Serie Z patria: una cutreflexión + La mejor película española de la década para Robert Figueras

Serie Z patria: una cutreflexión.

Por Miguel Ángel Serralvo.

Hubo quienes aceptaron, hace bastantes años y en otras latitudes, que el cine podría nacer de una historia, una simple idea. Tomar de base lo escrito y ajustar un presupuesto, una producción para llevarla a cabo. Nacieron entonces los estudios, los productores, las compensaciones presupuestarias en pos de sacar adelante el producto y no terminar tragando polvo en el intento. Y, sin embargo, existía gente a rebufo, que no contaba con las ágiles firmas de los ejecutivos, y que podía aspirar, como mucho, a ser los consortes de otra producción mayor en algún autocine dejado de la mano de Dios. Entonces nacía la serie B. Luego llegarían sus señas de identidad, pero la base del movimiento (que si bien se consideraba un tránsito indigno para todo aspirante) sigue vigente: hacer un ejercicio de abstracción respecto al guión, considerar los límites económicos como un acicate creativo y, ante todo, no dejarse llevar por el estigma ignominioso –y falso– que arrastra el concepto.

La serie Z, en esencia, no necesita mucha más definición: tan sólo aceptar la Serie B como Serie A (sea lo que sea eso) haría de un realizador un creador de serie Z, aunque mucho más sujeto a la ojeriza de los que se molestan más en defender la dignidad de su criterio que en tenerlo. El espaldarazo definitivo nació de las inquietudes del dúo Kaufman–Herz, fundadores de la Troma, factoría de auténticos ejercicios de mal gusto y depravación pero, a su vez, de una visceral e intimidatoria libertad creativa. De sus macabramente divertidas películas, plagadas de todas las destrucciones del tabú que uno se podría imaginar (no faltan referencias al retraso mental, a la muerte gratuita, a provocar carcajada por las mayores desgracias), se podría encontrar todo lo que hace de la Serie Z lo que es: bajísimo presupuesto y una carencia absoluta de complejos a la hora de jugar con ello.

¿Desde cuándo podría considerarse Z lo que, a efectos prácticos, cuesta discernir de lo B? Ramón López Bello demostró que podía hacerse algo cachondo por las calles conEspiderman ya no vive aquí (1985), producción de culto entre los que frecuentábamos los fondos de Subterfuge, donde el concepto de parodia chanante tan en boga hoy en día se aplicaba a los superhéroes clásicos dentro del contexto de un Madrid de los ochenta. Los localismos, otro elemento que funciona realmente bien en la Z, forzosamente aplicado por no disponer de otro ante la carencia de producción.

El espíritu de la Troma tiene su mayor representante en la ya clásica La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos (1993), del tristemente desaparecido Toñito Blanco y Ricardo Llovo, donde también se pueden sacar ciertos paralelismos a Mal gusto (Bad Taste, Peter Jackson, 1987) a la hora de usar ingeniosos tiros de cámara simulando grúas o travellings, cuando se carecían completamente de ellos. Con la participación de un Manuel Manquiña en estado de gracia, sus realizadores se dan el gusto de seguir con descaro los patrones de la Troma, incluso aplicando un doblaje sobre el sonido que sería la pesadilla de cualquier crítico bienintencionado.

¿Pero cómo ha repercutido el fenómeno en este país? ¿Existe un equivalente a la Troma ibérico, un punto de inflexión en el que se puedan reunir toda una caterva de realizadores con plena libertades? La respuesta es sencilla: no. Un no con sus reservas, pero no existe en la actualidad nadie en España que ejerza la influencia que Lloyd Kaufman ha dejado en EEUU en cuanto coger una cámara y dejarse las inhibiciones en casa. Si bien la larga influencia de Jess Franco ha provocado una gran cantidad de films bajo su ala (y la mayoría, como en el caso de Kaufman, con él presente) no podría considerarse tanto como Z por el afán elogioso-homenaje de la mayoría de ellas. Ejemplo tenemos con las obras de Pedro Temboury: Karate a muerte en Torremolinos (2003) y Ellos robaron la picha de Hitler (2006), simpáticos ejemplos de economizar en pos de la historia, pero que lamentablemente fallan en tanto que esa misma historia está viciada por el simplismo del homenaje barato. La superficie de la Serie B rascada, la consideración de que lo que hace una buena producción cutre es ser cutre desde lo escrito, lastran ambas películas hasta dejarlas como burdos homenajes de los elementos que la misma Serie B gustaba de bordear. Porque básicamente, una película mala es un juicio: hacer intencionadamente una película mala, una insensatez. Tanto el revival de la sci-fi, lo vintage y la recuperación de los conceptos clásicos de la misma han llevado a pensar que cualquier homenaje, por el simple hecho de serlo, ya adquiere una validez perpetua de cara al público. Que lo cutre, lo malo a propósito, tendrá algún tipo de aceptación solo por serlo.

