LUCÍA PUENZO: ANATOMÍA (TRANSGENÉRICA) DE UNA CINEASTA

LUCÍA PUENZO: ANATOMÍA (TRANSGENÉRICA) DE UNA CINEASTA

Por Jordi Revert

Al principio de XXY (2007), debut en el largometraje de la directora argentina Lucía Puenzo, irrumpen en escena los pies descalzos de Inés Efron adentrándose en un bosque, y junto a ellos una suerte de espada que la protagonista blande. Inmediatamente, la escena se sitúa en paralelo a unos títulos de crédito que muestran aparatosas, inefables plantas de un fondo subacuático, rebosantes de vida pero también de indefinición. En las sucesivas alternancias, la escena en el bosque descubrirá a su personaje principal, Alex (Efron), arremetiendo con el arma contra el suelo en el primero de los gestos de rabia adolescente a los que asistiremos; por su parte, los créditos configurarán un enigmático catálogo de magníficos organismos submarinos (o sublacustres). Existe una cierta mitología personal en el cine de Lucía Puenzo respecto a ese contexto acuático. En su segunda película, El niño pez (2009), el fondo de un lago es más que el escenario de una leyenda que titula la película: es la Arcadia particular y sentimental de las amantes protagonistas. En ese aspecto, sendas inmersiones pueden servir para basar un concepto de “anatomía sumergida” compartido por ambos filmes: en XXY el medio acuoso sirve como excusa para las primeras muestras de simbolismos en el cine de Puenzo, para establecer un paralelismo entre los órganos de Alex y las especies subacuáticas, pletóricas y presumiblemente hermafroditas; en El niño pez, ese medio puede leerse como reducto emocional y soñado, como lugar en el que permanece intacta la felicidad que les es insistentemente denegada a Lala (Efron) y Guayi (Mariela Vitale).

La (no) herencia Puenzo

Lucía Puenzo nace en 1976 en Buenos Aires. Hija del poco prolífico Luis Puenzo, su primer acercamiento al audiovisual es como guionista para el documental (H) Historias cotidianas (2001), de Andrés Habegger, al que le siguen créditos en varios guiones para series de televisión. En 2004 debuta como novelista con El niño pez (la cual será base para su segunda película) y escribe junto a su padre el libreto de La puta y la ballena. En 2005, debuta tras la cámara con el cortometraje Los invisibles y en 2007 firma su ópera prima XXY. Más allá del intenso recorrido en los últimos años (2 películas, 4 novelas, 1 cortometraje y varios guiones para producciones ajenas) que la prometen como una autora más prodigada que su padre, lo que de verdad resulta interesante en la todavía corta trayectoria cinematográfica de Lucía Puenzo es la subrayada divergencia que ésta ofrece respecto a la filmografía de su progenitor. La propia directora firmaba una declaración de intenciones al confesar, en una entrevista, su preferencia por la literatura y el cine que antes tienen que ver con relaciones y personajes que con las tramas, citando como referentes a Michael Haneke, Bruno Dumont o John Cassavetes. No es descabellado afirmar que, a partir de esta premisa, la realizadora ha desempeñado un cine estilísticamente más sobrio, narrativamente menos elaborado y con particular predilección por los temas relativos a la sexualidad conflictiva, a la adolescencia crítica. Descarta, pues, una posible herencia cinematográfica o traspaso de constantes desde un Luis Puenzo que siempre demostró mayor querencia por un cierto clasicismo formal, casi desvergonzado en su recurrencia a formulaciones mainstreamGringo viejo (Old Gringo, 1989), superproducción en clave melodramática y firme heredera de Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, Victor Fleming, 1939) es el mejor ejemplo). No por casualidad era, hasta hace bien poco, el único realizador argentino en ganar el Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa, gracias a La historia oficial (1985), relato acerca de la memoria histórica –tema primordial en su cine, también presente en su adaptación de La peste (1992) de Albert Camus– que buceaba en el recuerdo de los desaparecidos de la dictadura argentina y la generación huérfana que estos legaron a un país en vías de reconstrucción indentitaria.


No hay, en la breve filmografía de Lucía Puenzo, un interés semejante por los grandes temas ni pretensión de artificio, narrativo o estilístico. Los puntos de encuentro entre ambos, si los hay, son escasos y apenas consistentes: el gusto por la creación de atmósferas (pesadas y graves) que Puenzo padre desarrolló en La peste no anda tan lejos del de su hija por los fríos climas íntimos en XXY y en El niño pez; y La puta y la ballena, última película de Luis Puenzo hasta la fecha, se erige como territorio de entendimiento del engolado diseño de producción y la memoria de nuevo como centro gravitacional con unos personajes y relaciones que manifiestan una mayor hondura emocional en la que, sin duda, interviene Lucía Puenzo desde sus labores como guionista.

El cromosoma problemático

En una de las escenas más inquietantes y hermosas de XXY, Álvaro (Martín Piroyansky), el hijo adolescente del matrimonio invitado a casa de Alex (Inés Efron), entra en la habitación de su anfitriona sin que esta se encuentre allí. Sin saberlo, se adentra en un pequeño santuario del transgénero, escenario hiperbólico del simbolismo que caracteriza a la realizadora: allí encuentra un cuaderno con dibujos resultantes de la angustia de Alex por su condición transgenérica, referentes a la monstruosidad del sexo cambiante, la menstruación y la violencia inherente al cuerpo en conflicto; cuando Álvaro levanta la vista, observa una muñeca despojada de complementos, desnuda y a la que le ha sido incrustado una colilla a modo de miembro viril. Este nivel de representación que codifica la sexualidad de Alex (siempre oculta, pero explícitamente sugerida en este y otros pasajes) configura una ansiedad ya no debida a la anomalía genética, sino a la presión de la decisión ante la que la adolescente se rebelará cuestionando la necesidad misma de la elección. Los dibujos que encuentra Álvaro podrían ser, igualmente, los esquemas anatómicos en los que Jorgelina (Guadalupe Alonso) indaga en El último verano de la Boyita (2009), de Julia Solomonoff.


Al igual que Puenzo, Solomonoff muestra, desde ojos ajenos a los de ese cuerpo crítico (en su caso, desde los de una niña pre–adolescente), el rechazo a la transformación, si bien a ella le interesa subrayar, por encima de cualquier cuestión de transgénero, la indefensión de ese cuerpo en un contexto naturalmente intolerante, permeable a la incomprensión. XXY va más allá y extiende la problemática que encierra el microuniverso de Alex al de Álvaro, vía el traumático descubrimiento de una sexualidad incipiente que se da en el violento acto sexual en el que Alex, tomando la posición dominante, invierte los roles presupuestos. Las consecuencias del episodio son, sobre todo, emocionales: Puenzo plantea el sexo inconcreto como pregunta que los adultos que rodean a Alex parecen más preocupados por responder que la propia Alex, pero es el tortuoso proceso de enamoramiento el que, en último instancia, supone hallazgo y verdadero despertar adolescente, uno que conecta estrechamente con El niño pez, siguiente película de la directora.

Adolescencia sumergida

El niño pez adapta la novela homónima que la propia autora escribió acerca de un amor adolescente en fuga, en quimérica búsqueda de una dicha inalcanzable. Las amantes interpretadas por Inés Efron y Mariela Vitale protagonizan un amor configurado tanto por una fuerte dependencia como por la cultura guaraní a la que pertenece la segunda (en contraste con la burguesía argentina de la que proviene la primera) y en la que descansa también la mirada de la directora. Dicha dependencia se refuerza desde el mismo momento en que las adolescentes se ven obligadas a tomar caminos separados, a la espera de un reencuentro que se pospone más de lo esperado. Se activa entonces un juego de representaciones que encuentra sus espacios en la memoria (el recurso del flashback) o en los actos que la evocan: una muestra es aquella secuencia en la que Lala (Efron) se corta el pelo entre lágrimas, llevando a término la sugerencia que en su pasado en común le hizo Guayi (Vitali) alegando que así estaría más guapa; el acto de dejarse el pelo corto supone, aquí, una vía para que Lala se sienta más cercana a ella. El cuerpo de Inés Efron vuelve a ser base de la construcción de la figura andrógina, centro a su vez de una semántica que reforzará la “otra” sexualidad mediante diversas estrategias: por un lado, la habitual maraña de simbolismos, visibles en pasajes como en el que Lala se detiene a observar la figura de un ángel; por otro, la representación misma de la supuesta “normalidad”, esto es, la cópula heterosexual como un acto monótono, sin vida y prácticamente unilateral.


Así, El niño pez se erige como una road movie cuyo carácter itinerante se corresponde más a los sentimientos de sus protagonistas que a un desplazamiento físico, en tanto que sus símbolos sirven a la ilustración de sus cuestiones de género, presentando en este sentido un cierto continuismo respecto a XXY. Se trata, eso sí, de sentimientos a menudo sumergidos, confinados en el seno de una adolescencia emocionalmente castrada y cuyas representaciones hallan un enraizamiento mitológico. Y esa mitología que construye Puenzo es, precisamente, aquella que se significaba en las plantas subacuáticas mencionadas al principio de este texto, la misma que es base y poética declaración de principios de un cine intensamente personal, poderosamente íntimo y con voz propia dentro del panorama latinoamericano.


LISANDRO ALONSO O LA VIDA DEL CINE

LISANDRO ALONSO O LA VIDA DEL CINE

Por Anna Petrus

Lo primero que quizás deberíamos tener en cuenta a la hora de escribir sobre el cine de Lisandro Alonso es que seguramente es uno de los pocos cineastas que acostumbra a no utilizar toda la película de la cual dispone para los rodajes de sus films. Este detalle que, a priori, pudiera parecer anecdótico, habla de la verdadera dimensión estética y moral de uno de los creadores más singulares surgidos de la nueva hornada de cineastas argentinos o del llamado Nuevo Cine Argentino y, aunque como muy acertadamente ha escrito en más de una ocasión Eduardo Antin (Quintín), resulta difícil, y hasta injusto, incluir el cine de Alonso dentro de esa corriente que engloba a cineastas como Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Adrián Caetano, Mariano Llinás o Martín Retjman, entre otros, puesto que el suyo es un cine solitario que claramente quiere desmarcarse de cualquier tendencia o estilo y que simplemente opta por discurrir por ese difícil sendero que se construye al explorar la propia singularidad.

No debería extrañarnos, pues, que sea precisamente Alonso el cineasta capaz de prescindir de los rollos de película de 35mm que finalmente cree no necesitar puesto que su cine es, antes que nada, una experiencia vital más que un trayecto artístico. Un camino que termina cuando llega de forma natural a su fin, y con independencia del material fotosensible que se ha necesitado para ello. Esta capacidad de renuncia sintoniza perfectamente con el extremo minimalismo de sus propuestas cinematográficas, el “menos es más”, como a él mismo le gusta decir, a través del cual intenta volver a la experiencia original y baziniana del cine, aquella que despoja casi totalmente la mediación entre la cámara y lo filmado, entre el ojo del cineasta y el paisaje o los cuerpos de los actores que se colocan ante ella.

