Una charla sobre el soldado David Trueba

UNA CHARLA SOBRE EL SOLDADO DAVID TRUEBA

- ¿Como un muro que separa el agua y la noche?

  • Probablemente. Es así  como leo Saber Perder1. La “madurez” esbozada en Soldados de Salamina (2003) y truncada por exceso de personajes, de bocas, en Bienvenido a Casa (2006), se transforma en el gancho directo que es su última novela. ¡Sus músculos se tensan, como debe ser, pero no se rompen!
  • Yo no lo veo así… Aunque está más cuidada que sus novelas anteriores, no deja de ser una expansión del salón familiar. Ha heredado la casa de sus padres y despilfarra la herencia haciendo que el salón se adueñe del jardín.
  • ¿Como imagen de lo salvaje?
  • Espera, hombre. Ahora hay ventanas mayores, más luz, un sofá de lujo…

  • Importado.
  • Sin embargo, los personajes siguen hablando sin parar, como antes. Sobre todo la Silvia.
  • Sylvia, querrás decir. A mi me parece que ha cambiado el papel de la pared. A pesar de no conservar el olor del de La buena vida (1996), es de mejor ver. Tengo que taladrarte, se ha curado la verborragia aguda. Hablan bastante, pero mantienen un ritmo respiratorio sano. Hablan menos entre sí y discuten sobre todo consigo mismos. Sus dilemas se cuelgan en cualquier carnicería de barrio, pero están cortados por un bisturí, no por la motosierra polifónica de Obra maestra (2000). La mirada del narrador incide justamente en tejidos blandos entre los que se puede perder:

“Ariel se perdió tratando de orientarse en las autopistas periféricas. Volvió hacia el centro de la ciudad como si fuera imprescindible partir del kilómetro cero para encontrar el camino. En la plaza de Colón lo detuvo un control de alcoholemia. El agente se acercó a la ventanilla. Ariel bajó el cristal con su mejor sonrisa. Me perdí para salir hacia Las Rozas.

Seguro que has pimplao un poquillo, ¿no? Te dejo pasar porque hemos ganado, eh. Llamó a su compañero, ya verás, éste es muy aficionado. Ariel les regaló un par de fotos firmadas de las que llevaba en la guantera. Luego recibió las confusas instrucciones para la salida más cercana hacia la autopista. El agente se le despidió con un hala, suerte, nosotros vamos a seguir cazando borrachos.

Se metió en la cama cuando amanecía. Tardó en dormirse. Estaba molido.”2

  • Antonio Lobo Antunes.
  • No es lo mismo. La presencia del narrador se diluye para no apretujarnos. David Trueba y su narración que desliza como un susurro nos acercan tanto a las tramas de Saber perder que, por primera vez, crea realidad. La modulación del registro según el personaje ayuda a que el sabor de la novela se mantenga fresco hasta el final.

- Eh, ¿nos pones unas aceitunas?

  • Vale.
  • Y una clara. ¿Tú…?
  • No, para mí nada. Estoy servido.
  • ¡Claro! Si piensas que David Trueba coge la realidad, la lubrica y la desliza dentro de la cámara, sin más, es que estás servido.
  • Tampoco de un modo tan directo. De momento, hay un abismo entre sus películas, sus libros y Saber perder.
  • ¿No crees que David Trueba tiene algún conflicto interno?
  • ¿A lo Anouk Aimée en Un hombre y una mujer (Un homme et une femme, Claude Lelouch, 1966)?
  • Puede ser…
  • No, no, no, él es más humano. Trueba, a pesar de todo, no masca tanto sus argumentos.
  • A mi me parece que sus personajes se asfixian hablando para que no tenga que complicarse en la puesta en escena.
  • Estás equivocado, Paco. Puede que no sean mudos o mínimamente contenidos, pero desde La buena vida la cámara tiene entidad propia. Quizá sea un poco nerviosa, como varios personajes de su universo creativo.
  • Agradezco tener mala memoria.
  • “El miedo es un payaso que os apunta con una flor de plástico”3.
  • ¿Por qué me sueltas eso?
  • Estaba esperando que acabaras.
  • Vale. Ya he ojeado Algunos amigos.
  • Cuatro amigos.
  • Voy por el principio, no sé cuántos son.
  • ¿Qué te parece?
  • Lo que dices, que tienen gracia y sueltan bastantes burradas. Demasiadas burradas, una tras otra.
  • En la pantalla queda mejor, porque los personajes tienen voz. Acuérdate de Luis Cuenca, el abuelo de La Buena Vida, su presencia da el empujón que el guión, que los diálogos necesitan. Y en Cuatro amigos
  • No me la voy a acabar.
  • Lo mejor está al final. No es una auténtica sorpresa, pero…
  • No me lo digas, por si acaso.

