SEBASTIÁN GUTIÉRREZ: Nada es lo que parece

SEBASTIÁN GUTIÉRREZ: NADA ES LO QUE PARECE

Por Rubén Sánchez Trigos

En una de las primeras secuencias de El beso de Judas (Judas Kiss, Sebastián Gutiérrez, 1998), el personaje de Ruben Rubenbauer (Til Schweiger), pistolero mercenario cuya voluntad por revelar sus virtudes lo coloca siempre al borde del arquetipo, quema su último cartucho antes de que Coco Chávez (Carla Gugino) le descarte como miembro del secuestro que articulará la trama. Para demostrar su rudeza, nada mejor que dirigir el cañón de la pistola a su sien y apretar el gatillo. El gesto, que es ya un cliché del género negro, se despoja aparentemente de toda su trascendencia cuando Coco comprueba que el arma se encontraba desde un principio descargada. Ruben, entonces, no tendrá más remedio que repetir la hazaña, después, eso sí, de aprovisionar el cargador. En apenas unos minutos, el cineasta venezolano ha ocultado las cartas y las ha puesto boca arriba, revelando no ya las claves de este thriller irónico que supone su ópera prima, sino de todo su cine, dirigido y sobre todo escrito. En efecto, como el pistolero inmaduro de su película hace con el mundo del crimen, Sebastián Gutiérrez se acerca al cine con la actitud de un niño, fascinado por los géneros clásicos, dispuesto a manejar a su antojo un material con el que ha tratado desde siempre, como buen ciudadano del siglo XXI que es, un andamiaje de lugares comunes, reglas y referencias que en un primer momento invitan al juego, pero que tarde o temprano, como advierte el personaje de Gugino, han de abordarse con la necesaria reverencia.

Es el cine de género, pues, el hábitat natural de este escritor venelozano que un día soñó con trabajar en Hollywood y que, para envidia, probablemente, del noventa por ciento de los alumnos que hoy pueblan las escuelas de cine, debutó tras la cámara con este El beso de Judas, una de esas películas confeccionadas como un golpe en la mesa: la respuesta, más o menos caótica, al thriller contundente y deslenguado que tan de moda estuvo entre los nuevos cachorros de los 90 –pongamos títulos como Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1994) o Sospechosos habituales (The Usual Suspects, Bryan Singer, 1995)–. La estrategia no podía ser más coherente. A diferencia de los poderosos Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón o Fernando Meirelles, el futuro guionista de Serpientes en el avión (Snakes on a Plane, David R. Ellis, 2006) no parece lidiar con tensión artística alguna, o por lo menos ha resuelto muy pronto el conflicto entre raíces e industria, para fortuna de esta última y de los espectadores. Lo suyo es la artesanía hecha con gusto, ya sea tras la cámara o tras la pluma. Películas como La criatura (She Creature, 2001) –aun tratándose de un producto para televisión–, Rise: Cazadora de sangre (Rise, 2008) o Woman in Trouble (2009) revelan un hondo conocimiento de los géneros canónicos, pero también una sincera voluntad por asumir unas limitaciones que, a fin de cuentas, son también su fortaleza de cara a un público más receptivo al cliché de lo que muchos directores y guionistas estarían dispuestos a admitir.

Sin embargo, es seguramente en su faceta como guionista donde Gutiérrez ha articulado un discurso que a fuerza de integrarse en lo que podríamos denominar la serie B hollywoodiense, resulta más honesto. Es el espíritu, otra vez, del mercenario Ruben, aplicado al oficio de construir tramas y de llenar estas mismas con artificios. Con una particularidad: a diferencia de los secuestradores de su ópera prima, Gutiérrez parece decidido a respetar el contrato tácito con el espectador: nunca dar A por B. De todos sus guiones, quizás sea el de Serpientes en el avión –en colaboración con John Heffernan– el que más a rajatabla lleva este principio, el que más orgullosamente muestra sus costuras. Monster movie desquiciada, esconde un control preciso de los mecanismos lúdicos y desprejuiciados del cine exploitation europeo –mecanismos, por cierto, que parecen compartir director y productores–, con el que tiene más que ver que con el cine de terror facturado en el Hollywood del siglo XXI. Digámoslo ya: si Serpientes en el avión hubiese sido dirigida por Umberto Lenzi en la década de 1970, hoy sería una pieza de culto para aquellos mismos que le dieron la espalda en el momento de su estreno.

El guionista de The Eye (David Moreau, Xavier Palud, 2008) tenía, así, talento y pericia suficiente para convertirse, por ejemplo, en un nuevo Jimmy Sangster –si la industria hoy tuviera algo que ver con la de entonces–, pero finalmente ha acabado adoptando los modos de un William Castle en la era de la información. No debería ser una casualidad su intervención en el libreto de Gothika (Mathieu Kassovitz, 2003), título de la Dark Castle, aquella fábrica de juguetes macabros con la que Joel Silver pretendió recuperar el espíritu artificiero del autor de House on Haunted Hill (1959).

Retomando El beso de Judas –cómo las óperas primeras encierran la casi totalidad del universo de un autor sería digno de estudio-, el detective encarnado por Alan Rickman cita a Jim Thompson al asegurar que nada es lo que parece, leitmotiv temático de la película. Una vez más, la cita podría aplicarse al espíritu con que su director emprende cada trabajo: en un primer nivel, una pátina de trascendencia, un coqueteo con los géneros por la vía, a veces, de la virtuosidad narrativa. Más abajo, pero también más importante, su auténtico As: el respeto por las reglas, la fascinación y el amor por la tradición que, a fuerza de ser reinventada, termina por hacerse fuerte. Así ocurre en Rise: Cazadora de sangre, probablemente su título más arriesgado como realizador, y precisamente por ello, el que revela más cariño por el material: terror –cine de vampiros para más señas– y policíaco. La historia de Lucy Liu llevando a cabo su revancha de ultratumba, un cruce entre Capitán Kronos: Cazador de vampiros (Captain Kronos: Vampire Hunter, Brian Clemens, 1973) y cualquier título de venganza producido en la década de 1980, confirma lo que muchos ya sospechábamos: que Sebastián Gutiérrez hubiese encontrado gustosamente su sitio en la Hammer tardía que vio despedirse a Terence Fisher. Allí, reconstruyendo monstruos y mitos, divirtiendo y divirtiéndose con pocas o ningunas coartadas culturales, este novelista venezolano a quien no es difícil imaginarse dirigiendo a Peter Cushing, no tendría, como hoy, quien le mirase por encima del hombro.