Es por ello que las cuatro películas que Alonso ha rodado hasta la fecha, La libertad (2001), Los muertos (2004), Fantasma (2006) y Liverpool (2008), trazan una cosmogonía francamente singular e inusual del cineasta errático, aquel que deambula por los parajes de su Argentina natal sin un rumbo exacto ni ningún aparente objetivo que no sea el de vivir el cine o, más aún, el de llegar a capturar la vida del propio cine. Algunas opciones estéticas, que no son más que consecuencia de sus opciones éticas, viene a tensar ese anhelo, como la renuncia a filmar en otro soporte que no sea el 35mm, el trabajo con actores no profesionales y la inexistencia de ningún guión dramático que ofrezca dimensión de relato a sus películas ni dimensión psicológica a los personajes. De este modo, las películas de Alonso parecen discurrir por la pantalla sin principio ni final, es decir, como la vida misma, con las excepciones probables de Los muertos y Liverpool, donde el cineasta introduce una pequeña línea argumental que, aun así, no pervierte la libertad del planteamiento fílmico que le caracteriza. Esa continuidad infinita le empuja a filmar los actores como parte integrada en el paisaje al margen de la cámara, que los captura sin olvidar que personajes como Argentino Vargas, protagonista de Los muertos, fue un actor completamente virgen en el sentido de que en el momento que se inmiscuyó en la película no había ido nunca al cine ni había visto jamás ninguna película. Una pureza francamente difícil de hallar en el cine contemporáneo que, en cierto modo, empareja el trabajo de Alonso con películas de pioneros como los hermanos Lumière. Una filiación de la cual el cineasta habla a menudo, del mismo modo que entre sus preferencias cinéfilas no es extraño que se encuentre el Neorrealismo italiano, por la intensidad emocional dejada por la huella de lo real en el cuerpo de la ficción, el cine de Werner Herzog, por el proceso de extrañamiento con la supuesta verdad del mundo, o el trabajo de Tsai Ming Liang, por lo que tiene de fascinación hacia el propio proceso cinematográfico.

Así  las cosas, intentar trazar una evolución del trabajo cinematográfico de Lisandro Alonso supone, en primer lugar, hallar las repeticiones de elementos como los actores o el equipo técnico película tras película, un hecho que nos obliga a reflexionar sobre la importancia de la experiencia colectiva, casi familiar, en su cine. Como ya escribí en otra ocasión, el cine de Alonso está hecho con personas que quieren vivir el cine, más que vivir del cine, de ahí que sus films desprendan esta deslumbrante autenticidad, esos destellos o pedazos vida que finalmente se tornan arte en la pantalla. Por otro lado, y en segundo lugar, trazar esa posible evolución supone también dibujar un mapa en el cual se suceden personajes cuyo solitario trayecto iniciático es difícil de distinguir del pulso de la naturaleza que los rodea. El Misael Saavedra de La libertad, un leñador a quien observamos en la monotonía de su trabajo y de sus días sin otro acompañante vital que no sea la tierra y los árboles que tala, es un ser tan solitario como el Argentino Vargas de Los muertos, ese hombre recién salido de prisión por haber matado a sus dos hermanos y que va en búsqueda de su hija, así como el Farrel de Liverpool, el marinero que regresa a la casa de sus progenitores tras años de ausencia. Todos ellos son personajes cuyo mundo interior es dibujado tan solo en off, es decir, que Alonso no dibuja de forma visible sino que deja que se construya en la mente del espectador. Una suerte de contención en plena sintonía con el minimalismo formal que caracteriza cada una de las películas así como con la soledad, único sentimiento que Alonso expone repetidamente y de forma explícita en todos sus protagonistas, y que concuerda plenamente con su propia soledad, es decir, la del propio cineasta quien firma así su consideración de outsider por excelencia del cine argentino contemporáneo.

A esa proscripción de las constelaciones sentimentales de los personajes hay que considerar como indicábamos el retrato del paisaje como su posible espejo o, en ocasiones, como su sutil y revelador reverso descartando por supuesto cualquier lectura simbolista. Si el rostro de Misael Saavedra no puede desligarse del monte pampeano donde vive y trabaja, la sangre en ebullición de Argentino Vargas no podría haberse explicado mejor que en la selva de la Patagonia y en el río Paraná, en los que vegetación y agua intensifican necesariamente el peso de su pasado criminal. Del mismo modo que la fría y blanca Ushuaia donde Farrel desembarca al inicio de Liverpool viene a puntuar su ineludible destino errático, así como el enfriamiento de su capacidad de expresar más que con tímidos e indirectos gestos o expresiones de su en verdad hierático rostro.

Así  las cosas, no deja de ser significativo que Lisandro  Alonso escogiera los pasillos del Teatro San Martín de Buenos Aires, donde ha estrenado casi todas sus películas, para rodar Fantasma. En lo que podría leerse como un homenaje explícito a Goodbye Dragon Inn (2003), de Tsai Ming-Liang, el film recupera los personajes de Saavedra y Vargas, quienes deambulan sin rumbo ni objetivo por el recinto teatral mientras tiene lugar una proyección de Los muertos. Realidad y ficción se dan así de la mano en la que quizá sea la menos apreciada de las películas de Alonso, aunque, en verdad, el cineasta aporte una más que interesante reflexión sobre los límites de lo filmable, el sarcasmo con que se tiende a separar la vida del cine, así como sobre los límites éticos de su modo de filmar sin renunciar al minimalismo formal y moral que le caracteriza. A través de Fantasma Lisandro Alonso pone sobre la mesa lo que ya habíamos intuido con todas sus otras películas: que es la vida del propio cine la que se encuentra en ellas. Y que eso, sin duda, rebasa los límites de la pantalla.


LUCRECIA MARTEL: CINE DE CAMAS Y PILETAS

LUCRECIA MARTEL: CINE DE CAMAS Y PILETAS

Por Daniel de Partearroyo

Hay cineastas que hacen del detallismo y la perfección técnica uno de los elementos medulares de su trabajo. Son creadores de films en los que todas las esquinas han sido limadas con precisión demiúrgica y cuya forma resultante reproduce en el espectador la fascinación que se obtiene al observar el impecable funcionamiento de las entrañas mecánicas de un reloj. Otros, en cambio, son registradores de imágenes esquivas, abonados al work in progress constante y derivativo que convierte a sus películas en colecciones de imágenes libres que fluctúan en torno a una débil línea narrativa nunca cerrada. En esta lucha de extremos, que enfrentaría en duelo a Stanley Kubrick o Michael Haneke contra John Cassavetes o Pedro Costa, se sitúa con grácil porte el cine de la argentina Lucrecia Martel (Salta, 1966).

Hay tres elementos que dan fuerza de identidad a la obra de Martel, una filmografía joven que comprende los cortometrajes El 56 (1988),Piso 24 (1989), Besos rojos (1991) y Rey muerto (1995), la serie de televisión DNI (1995) y las tres películas que sirven para sustentar tanto este artículo como la rotunda afirmación de que se trata de una de las cineastas más sugestivas y audaces de la actualidad: La ciénaga (2001), La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008).  Utilizaremos cada uno de ellos como epítome de, respectivamente, una de estas tres cintas, pero no sin antes dejar claro que todos están siempre presentes, con distinta fuerza, en cada una de ellas.

1. El cine de Martel se ha definido en ocasiones como “climático” o “atmosférico”, a buena cuenta de la capacidad de la realizadora argentina para recrear estados de vinculación metereológico-anímica con gran precisión. Sin alcanzar los niveles de sensorialidad de su compatriota Lisandro Alonso, el filipino Apichatpong Weerasethakul o la estadounidense Kelly Reichardt, sus películas se sirven de los recursos cinematográficos, especialmente la cadencia de planos y la mezcla de sonido, para transmitir estados climatológicos que en realidad son de ánimo. El monte andino de La ciénaga y su tormenta siempre latente son buenos ejemplos, junto a la perfecta delimitación de la apatía e inanidad asociadas al bochorno húmedo y caluroso que se inscribe en los cuerpos de los personajes, vagabundos de interior que deambulan por habitaciones con persianas a medio bajar y se tumban incómodos en camas con sábanas revueltas.

Esta primera incursión de Martel en el retrato de la decadencia de cierta alta burguesía argentina, un leit motiv determinante en sus tres largometrajes hasta la fecha, funciona con la cadencia literaria de Cortázar mientras permite que afloren aspectos de irrealidad y extrañeza que a buen seguro habrían gustado a Buñuel. La ciénaga es una película de narración enigmática, donde la sencilla anécdota de ver a una familia acomodada pasando los días de su existencia abrazados a la indolencia no permite ser apenas alterada por los accidentes –no es casualidad que los dos principales sean muy simbólicas caídas, al principio y justo al final de la película– que salpican de vez en cuando el relato.

En su crítica “Los planes del deseo” acerca de La niña santa, Emilio Toibero afirmaba que <<las camas, simples o dobles, que aparecen en los filmes de Lucrecia Martel, son inconfundibles, funcionan a la manera de una firma. Con sus sábanas arrugadas, presuntamente transpiradas, rara vez rectas, aparecen como un lugar privilegiado que sus personajes habitan con frecuencia, casi siempre con otro, pocas veces para dormir y raramente para tener sexo>> (1). A esta certera reflexión se le puede añadir la presencia también privilegiada en el cine de Martel de otro espacio de igual forma rectangular: las piscinas (perdón, piletas). La de La ciénaga, con su manto de hojas y agua sucia y estancada es la primera de una serie de apariciones de estos lugares, que funcionarán como espacios turbios de encuentros y confesiones –primordial, en este sentido, el plano final de La niña santa–.

Dos lugares físicos capitales que articulan tanto el ir y venir característico de los personajes de Martel, siempre en una actitud de constante huida del plano –por muy cerrado que sea, y así es como son–, como la precisa ambientación sensorial de sus historias. La naturaleza salvaje de La ciénaga, que parecía que llegaba a querer invadir la casa de los protagonistas, en La niña santa da paso a una atmósfera igual de asfixiante pero contraria: los romos interiores del Hotel Termas –situado en la misma localidad salteña de La ciénaga–, que a su vez tienen su eco en el oprimente y desorientado estado mental de la protagonista de La mujer sin cabeza.

2. Algunas películas pueden llegar a dejar mayor poso sonoro que visual en el espectador, haciéndole recordar sus imágenes por la asociación establecida en su mente respecto a los sonidos, y no al revés. Esta epifanía sinestésica, que en mi caso ocurre con casos comoPunch-Drunk Love (Paul Thomas Anderson, 2002) o Last Days (Gus Van Sant, 2005), además de poner de manifiesto lo desatendida que se encuentra en muchas ocasiones la parte “audio” del audiovisual, es fácil de experimentar con el cine de Martel. Su exquisito trabajo en la edición de sonido era notable con los truenos e insectos de La ciénaga, pero en La niña santa requiebra las conversaciones de interior para contraponer los susurros lascivos de las dos adolescentes protagonistas con el nacarado canto de su instructora de catequesis o las fantasmagóricas notas sacadas del theremín por un músico callejero y que penetran tanto a través de las paredes del hotel como de la curiosidad sensual de las jóvenes.