  • Volviendo a lo del conflicto interno. Se podría resumir en la diatriba filmar o vivir.
  • Jorge Semprún. Te lo he pillado.
  • La escritura o la vida, sí, pero no tiene nada que ver. Semprún habla de su experiencia al salir del campo de Buchenwald, y yo únicamente quería envolver una idea en vapor.
  • Tampoco he leído a Semprún, pero me sonaba el título. Por lo que dices, tiene algo que ver con Soldados de Salamina, ¿no?
  • No. Son búsquedas con perspectivas distintas. Semprún se convierte en escritor tras escurrirse entre rejas. Cercas las vuelve a atravesar para encontrar su tema.
  • Vale, vale. Ahora, por favor, pasa a hablar de Soldados de Salamina, que es de lo que realmente tienes algo que decir. Además, es la película más reconocida de David Trueba.
  • Que conste que esto no se debe exclusivamente al eco de la novela de Javier Cercas. Es un film que se mantiene sobre sus propias piernas.
  • No salta a nuestra garganta como el libro de Cercas.
  • Va, tiene que ir, por su propio camino, que no es tan diferente del original, aunque su efecto es más contenido. Se sitúa más en el presente que la novela y demuestra que David Trueba es un cineasta preocupado por una “nueva actualidad”. Él retrata a la sociedad española teniendo en cuenta ciertas tradiciones: el esperpento en Obra maestra, una particular visión de la familia y los amigos en La buena vida y Bienvenido a casa, pero con Soldados de Salamina añade al menú del día la Guerra Civil. Lo introduce en nuestro cotidiano sin forzarlo, sin el taladro de Para que no me olvides (Patricia Ferreira, 2005).
  • Te estás pasando. Ambas películas tratan de cómo la Guerra Civil no puede ser olvidada.
  • De acuerdo, pero Trueba acierta en el tono. Sienta bien. Eso lo entiendes al leer Diálogos de Salamina. Hay que digerir el pasado sin extirparlo del cuerpo. Soldados de Salamina me parece que es su mejor película.
  • Te estás repitiendo. A ti te gusta la seriedad y la voluntad aleccionadora. Por mucho que David Trueba diga que

“No fue un rodaje fácil. Íbamos muy justos de dinero y eso siempre hace los rodajes más difíciles. Yo estaba empeñado, era un empeño estético, en rodar con un equipo muy pequeño. A mí me disgustaba muchísimo no poder reducir el equipo todo lo que quería. Un equipo pequeño me parecía importante para no influir en las personas reales que iban a trabajan en la película, para poder rodar en Gerona sin interferencias, para poder rodar en los escenarios reales sin problemas, para poder entrar en ese bosque.”4

Yo prefiero La buena vida.

  • En lo que monolíticamente citas está lo que hace que la película se distinga del resto de la filmografía de David Trueba: un forraje estético más cuidado a pesar del presupuesto. Es un proyecto con ambiciones y tiene una paleta limitada que consigue albergar al espectador. Al ver la película me acordé de estos versos:

“La condensación del agua

forma cordilleras de nubes

sobre la selva.

El verde, el gris y el azul

como jamás los había visto…”5

Admito que divago, pero no había visto antes en el cine español aquellos colores tan apagados y tan vivos al mismo tiempo. Y que David Trueba utilice, cuando puede, a las personas que vivieron6 esa historia le da un valor extra. El tono documental es muy acertado y no está fuera de lugar, la película lo admite y pasa muy bien, como las demás, aunque tenga menos humor y gracia verbal.