Con todo, se pueden encontrar en la actualidad ejemplos de auténtica motivación por sacar algo a delante: La furia de Mackenzie (Paco L. Campano, Félix Caña y José Luis Reinoso, 2009): con una producción de dos mil euros, sus realizadores consiguen que el resultado evoque el espíritu de la Z sin ningún complejo a la hora de mostrar con orgullo sus carencias, usarlas con ingenio para que luzcan estupendamente y permitirse el lujo de hasta homenajear a Peckinpah en todo el contexto. Un buen ejemplo de libertad creativa que crece a través de los límites económicos e incluso de crítica. Igualmente, nombres como Ricardo Ribelles y su excesiva y mimada El barón contra los Demonios (2006), una locura barroca, salvaje, barata; en definitiva, una serie Z de ley que tardaría más de diez años para acabar repleta de desmadres evocando a Corben, Frazzeta o Peter Jackson. Un sindiós que choca con otras propuestas como Fernando Project (Naxo Friol, 2001), retrato costumbrista con cierta mentalidad outsider, donde la carencia alimenta el entusiasmo de todos y cada unos de los integrantes de la producción.

En definitiva, no se podría afirmar al 100% que la Z sea una constante en el cine español: sin embargo, diversas iniciativas como la que viene haciendo el festival Peor Imposible en Gijón o la Semana Internacional de Cine Fantástico y de Terror de Estepona, donde si bien no se dedican de pleno a ello, sí se molestan en otorgar un pequeño espacio a gente de pocos recursos y muchas ganas de aprovecharlos. A quien suscribe le encantaría pensar que la proliferación de lo digital abrirá aún más el campo, sin aspirar a más que narrar historias y no considerar denigrante el hecho de hacerlo sin usarlo de tránsito a aspiraciones mayores: en ese sentido, la aparición de Javi Camino con la ayuda de… ¡su madre! (ya de por sí es Z el concepto) en el panorama cinematográfico resulta reconfortante; descubrir que, a pesar de las loables iniciativas para cambiar el sistema, se puede trabajar al margen de él si se prescinden de innecesarias inhibiciones. La Z no es una moda, no es un movimiento: la Z es una filosofía de hacer las cosas (el propio Lars Von Trier admitió basarse en la Troma para su participación en el Manifiesto Dogma) que no acepta mercadotecnias o corrientes a la que atarse. Y quizás ese sea el problema para que no prospere como concepto por aquí, más allá de que se venda bien.

Y ahí está  el asunto… ¿cómo vender lo que, de base, no quiere ser vendido?

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LA MEJOR PELÍCULA ESPAÑOLA DE LA DÉCADA PARA ROBERT FIGUERAS

PANZER CHOCOLATE (2011)

Durante los últimos años, se han realizado películas buenísimas en España, y por eso es casi imposible decidir cuál ha sido la mejor de la década (2000–2010). Es tan difícil como seleccionar qué película ganadora de muchos Oscar es mejor. Soy fan tanto de El señor de los anillos (Peter Jackson, 2001–2002–2003) y Titanic (James Cameron, 1997) como de Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, Steven Spielberg, 1998), La lista de Schindler (Schlinder´s List, Steven Spielberg, 1993), Juno (Ivan Reitman, 2007), Una mente maravillosa (A Beautiful Mind, Ron Howard, 2001) y un largo etcétera.

En España ha habido ganadoras de muchos premios Goyas, galardones internacionales e incluso Oscar, y al final, con tantas candidatas, todo se traduce a un tema de gustos. Desde mi punto de vista, hay un tipo de película para cada momento, y cada momento tiene su tipo de película. Por eso, cuando estoy solo me gusta el terror, y cuando estoy con mi mujer, nos reímos con las comedias románticas; de la misma manera que a primera hora de la tarde me gusta la acción y el western, y por la noche el suspense.

A mi me gustaría ser director de cine. Para lograrlo, confío plenamente en la revolución digital, tecnológica e Internet para abrirme camino en una industria con unas barreras de entrada muy importantes. Por eso, cuando comencé en la industria en 2003, una de las primeras cosas que hice fue montar Filmutea (enlazar con www.filmutea.com) –una red social para los cineastas indies de España, que actualmente cuenta con más de 34,000 profesionales registrados – con el objetivo de hacer contactos y mejorar los procesos de colaboración.

