poco– de la quema: basada también en un hit de los Tigres del Norte, La banda del carro rojo (Rubén Galindo, 1978) es el clásico por excelencia del narco–thriller. Producida por Cinematografía Chapultepec, cuenta la trágica aventura de los hermanos Quintana, forzados a meterse en el narcotráfico para solventar una debacle agrícola. En el reparto, los hermanos Mario y Fernando Almada, dos veteranos actores habituales de este género, acompañados por el hijo de Pedro Infante y la aparición de los propios Tigres del Norte. Pero hay muchísimas más, casi todas con narcocorridos como único guión: La jaula de oro (Sergio Véjar, 1987), Ni parientes somos (Sergio Véjar, 1990), Tres veces mojado (José Luis Urquieta, 1989), Los tres gallos (José Luis Urquieta, 1991), Camino al infierno (José Luis Urquieta, 1987)… y otras, cuyo título ya es suficiente orientativo: Metralla en Tijuana (Francisco Pérez), El agente Borrego (Román Hernández, 1999) o Las novias del traficante (Román Hernández, 1999). Especial mención para el infrasubgénero de camioneta de forajido, una debilidad del narco por la furgoneta gigante repleta de extras, con potentes equipos de sonido, cristales tintados y llantas enormes, que comienza con el éxito pinche de La camioneta gris (José Luis Urquieta, 1990).
A partir de los 80, el mercado del narcocine siguió imparable a través del video, ahora el DVD y las distribuidoras que lo llevaban al mercado hispanohablante de Estados Unidos. Se hacían más de cuatrocientas películas al año, y el interés y la simpatía del público por las correrías de los narcos no parecían decaer. El género mezclaba aventuras de valientes señores de la droga colando cargamentos hacia USA con otras de incorruptibles policías en infatigable lucha contra cárteles mixtos de mexicanos malos, mafiosos italianos y americanos de Miami, y en medio, historias de bellas villanas que se enfrentaban ellas solas con un AK47 a ejércitos de gringos, imitando a La Reina del Sur de Pérez Reverte. Lo que podía haber ido desapareciendo por aburrimiento del público, en realidad, y esto es lo más curioso, se ha revalorizado en los últimos tiempos, no por la propia cultura mexicana, sino porque la insaciable abarcaydevora máquina de la globalización ha interiorizado esta subcultura, al tener todo lo necesario para hacerse kitsch/chic: violencia, dinero, drogas y sexo en una hiperrealidad de serie Z. De hecho, las productoras mexicanas, que ahora son empresas según la leyenda completamente dominadas por el narcotráfico, han hecho exactamente lo mismo que un comisariado pop del extranjero: incluir en él elementos paranormales, gore, fantacómicos, etc.
2. Medellín. Sicaresca.
“… aquí estoy por culpa de corruptos y
guerrilleros que secuestrando están
deteniendo a mucha gente
quitándoles la libertad
no se dan cuenta que ellos
tienen madre y papá…”
Uriel Henao y Los Tigres del Sur, Mi gran Colombia.
Existe un enorme mercado de narcocorridos en Colombia, tan fiero como el mexicano, y tan kitsch o incluso más. No por nada tenía el país los cárteles de droga más potentes del mundo, pero, sin embargo, en lo que respecta al cine, no cuenta con una industria de narco–thrillers a la mexicana. Su cine va por derroteros muy distintos, y a juicio de la crítica, mucho más serios. Aunque también está especializado en retratar la violencia y la miseria que provocan el mundo del narcotráfico, las bandas de asesinos y los escuadrones de la muerte en las ciudades. Gracias a las leyes y la inversión de otras cinematografías como la española o la norteamericana, el colombiano es un cine que ha sorprendido en más de una ocasión, en este caso, no por la orquesta charra de serie Z del narcocine, sino por otras propuestas críticas acerca de la miseria y la marginalidad, muchas centradas en la figura del sicario.