Porque la de La niña santa es una historia de curiosidad y escudriñamiento voyeurista. Un nuevo punto de unión entre los universos de Martel y Buñuel, que hace del despertar sexual, la homosexualidad, el incesto, los tocamientos públicos y, ante todo, la dolorosa represión del deseo el punto de unión de los vértices que forman el triángulo entre Helena, la dueña del hotel, su hija Amalia y el doctor Jano, médico hospedado en el edificio con motivo de un congreso de otorrinolaringología. Un triángulo que, además de transitar distintas represiones y dudas, conecta el decadente mundo adulto con el ya esquilmado de las adolescentes. Todo en una agobiante sucesión de primeros planos, encuadres con cortes violentos sobre los cuerpos y una narración fragmentaria que, cuando lo utiliza, siempre demora el alivio del plano general.

3. La fragmentación narrativa y las lagunas de información son determinantes en la conformación del estilo marteliano. Como ocurre en los mejores tiempos de la filmografía de Atom Egoyan –es decir, la década de los 90–, enfrentarse a una película de Lucrecia Martel es adentrarse en un misterio, un enigma absoluto del que solamente la postergada sucesión de planos y secuencias terminará por dar una estructura más o menos coherente pero siempre incompleta. En La mujer sin cabeza, ni siquiera la protagonista tiene claros los pormenores de su historia. Su atropellamiento accidental de un bulto –¿un perro? ¿un niño?– con el coche en mitad de un camino apartado la sume en un extraño estado de desorientación y pérdida de identidad que se irá diluyendo entre las espirales y moños hitchcockianos de su pelo.

Los tres largometrajes de Martel hasta el momento tienen lugar y han sido rodados en su natal provincia de Salta, al noroeste del país. Si bien la naturaleza de sus historias las hace de una posible localización universal, el uso del lenguaje por parte de los protagonistas es un aspecto al que la cineasta da gran importancia como marcador de geografías y clases sociales. Para Josefina Sartora, el uso de palabras peyorativas como “tontona”, “crenchas”, “malcrío”, “chicona” o “zangoloteo”, así como los diminutivos “agüita”, “alguito” o “chaucito” marcan el tono salteño que a los argentinos porteños, por ejemplo, podría parecer anacrónico. <<La lengua otorga a los films de Martel una coloración propia, de fuerte localismo>> (2). Javier Porta Fouz también lo ve claro: <<Las palabras peculiares, o el uso peculiar de las palabras, constituyen una de las zonas más irreductibles y definitorias del cine de Martel (…) Es un habla, a fin de cuentas, de resistencia frente a la homogeneización y a favor de los pliegues, de los recovecos>> (3). Es decir, una lucha contra un pretendido lenguaje universalizado que le da a sus diálogos no pequeñas dosis de autenticidad, sino que contribuye a la polifonía de puntos de vista y pequeñas microhistorias que aparecen en cada película de la argentina. Además de recuperar el placer de escuchar conversaciones audibles pero con el poso inasible de lo inmediato, lo entrecortado y que no se llega a comprender del todo al no saberse de dónde vienen o adónde van.

Por último, también hay que señalar la carga política presente en sus descripciones de las relaciones de clase entre la decadente burguesía blanca –interpretados por figuras de gran solidez actoral como Graciela Borges, Mercedes Morán o María Onetto– y sus servidores indígenas, que ejercen de mucamas, criadas o jardineros –en la mayoría de las ocasiones, intérpretes no profesionales–. Una voluntad de denuncia política a través de la simple regulación del foco de la mirada que, teniendo en cuenta que los planes de su siguiente película son la adaptación del legendario cómic El eternauta de Oesterheld, a buen seguro parece que no va a hacer sino fortalecerse en el futuro inmediato.

(1) – Toibero, E. (2004). “Los planes del deseo” en Tren de Sombras, nº 1.

(2) – Sartora, J. (2010). “Unos y otros en un país desquiciado” en Una década de cine argentino (2000-2009), FIPRESCI Argentina (pág. 36).

(3) – Porta Fouz, J. (2010). “La muerte en un mundo de palabras” en Una década de cine argentino (2000-2009), FIPRESCI Argentina (pág. 11).


CARLOS SORÍN: CINE ESENCIAL

CARLOS SORÍN: CINE ESENCIAL

Por Alberto Haj–Saleh

Resulta significativo que el primer film de Carlos Sorín trate de una película que nunca se pudo rodar. En 1986, Sorín, que hasta entonces había trabajado principalmente como director de fotografía, rueda La película del rey, en la que narra la lucha constante y quijotesca del director de cine David (Julio Chávez) y de su director de producción Arturo/Sancho Panza (Ulises Dumont) por rodar una película maldita, la historia de Orllie Antoine de Tounens, noble francés del siglo XIX que intentó la primera unión de todos los pueblos de Sudamérica y que llegó a autoproclamarse Rey de Araucaría y de la Patagonia.

A lo largo de poco más de cien minutos, asistimos al proceso de destrucción del rodaje, empezando por el abandono de los productores ejecutivos, la obligación de rodar con actores aficionados, la pérdida del alojamiento y finalmente la deserción de todo el equipo de la película, dejando solos a Don Quijote y Sancho, a David y a Arturo, arrojados a una locura que nos recuerda a la de Klaus Kinski y Werner Herzog cuando hicieron Aguirre, la cólera de Dios (Aguirre, des Zorn Gottes, 1972) o Fitzcarraldo (1982). Al final, derrotados y amargos, algo se ilumina en la mirada de David y dice de pronto: <<¿Conocés la historia de Pedro Bohórquez, el falso inca? Ahí hay una película>>. Un punto de partida para otra película imposible de rodar.

La segunda película que hizo Carlos Sorín la rodó al año siguiente y fue un mediometraje documental llamado La era del ñandú, un largo reportaje de investigación sobre la droga médica inventada por el Dr. Kurtz en los años 60 en Argentina que prometía un alargamiento de la vida humana en un 50% y que provocó una suerte de euforia histérica colectiva y que obligó incluso a la intervención del gobierno. El programa, emitido en la televisión pública argentina en el año 87, generó una corriente de interés por la figura de Kurtz y de la misteriosa Bio K2 que prometía la semi– inmortalidad, pero ese interés no se vio satisfecho: después de todo, el documental era un puro invento.

Digo que es significativo este comienzo de carrera porque después de ver su filmografía completa (o casi) diría que a Sorín lo que le obsesiona de verdad es poder hacer documentales imposibles, es decir, poder rodar la historia verdadera de las cosas, pero colocando la cámara en un lugar donde nadie pudiera nunca advertirla, ese espacio que está reservado sólo para aquellos documentales de naturaleza en los que el ojo del director permanece oculto para las bestias que aparecen en el objetivo. El problema es que eso es inviable, así que lo que decide es fabricar documentales de ficción, rodar historias falsas empleando todas las ganas en que sean verdaderas.

La película que lo colocó en el mapa internacional definitivamente fue Historias mínimas (2002), la confirmación de la querencia del director por lo patagónico (en realidad por la periferia de Argentina en general, por el abandono de Buenos Aires como centro del universo) y un paso más hacia su búsqueda de la observación extrema, de la cámara–espía que está convencida de poder entresacar una historia digna de ser contada de cualquier aspecto de cualquier vida. Es una búsqueda constante de la verdad desnuda, aunque sea inventada, y para ello gira paulatinamente hacia el minimalismo, hacia la simplificación de recursos, de estructuras y de resortes narrativos.

El díptico especular que conforman sus dos siguientes películas, Bombón: El perro (2004) y El camino de San Diego (2006) cierran aún más el círculo. Ambas películas son prácticamente la misma, dos road movies periféricas, una (Bombón) recorriendo la aridez de la Patagonia, la otra (El camino de San Diego) descendiendo desde la selva de la provincia de Misiones; en ambos casos, Sorín decide soltar lastre y buscar lo esencial: los actores pasan a ser no–actores, como los llama él mismo, gente de la zona que se llaman igual que sus personajes y cuyas reacciones no provienen de un trabajo exterior sino de la sorpresa real con la que encaran el rodaje de una película. Dice el director: <<El rostro fascinado de Juan Villegas–personaje [protagonista de Bombón: El perro] cuando cuatrocientas personas lo aplauden por haber ganado un trofeo en la exposición canina, después de haber vivido veinte años en la soledad de una estación de servicio de una ruta perdida, es intenso y verdadero. Porque es el mismo rostro de fascinación de Juan Villegas –persona– a quien, en el mismo momento, aplauden cuatrocientos extras, después de haber vivido sus últimos veinte años estacionando autos en la soledad de un garaje. La situación es distinta, pero el sentimiento es el mismo. Si la cámara puede captarlo es que estamos ante un trozo de documental, un trozo de verdad>> (1).

Su última película hasta la fecha, La ventana (2008), lleva ese esencialismo a las últimas consecuencias, a la reducción absoluta al instante, como unidad máxima de rodaje. Carlos Sorín quiere congelar el momento, en este caso el momento final de la vida de un anciano que espera la visita de su hijo postrado en su cama. De nuevo el viejo sueño iniciado más de veinte años atrás, el de rodar la película imposible, el de poner la cámara donde nadie más puede ponerla, aunque para ello haya que inventarse la realidad. Hay gente que busca febrilmente la idea mágica para contar una historia; Carlos Sorín sólo mira cualquier cosa y como su alter ego director David en seguida piensa “ahí hay una película”.

  1. Notas de producción de Bombón: El Perro: http://www.labutaca.net/films/26/bombon1.htm.
TESOROS DE AMÉRICA LATINA
por Aida Paez

ADOLFO ARISTARAIN: UN LUGAR EN EL MUNDO

ADOLFO ARISTARAIN: UN LUGAR EN EL MUNDO

Por Carlos Díaz Maroto

«Yo creo que el cine no tiene nacionalidad

si hablamos de narrativa y de talento».

Adolfo Aristarain

Nacido en Buenos Aires el 19 de octubre de 1943, desde muy temprana edad Adolfo Aristarain se siente atraído por el cine, por lo cual abandona los estudios y se dedica a dar clases de inglés, utilizando el resto del tiempo en asistir a rodajes y aprender el oficio. Al fin, aparece como extra en Dar la cara (1961), de José Martínez Suárez, y luego parte a Brasil, donde trabaja en unos estudios de doblaje de series norteamericanas. A mediados de la década comienza a participar en el cine argentino como meritorio, además de escribir el guión del corto Borges (1964), de Luis Ángel Bellaba, y después se inicia como ayudante de dirección, tras lo cual se traslada a Europa, donde prosigue en ese último cometido a las órdenes de realizadores como Sergio Leone, Peter Collinson y, en España, Mario Camus y Eugenio Martín.