Además, creo que Internet se está convirtiendo en la séptima major –estudio de cine verticalmente integrado– en el que cobran mucha relevancia las comunidades de seguidores formadas desde el inicio de los proyectos, así como los conceptos de long tailwisdom of crowds y el crowd-funding, entre otros. Por eso, para este artículo, prefiero centrarme en una película que todavía no se ha estrenado, pero que ya se está en desarrollo: Panzer Chocolate (enlazar con www.panzerchocolate.com), que tenemos previsto rodar y estrenar en 2010.


Sinopsis: “Un grupo de jóvenes arqueólogos es brutalmente masacrado cuando descubren el secreto más oscuro de los nazis”.

Lo interesante de Panzer Chocolate es que es una película Cross-Media, en la que los espectadores podrán disfrutar, si participan, de una experiencia mucho más completa que simplemente estar sentados durante dos horas en una sala oscura. Pasarán de ser espectadores pasivos a ser activos.

Se trata de una película de 90 minutos de duración, complementada mediante una motion comic online con elementos de realidad aumentada para móvil, un videojuego para la web, y todo englobado dentro de un ARG (juego de realidad alternativa, como un juego de rol). Además, seguramente será la primera película en España, en la que se podrá interactuar por móvil desde las salas de cine o las salas de estar, llamando por ejemplo a uno de los personajes en algún momento del visionado de la misma.

El proyecto Panzer Chocolate consiste en un formato de formatos, en el que varias narrativas separadas forman parte de una narrativa conjunta. Para los espectadores que lo deseen, la experiencia comenzará en el ARG, que durará unas 6 semanas más o menos, y en el que se entremezclarán el mundo real e Internet, y que mediante una serie de puzzles y pistas por descubrir, permitirá acceder al motion comic, la realidad aumentada y el videojuego; continuando y terminando, y esto también es novedoso, después del visionado de la película. En cualquier caso, la película tendrá sentido por si sola, y todos aquellos espectadores que lo deseen, podrán dejar a un lado el Cross-Media, y centrarse sólo en las dos horas de visionado.

En Panzer Chocolate, cada uno de los elementos Cross-Media tiene una doble intención: extender la historia y servir de promoción. Por lo tanto, no se trata de que el ARG, elmotion comic, la realidad aumentada y el videojuego cuenten lo mismo que la película, sino de que cuenten algo más, que añadan sustancia a la historia, haciéndola más atractiva y completa. La gente joven de hoy en día pasa muchísimo más tiempo utilizando los móviles, haciendo amistades en las redes sociales, navegando por Internet y jugando en las videoconsolas que en las salas de cine. Por esa razón, Panzer Chocolate (como los demás proyectos Cross-Media en general), es una película pensada para ser consumida por esta audiencia, cada vez más fragmentada y joven, de entre 17 y 40 años; los mayores usuarios de todas las revoluciones que están sucediendo a nuestro alrededor.

Con más de 20. 000 largometrajes al año en todo el mundo, además de los millones de videos en Youtube y portales similares, todos los cineastas nos enfrentamos al problema de encontrar una audiencia para nuestras producciones. Aquí es donde juega un papel fundamental también el Cross-Media. Aunque no es un concepto nuevo, está teniendo mucha relevancia últimamente, porque este tipo de producciones se adapta muy bien a las nuevas formas de interactuación social, y están permitiendo a los cineastas que las ponen en práctica, diferenciarse y encontrar su propio espacio. Como resultado, en EE.UU. los proyectos Cross-Media son considerados junto al 3-D, como el futuro del entretenimiento.

Es por esta razón que nosotros apostamos por ello para nuestro primer largometraje. Además, de momento sólo hay contabilizados unos 300 proyectos de película de este tipo a nivel global, ninguno en España, donde los cambios tanto tecnológicos como digitales, y su impacto en la industria cinematográfica, acaban llegando desde mi punto de vista, con una pequeña diferencia temporal respecto a los mercados anglosajones.

Aunque Panzer Chocolate es un proyecto de bajo presupuesto, tiene un espíritu no sólo comercial, sino también experimental, ya que además de extender la historia a otros formatos, sigue unas estrategias de financiación, promoción y distribución innovadoras, mediante las cuales intentaremos encontrar un modelo sostenible y replicable para los cineastas, alternativo o mixto con el más tradicional.

Puedes seguir la evolución del proyecto en: www.panzerchocolate.com (enlazar con www.panzerchocolate.com). Si te interesan los proyectos Cross-Media en general, o quieres que hablemos del tuyo: www.crossmediaproject.org (enlazar con www.crossmediaproject.org).

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