Reformulación del personaje del mercenario, ahora convertido en un asesino a sueldo adolescente, que comenzó siendo objeto exclusivo del narcotráfico y ahora se alquila a cualquier tipo de organización criminal o particular que lo desee. Los sicarios son niños de las comunas, las barriadas que se apilan sobre las montañas que rodean a Medellín, repletas de basura, hambre y droga. Forajidos de catorce años que matan por unos dos mil dólares y luego van a que les bendiga la Virgen de Sabaneta. Sus códigos de conducta son un pastiche entre los antihéroes de la cultura pop, los ídolos del rock, los forajidos de los tebeos y los personajes de los narcocorridos, unidos en el más auténtico mensaje nihilista que una generación haya podido entonar. El director Víctor Gaviria lo supo ver en su primera película, la interesantísima Rodrigo D: No Futuro (1990), acerca de la formación de ese primer movimiento de sicarios. Rodada con actores amateurs (“actores naturales”), era un falso documental sobre la escena punk de las comunas del norte de Medellín, que causó escándalo entre los medios, las autoridades y el público, al ofrecerles una cara de la ciudad que nunca se les había puesto en la pantalla: unos críos que tenían sus propias reglas, hasta su propia jerga (el parlare) y no dudaban en utilizar las drogas o la violencia a la mínima de cambio.
La década de los 90 vio el nacimiento de una serie de novelas sobre estos mismos personajes, especialmente, La virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo, y Rosario Tijeras (1999), de Jorge Franco. El éxito de ambos libros dio paso a nuevas obras en la misma línea, lo que propició que un crítico denominara a este grupo de autores y sus temas como La Sicaresca, haciendo un (dudoso) paralelismo entre el género literario español de jóvenes buscavidas con este de chavales asesinos a sueldo. Propiciado por libros sobre el particular de García Márquez (Crónica de un secuestro, 1996) y artículos de Vargas Llosa (Los sicarios, 1999), fue cuestión de tiempo que ambas novelas tuvieran sus respectivas adaptaciones al cine. A Rosario Tijeras la llevó Emilio Maillé en 2005, en coproducción con México y España. Planteamiento original de entrada, porque en este caso, el sicario es mujer, una joven asesina que desde niña sólo conoce la educación en la barbarie y el pensamiento religioso como protección frente a la muerte (lavar las balas en agua bendita, llevar escapularios bendecidos por María Auxiliadora…) y la asociación con dos amigos pertenecientes a las clases altas de la ciudad, que quieren caminar una temporada en el lado salvaje antes de volver a sus vidas muy alejadas de las comunas.
El director francoiraní Barbet Schroeder pasó parte de su infancia en Bogotá, y ya en los 70 escribió un proyecto de guión sobre la violencia y el narcotráfico en aquella ciudad titulado Machete, que resultó premonitorio. Cuando conoció la novela de Fernando Vallejo, no se lo pensó dos veces. La virgen de los sicarios (2000) fue la película que concentró la atención del mundo sobre el cine colombiano, por la fama de su director y el arriesgado argumento. En este caso, muy alejado de la historia de amor y tiros de Rosario Tijeras, más pesada e intelectual en su guión, escrito por el propio Vallejo, pero que se nivela con la puesta en escena. Vallejo revela su peripecia al volver a Medellín como escritor de éxito y encontrarse con una ciudad devastada por la violencia, en la que sólo encuentra consuelo en la relación amorosa, precisamente con un joven sicario, que le sirve de guía en un descenso a los infiernos de las comunas, los asesinatos, las drogas y la muerte, mientras el escritor ofrece su versión pesimista y muy negra de la sociedad colombiana.
Existen películas más interesantes sobre los cambios sociales que ha provocado el narcotráfico. Por ejemplo, la última cinta de Gaviria, Sumas y restas (2004), estupendo retrato del Medellín de los 80 y del nacimiento del narcotráfico, con buenas interpretaciones y una historia creíble y terrible de amistad, drogas, traición y muerte. Otras propuestas van desde lo convencional (Perro come perro, Carlos Moreno, 2008) hasta lo desquiciado (Apocalipsur, Javier Mejía, 2005), incluso hay muestras de thrillers colombianos absolutamente recomendables por su sorprendente originalidad, humor y brillantez: Perder es cuestión de método (Sergio Cabrera, 2004).