En 1974 regresa a Argentina con la intención de dirigir. Lo logra en 1978 con La parte del león, un sobrio e interesante policial, escrito de igual modo por él, y que semeja inspirado por clásicos de la novela negra como Jim Thompson. Curiosamente, en los créditos finales brinda agradecimientos a la Warner Bros., así como a cineastas como Henry Hathaway, Howard Hawks, Raoul Walsh, Alfred Hitchcock o John Ford. Y es que el film es un rendido homenaje al género, sito en el Buenos Aires de la época, donde un atraco se salda con una cantidad de 40.000 millones, que un hombre gris, Bruno Di Toro (excelente Julio De Grazia), encuentra por casualidad. A este individuo lo impulsa la ambición, motivo por el cual ha perdido a su esposa. Cuando halla el dinero piensa que sus problemas han acabado, pero más bien al contrario, será el inicio de una situación aún más difícil. El film exhibe ya ciertas constantes del cine de Aristarain, y aunque hace uso de una cámara algo estática, prevaleciendo la narración por medio de unos diálogos descriptivos, la cinta es potente y se erige en una muestra algo insólita del cine argentino de la época, castrado por las limitaciones impuestas por la censura.

Ese exitoso inicio provoca que la productora más potente de la Argentina de la época, Aries, le llame para un film de encargo, La playa del amor (1979), una producción comercial en la que un hombre y su amigo llevan al hermano pequeño del primero (un jovencísimo Ricardo Darín) a la playa, con el fin de que las chicas del lugar le hagan olvidar sus locas ideas de casarse. Sin apenas argumento, asistimos a las peripecias de los tres en sus intentos de ligar, mientras se van intercalando actuaciones musicales de gente como Camilo Sesto, Manolo Galván, Ángela Carrasco o Rocío Dúrcal. Aristarain hace lo que le encargan, lo cual es bien poco, y el saldo es una película pésima, que se presencia con un algo de curiosidad y un mucho de estupefacción, dada la conjunción de elementos horteras y desfasados. Con todo, la obra consiguió un enorme éxito, a tal punto que al año siguiente disfrutó de una especie de secuela, La discoteca del amor (1980), de nuevo con el mismo plantel interpretativo, pero en cometidos distintos, y acompañado una vez más de actuaciones musicales, con Camilo Sesto y Ángela Carrasco a la cabeza. En esta ocasión, Aristarain aprovecha e introduce guiños cinéfilos, con una base policial de fondo, sobre un grupo de piratas discográficos que hoy está más actual que nunca, amén de un arranque que semeja un homenaje a La invasión de los ultracuerpos(Invasion of the Body Snatchers, Philip Kaufman, 1978), con un émulo de Donald Sutherland corriendo y huyendo de algo, un detective privado de nombre Guillermo Beaudine, inequívoca alusión al director de serie Z William Beaudine, el malo que se llama Lugosi y es admirador de James Cagney, o el personaje de Darín, llamado Eddie Ulmer. Para hacerse una idea, este díptico no es tanto al estilo de los musicales con Raphael que realizó Mario Camus en nuestro país, en alguno de los cuales Aristarain fue ayudante de dirección, sino más bien diríase al tono de las comedias de Pajares y Esteso, con videoclips intercalados más o menos en la trama.

Aristarain consiguió con esto lo que buscaba, guita, al tiempo que preparaba su siguiente película, si bien con estos dos subproductos previos también logró que la crítica que lo ensalzase con su ópera prima ahora le diera la espalda. Sin embargo, en 1981 aparece Tiempo de revancha (1981), también con guión suyo, que muestra a todo un cineasta ya en pleno estado de madurez. Con cierto trasfondo político-social, el film es ante todo un thriller conspiranoico, que aúna el Coppola de La conversación (The Conversation, 1974) con el tono perturbador del cine de Hitchcock y Polanski. La cinta, además, supone el primer encuentro entre el director y su actor fetiche a partir de entonces, el gran Federico Luppi, que conduce su personaje con credibilidad y emoción contenida, la contención que precisa un personaje abocado a reprimir sus expresiones orales con el fin de llevar adelante sus objetivos. Es, también, una desesperada historia de amor, donde la situación dada termina por separar a los dos personajes protagonistas.

Tiempo de revancha conforma una especie de díptico con Últimos días de la víctima (1982), otro thriller conspiranoico con mayor toque noir acerca de un asesino profesional (de nuevo, espléndido, Luppi) que podría considerarse sacado de cualquier polar de Jean–Pierre Melville, si no fuese porque está cargado de una parte emocional y de integridad que le acerca al forajido con principios que encarnaba Richard Boone en Los cautivos (The Tall T, Budd Boetticher, 1957). Así, aparte de realizar su trabajo con la fría profesionalidad que requiere, Raúl Mendizábal tendrá tiempo de conocer a una mujer, Cecilia Ravenna (Soledad Silveyra) y crear un vínculo emocional con ella y su hijo, conformando tímidamente, durante unos instantes, un émulo de familia que, de todas maneras, le está impedido tener. Basada en una apetecible novela de José Pablo Feinmann, la intriga aporta algunos prácticos golpes de efecto que mantienen el interés en todo momento.

Dentro de la corriente de cine negro que Aristarain manejaba por esas fechas, le surge rodar en España los ocho episodios que conforman la serie televisiva Las aventuras de Pepe Carvalho en 1986, según las novelas de Manuel Vázquez Montalbán, y con un improbable Eusebio Poncela como el detective gourmet, aunque en verdad el actor realiza una labor muy solvente. En su época la serie fue muy mal recibida, tanto por los seguidores del escritor como por el espectador ocasional, pero cabe referir que, dentro de su irregularidad, posee un nivel apreciable, pudiéndose destacar el excelente tercer capítulo, “Golpe de estado”, protagonizado por un extraordinario Eddie Constantine como un asesino profesional acabado; el titulado “La curva de la muerte”, que presagia la segunda etapa de Aristarain, amén de ser una hermosa historia de fantasmas; o el penúltimo, “Recién casados”, sin duda el peor de la serie, una versión humorística de Rashomon (Akira Kurosawa, 1950).

En 1987 contacta con Hollywood y dirige The Stranger, la única película suya que no he podido ver, y que Aristarain califica como su “mayor desastre”. Está protagonizada por Bonnie Bedelia, Peter Riegert y Barry Primus, y en papeles secundarios contamos con habituales de su cine como Ricardo Darín, Julio De Grazia o Federico Luppi. Al menos la base argumental, escrita por Dan Gurskis, resulta prometedora: una mujer amnésica descubre que ha sido testigo de un crimen brutal, y los asesinos comenzarán a acosarla. Según parece, la Columbia, productora del film, procedió a un montaje de la cinta tan brutal como el crimen aludido, y nuestro realizador reniega por completo de ella.

Quizás por la experiencia nefasta referida, Aristarain se aparta del cine durante unos años, para aparecer con un film muy personal, el primero de una nueva etapa en su filmografía. Si hasta el momento se había centrado en el cine de género, con ciertos componentes sociales (y dejando a un lado su díptico “del amor”, aunque también hasta cierto punto), y siempre a partir de una tipología de personajes muy rica, este último elemento será el que prevalecerá en esta segunda etapa, haciendo dramas intimistas en los cuales los personajes son la base fundamental de la narración, que nos trasladan sus vivencias, sus sentimientos y, en especial, sus maneras de pensar. El primer título de esa etapa es la celebérrima Un lugar en el mundo (1992), que logró un enorme éxito, tanto de público como de crítica. De cualquier manera, el amor hacia el cine de género tampoco está ausente, pues la película es, en realidad, un nada encubierto remake de la estupenda Raíces profundas (Shane, George Stevens, 1953), donde José Sacristán toma el lugar de Alan Ladd como el forastero que establecerá contacto con una familia de colonos, con el muchacho más mayor y maduro, narrándose los sucesos desde el punto de vista de éste, pues todo está contemplado en formato de flash-back desde el prisma de adulto del chaval. Ese amor por el cine del Oeste, amén de una perorata compartible de José Sacristán en el episodio en que viajan a la capital, se halla presente en la escena de la competición que el chico establece con el tren, queriéndolo adelantar de forma constante con el cabriolé que conduce, tan habitual en el western.

En todo caso, esa nueva etapa referida se ve interrumpida por su siguiente film, La ley de la frontera (1995), precisamente un delicioso western fronterizo que supone una coproducción entre España y Argentina de nuevo, sólo que la frontera referida es la que hay entre Galicia y Portugal, lugar donde se desarrolla la acción a principios del siglo XX. Un western, sí, con todos los mecanismos del género (pienso que un remake trasladando la acción a la frontera entre Estados Unidos y México pocos cambios precisaría), mezclado con elementos de picaresca, humor y, cómo no, referentes sociales. El ingenioso y chispeante guión, obra del propio Aristarain a partir del argumento de Miguel Anxo Murado, incide en una serie de personajes entrañables, encarnados por Pere Ponce, Aitana Sánchez-Gijón, Achero Mañas y, sobre todo, un pletórico Federico Luppi, como un bandolero con más ínfulas que capacidades. La película, además, es un referente de un tipo de cine muy poco abordado en nuestro país, y que es de desear tuviera más continuidad.

Tras este maravilloso divertimento, Aristarain regresa a esa nueva etapa más introspectiva con la mítica Martín (Hache) (1997). Si Un lugar en el mundo tuvo un gran éxito en su momento, la presente será el encumbramiento definitivo de nuestro director, la que lo le situará en el podio de los grandes. El cuerpo central del film lo ocupan cuatro personas encerradas en un chalet, hablando, diríase, y nada más; lo que hace grande a Martín (Hache) es la interactuación que se establece entre esos cuatro personajes, un huraño director y guionista de cine, su amante, muchos años más joven que él, un amigo bisexual y actor fetiche del realizador, y el hijo del primero, que pasa una temporada en Madrid con el padre después de haber estado a punto de morir por una sobredosis accidental, aunque sus progenitores piensen que intentó suicidarse. A partir de ahí se establecen una serie de vínculos emocionales cargados de dolor, amor, desesperación y anhelo, con una sinceridad estremecedora, todo ello potenciado por las soberbias interpretaciones que realizan Federico Luppi, Cecilia Roth, Eusebio Poncela y Juan Diego Botto.