3. Sao Paulo. Meninos da Rúa.
“…Ciudades enteras arrastradas por el agua
Favelas que explotan en vertederos inflamables
Turbas de linchamiento, escuadrones de la muertes, niños que nacen sin cerebros
El calor de locura y las lluvias implacables…”.
Nick Cave, Papa Won´t Leave You, Henry.
Vamos a seguir un momento en Metrallo con su director más internacional y prestigioso. Gaviria tiene hasta la fecha su mayor suceso en La vendedora de rosas (1998), libre y estremecedora adaptación del cuento ¿infantil? de H.C. Andersen, sobre las indecibles penalidades que unos críos sufren la víspera de navidad sin otro recurso que matar o morir. En la película, como ya había hecho en Rodrigo D, sólo actúan chicos de las comunas, niños que poco después se hicieron tristemente famosos por terminar sus días en la cárcel o muertos en una balacera con la policía. Este asunto del cine sobre niños perdidos, adolescentes asesinos que no tienen familias ni domicilios, muertos en vida que son aprovechados como carne de cañón para organizaciones criminales al no poder ser juzgados como adultos, es un clásico del cine, y en especial del sudamericano, por ser una horrible realidad desde hace décadas. Algunas de las mejores películas del cine del continente se han hecho sobre el particular.
Está Buñuel y Los olvidados (1950), pero ya estamos en Brasil, y la Película es Pixote, la ley del más débil (Pixote: A Lei do Mais Fraco, Héctor Babenco, 1981). Tras el enorme éxito de la contundente Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002), no está de más recordar su antecedente más directo y, a mi parecer, no superado ni en calidad ni en belleza, ni siquiera en crudeza y realismo. Pixote es un recorrido infernal por esa ciudad monstruosa y bella que es Sao Paulo, pero lleno de lirismo, que a pesar de tener un guión y estar basado en una novela, puede pasar perfectamente, tanto por el contenido como por la forma, por un documental acerca de los meninos da rúa, aquellos que pasan el tiempo entre los delitos en la calle y los reformatorios, donde son maltratados, torturados y a veces ejecutados. El argentino Héctor Babenco, también de adolescencia problemática, preparó Pixote durante un par de años en las favelas de la ciudad, primero, con un cásting para escoger a los actores entre los habitantes de las mismas. De entre mil y pico críos salió el protagonista, Fernando Ramos da Silva, un niño de diez años que compone un Pixote que sabemos que es su propio personaje, igual que el de los demás actores, magnífico.
La película provocó entusiasmo y escándalo a partes iguales. Fue un gran éxito en taquilla y en crítica, pero también tuvo gran polémica al mostrar escenas que aún hoy en día, aunque superadas de lejos, siguen siendo más difíciles de ver, al no abusar del efecto, sólo la tristeza y la pura violencia. Fernando, el niño que daba vida a Pixote, como en la ficción–realidad, terminó sus días volviendo a las favelas porque no pudo seguir en el cine (apenas sabía leer) y murió acribillado por la policía en un incidente aún no aclarado. Es, al parecer, el destino de la mayoría de estos prometedores artistas. Parece que el hecho de que desde Pixote se haya abundado en el tema y las películas sobre niños perdidos/niños asesinos/ niños muertos en Sudamérica hayan aumentado exponencialmente no significa que el problema esté en vías de solución. Todo lo contrario: la proliferación de estas obras es una muestra de que la situación, gracias al aumento terrible de las diferencias económicas inter clases, y los efectos globales de la comunicación, han extendido aún más el problema, haciéndolo visible e hiperviolento, ideal para el mercado de consumo, pero completamente invisible para su solución.
WE LOVE CINEMA
Por Patxi Gil