El éxito de Martín (Hache), imagino, haría pensarse mucho a Aristarain su siguiente paso en el mundo del cine. Este sería Lugares comunes (2002), coescrita al lado de su esposa Kathy Saavadra (responsable del vestuario de casi todas sus películas) a partir de la novela El renacimiento de Lorenzo F. Aristarain, primo del realizador. No conozco la novela, y no sé hasta qué punto ha sido adaptada al trasladarla a la pantalla, pero el resultado rezuma todas las constantes temáticas y anímicas de nuestro cineasta, a través de la historia de un profesor universitario (magistral, como siempre, Federico Luppi), que ve cómo es jubilado de forma prematura, y se traslada durante un tiempo, junto a su esposa española (soberbia Mercedes Sampietro), a Madrid hasta descubrir que su lugar está en una casa en el campo, lejos de Buenos Aires. Una película hermosa, calma, muy bien interpretada y dialogada, que, sin embargo, supuso un enorme e incomprensible batacazo crítico, que recibió no pocos chistes fáciles a partir de su título, y que es una joya que no mereció el tratamiento que le fue dispensado.

Roma (2004) supone una especie de recapitulación de toda esta última etapa (con más de un punto de contacto argumental con la previa Un lugar en el mundo), donde los componentes autobiográficos son más acusados que nunca (el inglés como segunda lengua en su infancia, la madre profesora de piano, sus traducciones de Dylan Thomas, sus coqueteos con la literatura, que en la película darán fruto y, sobre todo, su madre, Roma). José Sacristán encarna a Joaquín Góñez, un escritor algo excéntrico que, en la madurez de su vida (y con una caracterización de gran parecido físico con el propio Aristarain) se ve impelido a escribir, por motivos económicos, un libro, que será pasado a limpio por un empleado de la editorial, Manuel Cueto (Juan Diego Botto), que será el otro alter ego del realizador. Así, Góñez cuenta sus experiencias, vistas a través de las transcripciones de Cueto, de ahí que, en pantalla, el propio Botto encarne a Góñez en su juventud. Fresco histórico de Argentina a través de dos etapas, es, ante todo, una desesperada historia de amor –otra vez– hacia la madre del protagonista, Roma, escindida a su vez en las relaciones interrumpidas por diversas circunstancias con las mujeres que se van cruzando en su vida. De paso, Aristarain nos va desgranando, como de costumbre, sus creencias y sus querencias, el jazz, el cine, la política, todo perfectamente hilvanado, en dos horas y media de metraje que se devoran, que piden inclusive más. En el reparto, Marcos Woinsky, quizás el actor más habitual en la carrera de Aristarain, presente en casi todas sus películas.

La pobre recepción, tanto crítica como comercial, de Roma condujo a que, hasta el presente, ésta sea su última película, si bien en una entrevista tras el estreno declaró:<<Sigo buscando para tratar de hacer algo este año>>. En otra entrevista, sobre el lapso transcurrido referiría: <<Cuatro años. Demasiado tiempo perdido en proyectos que encima eran una mierda>>. En el cajón quedan aún obras como El asesino difuso, guión ya escrito e incluso publicado por Ocho y Medio, al que se alude en algunas de sus películas (al igual que la perenne compañía Tulsaco). Tras Roma sólo ha aparecido como actor en la argentina El maravilloso mundo de Carlitos (2009), de Enrique Stavron, impidiendo que los seguidores de su cine podamos de nuevo emocionarnos con sus historias, esperando que regrese al fin a las cámaras para reflejarnos un poco de su realidad, que es también la nuestra.


MAGIA EN LA PAMPA: LA CONEXIÓN CORMAN/OLIVERA

MAGIA EN LA PAMPA: LA CONEXIÓN CORMAN/OLIVERA

por Pedro José Tena

Reconozco haber hecho bodrios en mi vida como director. Como las películas de encargo de Roger Corman, que eran imprescindibles para mantener abiertos los estudios”. Estas son las palabras con las que el cineasta argentino Héctor Olivera, en una entrevista concedida en 2001 al diario La Nación, resumía el ciclo de diez títulos que se filmaron en sus Estudios Baires con la participación norteamericana de Roger Corman, durante un periodo de tiempo comprendido entre 1982 y 1990. A principios de la década de 1980, Olivera y el productor Alejandro Sessa buscaban medios de financiación para reflotar la herrumbrosa cinematografía de su país. Olivera es el responsable de algunos títulos de corte político que mejor calaron en el pueblo argentino y en festivales internacionales de cine, tales como La Patagonia Rebelde (1973) o La noche de los lápices (1986), pero en momentos de apuros financieros siempre supo cómo sobrevivir: Buenos Aires Rock (1983) es una buena prueba de ello. Aprovechando un momento de aperturismo político, Sessa y Olivera decidieron que una buena opción era tentar a Roger Corman, siempre interesado en buscar un modo más rápido y barato de llevar a cabo sus producciones. Su alianza con la productora Aries Cinematográfica Argentina le suponía mano de obra barata y técnicos cualificados, así como escenarios naturales que le permitían ambientar historias fantásticas en épocas y lugares indeterminados, en las que no se reflejaba ningún aspecto de la cultura, el folclore o la historia de Argentina, con la excepción de los tres títulos policiacos, todos dirigidos por Olivera, que suponen la parte menos interesante y recordada del ciclo: La muerte blanca (Cocaine Wars. 1985), Matar es morir un poco (Two to Tango. 1988) y Play murder for me (1990).

La asociación Corman/Olivera dio inicio con la explotación de una de las películas del momento, Conan el Bárbaro (Conan the Barbarian. John Milius, 1982). Protagonizada por Rick Hill y Barbi Benton, Deathstalker (John Watson, 1983) presentó las bases de lo que sería la serie de cintas de Sword & Sorcery que el binomio protagonista de este artículo perpetró a lo largo de la década: héroes reacios, algo de gore, efectos especiales chusqueros, desnudos femeninos constantes, amazonas vengadoras y magos con malas intenciones, además de actores reincidentes y escenas y decorados intercambiables (el cortaypega como herramienta infalible y barata para rellenar metraje). También fue un aviso de lo que sería la tónica en las relaciones laborales entre argentinos y estadounidenses: Corman apenas visitaba el set durante un par de días y enviaba a cineastas y actores norteamericanos sin demasiada experiencia que trataban de manera altiva al equipo local. Estos eran relegados a los papeles de extras o a labores técnicas, y generalmente eran acreditados con nombres americanizados por petición de Corman, para borrar todas las huellas latinas de cara al mercado internacional. Otra prueba de la mano férrea de Corman sobre sus productos es que Deathstalker está firmada bajo seudónimo: John Watson es el alias que se utilizó cuando el verdadero director, James Sbardellati, fue despedido durante la postproducción por culpa de una discusión con el productor.

Con mal pie también comenzó el rodaje de El guerrero y la hechicera (The warrior and the sorceress. John Broderick, 1984), cuando David Carradine se fracturó una mano de modo absurdo al golpear una pared después de ver cómo uno de los dueños de los Estudios Baires flirteaba con su novia (más anécdotas sobre los rodajes, aquí). Suerte de remake de Yojimbo (Akira Kurosawa, 1964), con un guerrero (Carradine) enfrentando a dos clanes por un pozo de agua, resulta menos divertida que la anterior, pero cuenta con el aliciente de ver por primera vez en el ciclo a María Socas, quien se pasea toda la película con los pechos desnudos y que volvemos a ver en Los hechiceros del reino perdido (Wizards of the lost kingdom. Héctor Olivera, 1985). El mal ambiente que existía en estas producciones se hace de nuevo patente aquí: el director inicialmente previsto, Allan Holled, fue expulsado del set tras una discusión con la figura hollywoodiense de segunda fila que encabezaba el cartel en esta ocasión, Bo Svenson. Olivera se vio obligado a reemplazarlo urgentemente, hasta tal punto que ha llegado a afirmar que le tuvieron que ir explicando de qué trataba la historia mientras rodaban. El mismo director considera que es la peor película que jamás ha filmado, y no es de extrañar: su clara orientación hacia el público juvenil desprovee a la cinta de todas las cualidades que poseen las demás de la serie, quedando todo en un batiburrillo de efectos especiales dibujados sobre los fotogramas, peluches de dos metros, enanos con casas mágicas y marionetas horrendas, todo sin la menor gracia. A pesar del desastre contó con una secuela en 1989 protagonizada por… David Carradine, aunque ya sin participación argentina.

Algo más grata resulta la visión de La reina de Barbaria (Barbarian Queen. Héctor Olivera, 1985), en la que volvemos a las guerreras semidesnudas que tan bien anuncia el excelente cartel de Boris Vallejo que sirvió como presentación de la película. La tristemente desparecida Lana Clarkson lideraba un grupo de guerreras contra los tiranos que arrasaban su pueblo y secuestraban al que iba a ser su esposo, encarnado por Frank Zagarino. Una secuela fue filmada años después, Barbarian Queen II: The Empress strikes back (Joe Finley, 1989), aunque sería ya en co-producción con México.

Insistiendo en el tema de las amazonas torturadas y vengadoras, el socio de Olivera, Alejandro Sessa, firmaría con el nombre de Alex Sessa los dos títulos más difícilmente localizables del pack: El enigma del talismán (Amazons, 1986), según dicen, la peor de todo el ciclo, y El ojo de la tormenta (Stormquest, 1987), de la cual apenas quedan un par de fragmentos en YouTube.

La verdadera joya llegó con la secuela del título que lo comenzó todo: Deathstalker II – Duel of the Titans (Jim Wynorski, 1987), no sólo se tomaba a broma todos los títulos anteriores, sino que se reía de todas las convenciones del subgénero de Espada y Brujería en general. Con la ayuda de un desatado John Terlesky y una Monique Gabrielle altamente incendiaria, Wynorski introdujo el humor autoparódico y cambió al musculado Rick Hill del primer título por un protagonista que tenía más de Errol Flynn o Burt Lancaster pasados por el tamiz de Bruce Campbell que de Arnold Schwarzenegger. Olivera ya no tuvo mucho que ver en el asunto, puesto que Corman dejó toda la responsabilidad en las manos de su niño mimado Wynorski, autor de otras bellas miniaturas como Killbots (Chopping Mall, 1986) o la inenarrable Scream Queen Hot Tub Party (1991, junto a Fred Olen Ray). Y, francamente, todos salimos ganando: del humor bobo de Los hechiceros del reino perdido al metalingüístico de Deathstalker II hay un salto evolutivo importante y, aunque tenga casi la mayor duración de toda la serie (lo cual no es mucho: 88 minutos, casi empatada con Stormquest), posee también un ritmo incesante y una agilidad en las escenas de acción y en el guión que no poseía ninguno de los ejemplos previos de la conexión Corman/Olivera. Se producirían dos entregas más de la saga, en 1988 y 1990, pero ya serían filmadas respectivamente en México y Bulgaria, volviendo a los parámetros más convencionales del primer Deathstalker.

Con esta película terminó el ciclo de fantasía y aventuras rodadas en la Patagonia por Sessa, Olivera y Corman, si bien todavía quedaban dos thrillers por estrenar, como vimos al comienzo del artículo. Y, aunque Héctor Olivera reniegue de ellas y no serán títulos citados en los libros de Historia del Cine, los fans de la Serie B nos hemos encargado de hacer efectiva una vez más una máxima infalible: el cine fantástico, por encima de cualquier otro e independientemente de sus condicionantes de producción, es el que mayor pervivencia adquiere en la memoria colectiva.

UNA PELÍCULA ARGENTINA DE DIBUJOS ANIMADOS

UNA PELÍCULA ARGENTINA DE DIBUJOS ANIMADOS

Por Óscar Brox

La animación nos asegura el derecho de soñar. Como experiencia abierta, podemos jugar con ella y moldearla a placer, reconstruir su contenido, borrarlo y redibujarlo tantas veces como deseemos. Chuck Jones y Michael Maltese lo explicaban en Duck Amuck (1953) mientras reorganizaban caprichosamente el cuerpo del pato Lucas haciendo de éste cualquier cosa que pudiésemos imaginar. El animador escocés Norman McLaren mostraba en Lines: Vertical (1960) que una línea animada puede constituir una experiencia audiovisual única. Y los hermanos Quay confirmaban en Street of Crocodiles (1986) la capacidad evocadora de una técnica que, en su hibridación, transformaba su trazo, sus marionetas, sus movimientos en la materia de la que los sueños están hechos.

En una historia del cine lo que importa son sus excepciones, pues éstas destruyen el carácter homogéneo que manifiesta una imagen de conjunto sin fisuras. La animación es esa excepción que transforma un entorno emocionalmente depauperado en una exaltación de lo fantástico. Al margen de su fortuna crítica, el éxito de Pixar, Ghibli o de operaciones de remodelación como la que John Lasseter está imprimiendo a Disney han opacado la trayectoria de otras industrias animadas. ¿En qué sentido? Al modelar su propia cosmovisión han producido un efecto vampirizador sobre otras cinematografías que, lejos de investigar y crear, han terminado adoptando sus formas y reproduciendo, a la manera de las grandes industrias, historias que necesitarían otras clases de impulsos estéticos. En definitiva, en lugar de apostar por una homogeneización que acerque posturas pero limite a la imaginación, el reto consiste en desarrollar toda una historia con la que podamos identificarnos. Así la animación española o, en el caso que nos ocupa, la argentina.

Argentina es, como tantas otras, una industria animada invisible en su explotación comercial española. Excepto Manuelita (Manuel García Ferré, 1999), que contó incluso con una campaña publicitaria notable, el resto de producción ha mantenido su carácter marginal, sólo reparado por la atención de festivales como Animadrid –en 2009 dedicaba una amplia retrospectiva a la animación argentina– y el circuito de filmotecas que, como anteriormente con la animación mexicana, se hizo eco de la programación animada. Gracias a su catálogo, la obra del pionero Quirino Cristiani, así como la de Luis Bras, García Ferré y la ingente producción cortometrajística del país sudamericano ha sido rescatada del anonimato. Para acotar el recorrido sobre la animación argentina, me interesa destacar varios aspectos: su diversidad, en la que cabe desde el experimentalismo hasta el desarrollo de técnicas propias –como el primitivo trabajo de animador de Cristiani, a partir de recortables cosidos con hilo negro y animados foto a foto–; su discurso, en el que la anécdota propia del cortometraje se combina con las historias de raíz costumbrista y las de herencia norteamericana; y su esfuerzo por consolidar una personalidad propia, una autonomía más allá de las sucesivas olas animadas provenientes del exterior.

La historia del cine animado argentino empieza con Quirino Cristiani. De hecho, es El apóstol (1917) el primer trabajo significativo de Cristiani, aunque los sucesivos incendios en su estudio o, como señalara el humorista gráfico Caloi, la codicia por el nitrato de plata con el que estaba fabricado el material de las películas, exterminasen todo fotograma de la obra de Cristiani. Y es una lástima, pues El apóstol fue el primer largometraje animado y, además, un trabajo de orfebrería en el que, en virtud del sistema inventado por Cristiani, los personajes podían moverse con soltura en el interior del plano. Sí queda testimonio de El mono relojero (1938), primer ensayo de fábula animada en el que un mono travieso no para de meterse en líos –con una serpiente en plena selva, en el interior de la relojería con el resto de relojes y el propietario, etc.–. Tras Cristiani, que abandonaría el cine en 1943 habiendo contribuido con el primer largometraje animado sonoro, Peludópolis (1931), el cine argentino entró en una pájara que se mantuvo hasta los años 60, años para la experimentación de Luis Bras y los trabajos sobre plastilina de Rodolfo Pastor. Según el catálogo de Animadrid, la obra de Bras tiene como referente más inmediato a Norman McLaren. Basta con Toc, Toc, Toc (1965), sensacional corto definido como una <<animación realizada rayando con una púa sobre película al compás de los golpes de un lápiz sobre la mesa>> para recordar los hallazgos visuales y, sobre todo sonoros –que se lo digan a Matmos– del Dots (1940) de McLaren.

Con el paso del tiempo, la animación argentina, especialmente en el largometraje, fue abriéndose hacia perspectivas más costumbristas, cálidas y entrañables. Quizá sean esos tres los ejes de la producción realizada por el emigrado español Manuel García Ferré –sí, el director de El libro gordo de Petete (1980)–. En su obra abundan los personajes cercanos de trazo amable, de fuerte raigambre con el espíritu de los cuentos infantiles –por ejemplo, Trapito (1975)–, que funcionan como reflejos de una infancia que moldea su tránsito a la adolescencia a partir de mundos de armonía, calidez y una pedagogía sentimental que constituyen una primitiva educación audiovisual. El humor naïf de Anteojito y Antifaz en Mil inventos y un intento (1972) deja paso a la tragicómica Manuelita, en la que contemplamos el despertar a la vida de la tortuga protagonista en un musical repleto de buenas intenciones y un acento moralizador que termina reivindicando la importancia del núcleo familiar, del hogar y las raíces como genuino elemento constitutivo de la vida de todos nosotros. Así, lo naïf convive con los efectos de la nostalgia y, como nos sucede a los españoles, la música, la armonía o los cantos a una existencia emocional independiente de dictaduras y terrores, se erigen en material educativo para una generación de niños.

La animación busca alcanzar dos objetivos: expresar su origen y proyectar su autonomía. Para entendernos, reconocer su capacidad de creación, de investigación, de desarrollo propio y no subordinado a los hallazgos estéticos externos. Origen y autonomía son dos conceptos que pueden ligarse a un tercero: Historia o, mejor dicho, tratamiento de las posibilidades de la Historia. En efecto, Argentina y España –y aquí lo estamos viendo en diferentes ámbitos– tienen unos rincones oscuros que por dolor, culpa o incapacidad de plasmarlos con la suficiente precisión, han creado un vacío a su alrededor que impide, como sí sucede con otras cinematografías, dar cuenta de la Historia a través de la animación. Gracias a Cruz Delgado tenemos nuestro Quijote, mientras que en Argentina, además del film dirigido por Leopoldo Torre Nilsson en 1968, también tienen su Martín Fierro (2006) animado. Y, sin embargo, a pesar del esfuerzo y la solvencia, la operación parece más encauzada hacia la vertiente de traductor de la Historia antes que de representante. La animación sólo añade capas y dinamismo a un relato que podría explicarse de cualquier manera. En este sentido, pienso en Ari Folman y su instrumentalización de los dibujos animados que, en lugar de incidir en unos espacios irrepresentables en imagen real, se conforma con aparecer como herramienta terapéutica para calmar el complejo de culpa de su realizador. Y es una pena, porque las posibilidades expresivas del medio invitan a superar limitaciones y a hundir las manos en el lodazal de la Historia; incluso en la más negra y dolorosa que recordemos.

Una de las cosas más hermosas que pueden decirse de la animación es, precisamente, que invite a provocarnos un arraigo emocional; que a nosotros, que a menudo buscamos una patria sentimental en Hergé, Tezuka, Disney o Murakami, nos corresponda un lugar en el mundo, una pequeña parcela cinematográfica que sintamos como propia, porque se ha construido a partir de nuestros deseos y anhelos. Por eso insisto en la necesaria consolidación de un espacio propio, con nuestra tradición, nuestra educación, con nosotros y nuestro pasado, y la difícil convivencia entre ambos. La animación, sea argentina, española o checa nos entrega un mundo de posibilidades que podemos construir a partir de la imaginación. De ahí la importancia de esa autonomía, de esa búsqueda incesante del origen –de la polémica en torno al carácter pionero, a nivel global, de Quirino Cristiani–. Todos esos mundos son la traducción de nuestra existencia emocional; de nuestro derecho de soñar.


LA MIRADA ARGENTINA: LEOPOLDO TORRE NILSSON

LA MIRADA ARGENTINA: LEOPOLDO TORRE NILSSON

Por Ramón Alfonso

En 1966, bajo la consigna de la Revolución argentina, los militares se hacen con el control del país. Bajo la presidencia de Juan Carlos Onganía, se suprimen todas las ideologías opuestas, se censuran los medios de comunicación, desaparece  la libertad de prensa y son tomadas las universidades. La dictadura militar surge a causa de la grave crisis económica que agita al país, durante los últimos tiempos. Los golpistas, los nuevos dirigentes, tan autoritarios como fascistas, son en su mayoría empresarios, de ideología brutalmente capitalista, que apoyan a las empresas extranjeras, en detrimento de los asalariados y las clases más desfavorecidas.

En este lamentable contexto, lógicamente, los artistas sufren también  las consecuencias de la censura y los abusos. Autores como Humberto Ríos o Alejandro Sadermann deben trabajar en el extranjero y los autores que permanecen en la Argentina golpista, deben sobrevivir recurriendo a temas folklóricos o históricos. Uno de los nombres propios del llamado “nuevo cine argentino”, Leopoldo Torre Nilsson, permanece en el país, chocando, continuamente, con las imposiciones de la férrea censura, sobreviviendo, realizando evocaciones de figuras o hitos nacionales, como Martín Fierro (1968), a partir del  poema de José Hernández, una de las obras más importantes del denominado género gauchesco, o El santo de la espada (1970), mediocre recreación nacionalista de las andanzas del General José de San Martín. En estos trabajos apenas pueden atisbarse las huellas de quien apenas unos años atrás, había realizado títulos tan interesantes como La caída (1959) o La mano en la trampa (1961). Los films que registra durante la dictadura marcarán, lamentablemente, el resto de su trayectoria. Nunca volverá a encontrar el pulso ni la inspiración de sus obras más conseguidas. Y ni siquiera cuando en 1976, consigue regresar, de la mano de su más fiel colaboradora, la escritora Beatriz Guido, con la que firma buena parte de sus guiones, a un universo que le resulta mucho más cercano, el de las tragedias familiares, que presiden la atmósfera decadente de la por otra parte decepcionante Piedra libre, es capaz de recuperar la mirada que durante años se ve obligado a banalizar. La muerte le sorprende después de filmar la película, la cual, sin embargo, encierra durante los hermosos títulos de crédito –en los que vemos como un grupo de cómicos ambulantes se están desmaquillando después de una función–, un emotivo patetismo que dice mucho de las verdaderas intenciones de un cineasta que frente a la que supondría su última realización se ve a sí mismo como un derrotado.

Los títulos que dirige durante la dictadura militar, surgen después de una serie de fallidas coproducciones como La chica del lunes (1967), en la que intervienen los norteamericanos Arthur Kennedy y Geraldine Page, acompañando a una de sus musas, la bellísima Graciela Borges, o El ojo de la cerradura (1966). Filmados en color y con un presupuesto mucho más holgado que los acostumbrados a manejar años atrás, revelan, sin embargo,  un acabado técnico a todas luces mediocre y, sobre todo, una desidia absoluta a la hora de construir la puesta en escena, incurriendo en graves defectos sintácticos. Estos films carecen de emoción y la exaltación del sujeto o hazaña en cuestión corre paralela a la incapacidad de Torre Nilsson por escapar de un sistema burocrático fascista que parece haberlo condenado a registrar mamotretos patrióticos en los que apenas puede reconocérsele. Todos los implicados parecen sufrir esta pena y se ven arrastrados por la mediocridad del contexto político en el que deben sobrevivir. La pluma de Beatriz Guido cada vez resulta más insustancial y los intérpretes que han dado vida a sus personajes a lo largo de los años, como Alfredo Alcón o la ya citada Graciela Borges, se convierten en títeres anquilosados que, por momentos, declaman sus afectadas frases casi como muertos vivientes.

A principios de los años 70, después de diversos levantamientos populares contra la política de Onganía, la situación política en el país comienza a cambiar. Se convocan elecciones generales, meses después del cese del Presidente. Mientras tanto, Torre Nilsson, encuentra cierto respiro en sus siguientes trabajos, en los que recupera parcialmente el pulso narrativo y se revela como un sólido artesano. De esta época, destacan La maffia (1972), toda una auténtica curiosidad por suponer un intento de cine negro latinoamericano, Boquitas pintadas (1972) y, sobre todo, Los siete locos (1973), que parcialmente consigue capturar la esencia desesperanzada de la novela de Roberto Arlt de la que surge. Protagonizados los tres por el cada vez menos interesante Alfredo Alcón, muy lejos de la emotividad que consigue transmitir, por ejemplo, su encarnación de enfermo terminal en Piel de verano (1961), convertido ya en una suerte de insustancial galán cinematográfico. Indiscutiblemente bien acabadas, las realizaciones de los primeros 70 nos dejan atisbar que pese a la ausencia de inspiración y herramientas, tanto intelectuales como materiales, para poder abordar trabajos mucho más ambiciosos, Torre Nilsson, continúa siendo un cineasta capaz de insuflar emoción y atrapar al espectador en tramas quizá en exceso superficiales pero no carentes de interés.

Este texto comenzaba situándose temporalmente  en 1966, en el momento en que el presidente Arturo Illia es depuesto, el 28 de junio, por un golpe militar. Durante los dos años anteriores, Leopoldo Torre Nilsson, ha intentado mediante las coproducciones encontrar una vía de escape, pues el cine argentino se está ahogando. Desde un punto de vista artístico, resulta particularmente doloroso observar que su última gran película, si obviamos la interesante pero por momentos superficial La terraza (1963), es también, probablemente, su obra maestra, o al menos el trabajo en el que ha conseguido depurar, llegando casi hasta la absoluta abstracción, su mirada y ofrecer un film completamente desesperanzado y trágico, Setenta veces siete (1962). La levedad de sus anteriores títulos se torna fatal fantasmagoría. Se sustituyen las opresivas estancias de las casas señoriales por un árido espacio que parece situarse en ninguna parte y que cobra conforme la narración avanza tanta importancia como los propios protagonistas. La cámara nunca ha estado tan próxima al rostro de los actores, hasta el punto de que parece oprimirlos hasta dejarlos exhaustos, y jamás volverá a estarlo. Nunca el cineasta planteará tantos interrogantes para dejar ocultas dentro de un agujero, del que surgirá una simbólica rata, todas las respuestas, si es que éstas existen verdaderamente. El dominio del tempo, de los géneros (por momentos nos encontramos frente a una notable historia de cine negro) y la creación de la atmósfera es, cuanto menos, modélica. Pero es en la plasmación en imágenes donde se hallan los mayores hallazgos de esta cinta. Las expresivos planos parecen remitir a la escuela soviética del cine mudo, los diálogos se nos antojan una innecesaria concesión comercial, pues a través de los planos (espléndida la fotografía de Ricardo Younis) y el impresionante trabajo de los actores Coca Sarli (convertida poco después en todo un mito erótico en Latinoamérica de la mano de Armando Bo, en títulos como Carne, 1968), Francisco Rabal y el brasileño Jardel Filho, la película fluye brillantemente. Setenta veces siete es la culminación de una etapa y nos anuncia una madurez artística que parece encaminarse a importantes empresas, por eso La terraza, pese a ser una obra totalmente característica de su autor nos resulta parcialmente menor, pues parece retroceder a los lugares y personajes, pero, sobre todo, a las características estético–morales de los títulos precedentes. Sumándole cierta ligereza, no bien asumida, y cierta trivialidad en el conjunto, la última película que podríamos considerar completamente de Leopoldo Torre Nilsson, es una relativa decepción. Una vez más, circunstancias ajenas al arte marcan indefectiblemente el devenir de un creador, sesgando de forma abrupta una mirada que aún tenía mucho que decir.

En este punto, de una vez por todas, cabe preguntarse, quién demonios es Leopoldo Torre Nilsson. Si acudimos a las más diversas fuentes para intentar esbozar un retrato del director argentino, uno de los primeros datos que encontraremos será el parentesco que lo unía (padre e hijo) con el poeta Leopoldo Torres Ríos, al que dedicó Piel de verano. ¿Quién recuerda a día de hoy a ese escritor? ¿Quién, en el año 2010, es capaz de acordarse de la figura de Leopoldo Torre Nilsson? Para aproximarse a la figura de este artista debemos chocar contra el muro de la memoria. A principios de los años 60, sus trabajos eran saludados con infinidad de halagos por parte de la crítica internacional, hasta el punto de emparentarlo con nombres tan indiscutibles como Ingmar Bergman o Michelangelo Antonioni, tal era el alcance de sus propuestas y la importancia de su trabajo. Apenas unos años después, nadie parecía acordarse de él y los mismos que lo habían situado como uno de los autores en activo más importantes del momento, recibían sus nuevos films con total indiferencia. No tardó en alcanzarle el anonimato hasta llegar a convertirlo en uno de tantos artistas invisibles, que de forma tan dolorosa, cubren el firmamento cinematográfico.

A mediados de los años 50, a través de publicaciones como Cuadernos de cine o Gente de cine y los cine–clubs, una nueva generación empezará a alzar su voz. Será la semilla del “nuevo cine argentino” y entre sus filas encontraremos a gente como Fernando Birri, Fernando Ayala o René Múgica. El arranque de este movimiento es contemporáneo al de otros tantos en  los más diversos países, y se sitúa en el Festival del Mar del Plata de 1958. Este movimiento cinematográfico es mucho menos rotundo, y homogéneo, que los vividos en Francia, Gran Bretaña o Brasil, de ahí que debamos hablar más de individualidades y podamos entender la escasa importancia histórica que se le ha otorgado. Perfectamente integrado en la mirada de sus compañeros, y totalmente afín a sus intenciones renovadoras, cabría hablar, sin embargo, de Torre Nilsson, más como hermano mayor que como contemporáneo de los cineastas que componen el “nuevo cine argentino”.

El cineasta se coloca detrás de las cámaras muy temprano para registrar el cortometraje El muro (1947). Sus primeras realizaciones son aproximaciones al género negro, al que como decía volverá de forma mucho más estilizada en Setenta veces siete, en las que ya se atisban ciertas inquietudes sociales que culminaran posteriormente en Un guapo del 900 (1960), primer encuentro con quien se convertirá en su actor más característico, Alfredo Alcón (quien, paradójicamente, encontrara su mejor rol de la mano de Juan Antonio Bardem en Los inocentes, 1963), y, sobre todo, la excelente El secuestrador (1958), film que por momentos parece surgir de Los olvidados (Luis Buñuel, 1950), para no tardar en encontrar, conforme el metraje avanza, su propia personalidad, componiendo un dura crítica a la situación de los más desfavorecidos. Durante estos años primerizos, el cineasta, trabaja con textos de escritores tan importantes como Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares. Sus películas más representativas continúan siendo la trilogía que componen La mano en la trampa, La caída y La casa del ángel (1957). Con esta última, empieza la colaboración con la escritora Beatriz Guido, que se convertiría en su esposa, además de, como decíamos, una de sus más fieles colaboradoras. De la mano de la guionista, el cineasta define por completo su mirada y profundiza en su universo para conseguir dar forma a una obra que, de forma absolutamente coherente y lúcida, disecciona tanto social como psicológicamente a sus contemporáneos. Su mirada tiene una extraña levedad visual. Sus movimientos de cámara resultan, al igual que tal vez en  Alain Resnais, sutiles deslizamientos fantasmales. Las sombras que cubren las estancias por las que se mueven sus personajes, casi como espectros, tienen algo de un curioso barroquismo que remite al expresionismo, y casi nos llevan a pensar que estamos visionando un film de terror. Los seres que aparecen en las películas de Torre Nilsson están atrapados, ya sea en su clase social o en sí mismos. Son incapaces de comunicarse entre ellos y esa imposibilidad acaba condenándolos.

Visionando los films del cineasta argentino, nos damos cuenta de que todavía quedan demasiadas preguntas y que por desgracia ya no podremos encontrar las respuestas, como Cora, Pascual y Pedro, los tres protagonistas de Setenta veces siete, la gran película enigmática de su autor. Debemos conformarnos con una obra inacabada, fragmentada, mal entendida que nos presenta, en definitiva, a Torre Nilsson como un reflejo en un espejo roto en mil pedazos. Fallecido hace más de treinta años, sin que su legado haya tenido continuidad (su hijo Javier Torre dirigió un guión inédito en 1983, Fiebre amarilla, sin apenas repercusión, crítica o comercial), su filmografía se ha diluido en el vasto océano fílmico sin que parezca posible una hipotética recuperación. Su nombre poco a poco, parece condenado a desvanecerse hasta la desaparición total. En apenas unos años, como tantos otros, Leopoldo Torre Nilsson será uno de tantos apátridas del cine. Hasta entonces, si es que ese momento no ha llegado ya, para terminar no se me ocurre nada mejor que reivindicar a un artista tan importante desde el punto de vista de un profesional, que por encima de circunstancias totalmente adversas y dolorosas, tuvo plena conciencia de su oficio y de su responsabilidad como artesano. Si simplificamos la idea, cabría decir que era un hombre de cine que se tomaba muy en serio su trabajo, y eso en el año 2010 no es poca cosa.

ALFONSO CUARÓN: El tercer hombre

ALFONSO CUARÓN: EL TERCER HOMBRE

Por Pablo Muñoz

En el clímax final de Sólo con tu pareja (1991), un rascacielos en el que el yuppie protagonista, Tomás (Daniel Giménez Cacho), y Clarisa (Claudia Ramírez), trata de resolver sus problemas sentimentales, se anuncia una suerte de poética del cine de su autor: un mundo nuevo surgido de las ruinas de un cine nacional perdido y que ahora se expande, inevitablemente, hacia un nuevo paisaje, global, suntuoso.

Alfonso Cuarón pasa de ser, cronológicamente, el primer debutante de los llamados Tres Amigos (trío que forma junto a Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu) a ser, irónicamente, el tercer hombre. Mientras que el cine de los dos primeros, pese a debutar más tarde, es inmediatamente reconocible, en Cuarón todavía late la sospecha de que es la voz menos autoral y más desconcertante de las tres. Los tres, además de fundar la productora Cha Cha Films, tienen una idea muy peculiar de lo transnacional. Para González Iñárritu forma parte de una mirada hacia el paisaje: sus tres primeras películas son, virtualmente la misma en términos estructurales (un accidente de coche que une trágicamente tres historias brutales), pero ampliando lugares hasta llegar a la mirada desconfigurada y global. En Del Toro el proceso es más sugerente: desde Cronos (1993) no ha vuelto a su México natal y ha decidido, incluso, apropiarse de la Historia Española para construir su discurso autoral.  Su díptico de Hellboy (2004, 2008) funciona como reflejo especular de su papel: mitad diablo, mitad hombre, un superhéroe nacido para ser supervillano, Hellboy no pertenece a ningún lugar concreto (Cielo, Infierno) y se erige como bizarra voz de ambos.

El cine de Cuarón va un paso más allá: solamente parece sujeto a su voz personal y traza dos líneas temáticas muy interesantes, dentro y fuera de la industria, dentro y fuera de su cinematografía. Harry Potter y el Prisionero de Azkaban (Harry Potter and the Prisoner of Azkaban, 2004), Grandes esperanzas (Great Expectations, 1998) y la celebrada Y tu mamá también (2001) hablan de una juventud en marcha a un paso del desencanto y la tristeza: son historias inciáticas repletas de claroscuros, tanto formal como temáticamente. Solamente Y tu mamá también retoma, levemente, el camino cerrado por Sólo con tu pareja: la farsa sexual, accesible y abierta del final da paso a la tragicomedia que termina con una meditación política. La última escena de la película protagonizada por Maribel Verdú, Gael García Bernal y Diego Luna presenta un reencuentro durante el año de la salida del poder del PRI de México. Toda la película es un relato sexual en el que el juego político es una digresión, una licencia poética en los nombres. Pero en el punto final de su viaje, Cuarón presenta el fin de una era tras ver emerger otra a través de la mutación del paisaje. Su comentario urbanístico tenía una leve metáfora política, pero en Y tu mamá también ese clímax recobra un sentido y se lee como el principio de un viaje.

Sin embargo, es en esa película donde la metáfora da paso a un contexto claro y definido. En Hijos de los hombres (Children of Men, 2006), su mejor película, la fuerza poética es mayor, seguramente gracias a su inigualable sentido de la mise en scène. El tema es, como en La princesita (A Little Princess, 1995), la niñez como última utopía. En el mundo en el que ya no nacen niños, solamente el desgarrador llanto de un bebé podrá silenciar, un momento, la guerra en un ghetto en la mejor escena de la película, narrada con un hermoso uso del (falso) plano secuencia. Estamos ante el final de una era, pero todo lo que se vislumbra es la palabra Esperanza.

Slavoj Zizek ha señalado que los grandes aciertos de la película están en la construcción de una narrativa en segundo plano tan importante como el argumento central. Es cierto. Una de las escenas más sugerentes, es el desayuno de Theo (Clive Owen) con su hermano funcionario mientras los vestigios del gran arte occidental de los siglos pasados adornan la casa. Un arte que ha dejado de tener sentido, un arte despojado del valor de un mundo en marcha. Hay un recurso similar, que no estaba en el libro, en su Harry Potter: en una trama marcada por las paradojas temporales, uno de los estudiantes lee la Breve Historia del tiempo, de Stephen Hawking. Es una digresión brillante por varios motivos. Es evidente que la presencia de un científico así contrasta con el mundo de magos imaginado por JK Rowling, pero lo que sugiere es la posibilidad, en términos cósmicos, de estar unos cuantos pasos por detrás de la absoluta comprensión del Tiempo y su significado. Más tarde se revelará también como broma para la sorpresa final, pero es un elemento igualmente brillante.

El cine de Cuarón, pues, podría construirse de esos pequeños detalles: hay líneas temáticas que convergen en un discurso, pero que sigue abierto, dispuesto a añadir nuevas entradas. Casi cuatro años después de Hijos de los hombres, es, tal vez, el más imprevisible de los cineastas mexicanos que no parecen tener problemas en trabajar con el cine espectáculo de Hollywood: su cine es imprevisible y, a partir de guiones ajenos (La princesita), parece conformar su voz personal. Tanto que asimila, incluso cuando no colaboran, ha hablado Ryan F. Long, de influencia perdurable de Emmanuel Lubezki en Alfonso Cuarón.: su mirada en construcción no busca crear una serie de recursos estilísticos y perfeccionarlos, sino en abrir las posibilidades expresivas a cada paso. Su cine es estimulante porque está en perpetua mutación.

WE LOVE CINEMA

Por Carolina Torres


GUILLERMO DEL TORO: Los estratos del monstruo

GUILLERMO DEL TORO:

LOS ESTRATOS DEL MONSTRUO

Por Noel Ceballos

Alguien, probablemente francés, definió Con la muerte en los talones (North by Northwest, Alfred Hitchcock, 1959) como un thriller geométrico: las abstractas líneas horizontales y verticales de sus títulos de crédito acaban uniéndose para formar un todo concreto (un edificio de Madison Avenue), las asépticas simetrías de la sede de Naciones Unidas tienen su réplica en la puesta en escena, el clímax establece una línea directa entre el modernismo orgánico de Frank Lloyd Wright y el paisaje sublime artificial del Monte Rushmore. Guillermo del Toro escribió un poderoso ensayo teórico de juventud sobre Alfred Hitchcock, así que podemos afirmar que lo tiene bien asumido. De hecho, su filmografía también parece estar recorrida por esa obsesión por la arquitectura profunda de sus universos de ficción: la diferencia es que, mientras Hitch prefería subirnos a las alturas olímpicas de la iconografía norteamericana, Del Toro está más interesado en los estratos inferiores.El subsuelo y sus dinámicas son una de las constantes en la obra de un autor fascinado por el mundo de los insectos. Su primera película en Hollywood, Mimic (1997), cumple la paradoja de ser, al mismo tiempo, su proyecto más impersonal (repudiado incluso por él mismo) y el mejor compendio de sus constantes autorales. En ella no solo hay una mirada fascinada y casi antropológica hacia los monstruos asquerosos que dominan el sustrato de nuestra realidad, sino que también encontramos su primera colaboración con Doug Jones (un intérprete que, probablemente, comparte con Del Toro su intención de comprender y dotar de humanidad a las criaturas de la imaginación), ecos palpables de esa weird fiction lovecraftiana de la que nuestro hombre se ha convertido en principal apóstol cinematográfico o una querencia por los espacios oscuros que definen los subterráneos de una sociedad sostenida sobre una frágil apariencia de normalidad.

El hecho de que Mimic sirva como perfecto pórtico a la Dimensión Del Toro no hace sino poner en evidencia uno de los lugares comunes más utilizados por nuestros analistas culturales a la hora de enfrentarse a una obra tan personalísima e inconfundible como la suya: la diferenciación entre productos alimenticios y proyectos personales. El clásico y bueno “una–para–mí, otra–para–ellos”. Hellboy II: El Ejército Dorado (Hellboy II: The Golden Army, 2008) demuestra que el director considera tan suyo el material de derribo manejado por Mike Mignola en su cómic original como los mucho mejor vistos cuentos de hadas tradicionales que aquí se retuercen con la misma lucidez perversa demostrada en El laberinto del fauno (2006). Del mismo modo, Cronos (1993) y Blade II (2002), con sus visiones complementarias y a contracorriente sobre el mito del vampirismo, podrían integrar un interesante programa doble: de hecho, sería lícito considerar que Del Toro fue capaz de tomar las riendas de un blockbuster marvelita para rodar una espectacular declinación de su ópera prima. Por último, sus dos películas más personales (siempre según nuestros analistas culturales) están ambientadas en coordenadas ajenas: la guerra civil española y los días inmediatamente posteriores, que el cineasta concibe como un terreno idóneo para seguir desarrollando su estudio sobre las relaciones entre superficie (dolorosa, inhóspita) y un subsuelo plagado de emanaciones sobrenaturales de las tensiones que florecen en el exterior (¿o quizá sea al revés?).

Resulta lógico que el monstruo sea la figura central de la filmografía de alguien que creció fascinado por el terror Universal, Arthur Machen o El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973). Del Toro no solo muestra interés en la superficie, sino también en el interior, en la arquitectura del monstruo. Como ese narrador trágico que se preguntaba por la naturaleza de un fantasma en El espinazo del Diablo (2001), al director la obsesiona la construcción interna de un arquetipo que, como Hellboy, puede ser al mismo tiempo héroe romántico o bestia del Apocalipsis. El nivel de sincronía alcanzado entre él y Ron Perlman hace que nos acordemos de James Whale y Boris Karloff: un equipo de director y actor empeñado en hacer evidente la humanidad de todo monstruo. Los ecos shakespearianos de la sociedad vampírica en Blade II también forman parte de la estrategia de un autor decidido a ennoblecer a sus criaturas más pesadillescas. De hecho, el único villano puro y realmente despreciable de toda su filmografía es cien por cien de carne y hueso: el capitán Vidal al que Sergi López interpretaba (saboreaba, más bien) en El laberinto del fauno.

Creyente y practicante de un tipo de fantasía retorcida que basa su capacidad de seducción en lo insólito y lo grotesco –no en vano, su labor de proselitismo con obras tan arriesgadas como The Birthday (Eugenio Mira, 2004) dice muchísimo a su favor—, Del Toro está a punto de sumergirse en el universo de otro autor tan preocupado como él por las estructuras de sus universos imaginarios: J.R.R. Tolkien. Esperemos que su futura adaptación de El Hobbit no caiga en las inercias de Peter Jackson, pues es difícil pensar en un material que, a priori, se ajuste mejor a sus constantes temáticas y estilísticas. De todos modos, el proyecto que realmente deberíamos esperar con ansia es su tan querida adaptación de Frankenstein, que el director podría poner en pie tras su aventura tolkeniana. Guillermo del Toro, el hombre que demostró que nada de lo extraño le era ajeno, coloca por fin sus tentáculos en un mundo dominado por dioses y monstruos.