  • Yo no soporto ese monólogo sin sentido de Lola Cercas (Ariadna Gil) en el taxi. El film se va a cerrar, ella se despide del veterano Miralles (Joan Dalmau) y se pone a vomitar buenas intenciones. ¿Cómo pudo dejar esto allí? Es imposible de tragar.
  • Quería romper el caparazón de Lola Cercas, un personaje que es puro hormigón; pero estoy de acuerdo. En Diálogos de Salamina, David Trueba comenta ampliamente los cuidados que tuvo para adaptar el libro de Cercas y saltó bastantes obstáculos: desde el apego a la literatura por la literatura que Cercas utiliza como savia y que hace que sea un libro que chupe referencias de un modo constante y enriquecedor. Pero volvamos al monólogo, en el cual Ariadna Gil dice, jura bíblicamente, que la historia de Miralles no será olvidada. Los héroes anónimos de la Guerra Civil, de cualquier guerra, lógicamente deben ser honrados y recordados.
  • Sí, pero el sentimentalismo de la escena es excesivo.
  • Cercas, y Trueba intenta seguirle la corriente, quiere separar los sentimentos del sentimentalismo. No le gusta el agua con azúcar de los culebrones, pero abraza la expresión de los sentimientos. No rechaza que se baje la guardia y se muestre lo que corroe a uno, aunque en la novela lo puede hacer con el airbag del monólogo interior, sin dar la cara. Ariadna la da y no se aguanta.
  • No se aguanta, no resulta real, aunque es un momento que se entiende: la periodista lleva tanto pasado en su interior que tiene que explotar. Al hacerlo, ella se desgarra de la atmósfera de la película. Incluso diría que le da la vuelta a la tortilla: hace que todo el luto sea antinatural, pues no era su piel, sino una chaqueta impuesta. El personaje de Diego Luna también huele a artificio.
  • Cuando vi la película por primera vez, no había leído la novela y no me di cuenta. No me pareció tan artificial. Reconozco que iba acompañado al cine y pude distraerme. Cuando la volví a ver, con el recuerdo de la novela resonando en varias escenas, no conseguí aceptar a Diego Luna. Aparece y desaparece de la trama como si fuera un duende, puesto que está allí únicamente para enseñar el Super-8 de Miralles bailando con la prostituta.
  • Tener a Roberto Bolaño, que es la base literaria del personaje de Diego Luna en la película, habría quedado peor. Trueba lo tenía claro, dos escritores no pueden vivir en una película con tanto argumento. Ellos ensuciarían al mensaje. Quizá sea peor decir que esta es una película con mensaje. Aunque es mejor tener un mensaje que dar vueltas por el microcosmo equilibrado por el máximo común detergente de Bienvenido a casa. Y la banda sonora de Soldados de Salamina, tan molesta como unos piojos minimalistas.
  • Me alegra saber que no soy el único que habla peor de lo que bebe.
  • Y cuando dice que la memoria es el tema que explora en sus tres primeras películas7, ¿lo sigue haciendo?
  • En Saber perder, todos se acuerdan de lo que les va pasando, sus pasados se acumulan hasta la tercera parte del libro (¿este soy yo?), que sirve para ensanchar un poco los carriles. A partir de entonces sus historias concluyen, una tras otra, sin tener que acelerar. Esto también sucede en La buena vida y en Soldados de Salamina, no lo podemos cuestionar; pero no tiene el mismo peso. En la novela, por la capacidad que tienen las palabras de evocar mil imágenes según cómo se conjuguen, hay más espacio para erigir seres humanos. El punto flaco de David Trueba, hasta ahora.
  • Con esto aclarado, volvamos atrás. Javier Cercas afirma que Soldados de Salamina “no es una adaptación de una novela normal y corriente. Una realidad histórica muy precisa está detrás de ella, y esa realidad hay que usarla sin dejar que ella te use a ti. Eso te podía haber metido en miles de trampas”. ¿No te parece que cayó en la trampa?
  • Repito lo que dije, ambos soldados, libro y adaptación, son complejos. La novela se presenta más clara y te puedes detener más sobre ella, la película pasa bien, sobre todo la primera vez. No te plantea muchas dudas. Cuando las comparas, palidece un poco, al tener un esqueleto escuálido de un centenar de minutos. Tiembla como los prisioneros bajo la lluvia, escapa como Sánchez Mazas y pierde sangre.
  • Para los curiosos que se acuerden: en el film no se llega a afirmar con seguridad si Miralles fue o no el soldado que salvó a Sánchez Mazas decidiendo no fusilarle. ¿Tienes algo que añadir?
  • Cuando vi la película por primera vez, me pareció que estaba clarito que se podía sobreentender que Miralles era el soldado, el héroe. Todas las referencias a Suspiros de España, que el soldado y Miralles cantan, indican que tienen que ser la misma persona. Al leer la novela, no tuve la misma impresión. Pensé que Miralles era insondable. Al no escuchar su voz, no captaba ningún matiz para encarar lo que sucedió. La tinta no aportaba ninguna pista. Entonces me enfadé un poco con el film, porque tenía la idea de que daba por seguro que Miralles era el soldado, mientras que en el libro la verdad queda perdida en el bosque. Al volver a ver la película no podía creer que lo que veía no era, otra vez, lo que pensaba. La película, en uno de los aspectos más peliagudos de la historia, mantiene el nivel del libro y no nos impone sus propias conclusiones. Miralles dice “no” y quizá le tengamos que creer.
  • Eres un pesado, déjalo. Cree en el viejo.
  • No es tan fácil, llevo tiempo dándole vueltas y quiero poder sentarme sobre un hecho seguro.
  • El “no” es una afirmación rotunda. No la puedes pelar.

  • Lo dijo por decir.
  • En suma, que no queda claro, pero el “no”, se acerca a lo que es. Cercas reconoce. No, reconocer no es la palabra. Revela, tampoco. Que “el Miralles de Bolaño existe, es de verdad. No es verdad, en cambio, que yo lo encontrase en Dijon”8.
  • O sea que nada.
  • No hace falta saber más, pero si quieres las migas: el Miralles de la película y el del libro son ficción. Creíbles como la vida misma, pero ficción. Y es la clave de la historia, Sánchez Mazas únicamente nos sirve para llegar a él, puede tener más peso en el argumento pero yo sólo me acuerdo del rostro de Joan Dalmau. Al final, me va a gustar bastante Soldados de Salamina, ¡quién lo diría!
  • Si tu antes me decías que “en el film, Miralles aparece como un conejo sacado de la chistera por lo ex-maquina que resulta el personaje de Diego Luna”.
  • Esto era antes, hombre… ¿Y los viajes?
  • ¿Qué viajes?
  • Me parece que David Trueba tiene que haber viajado bastante, pues sus películas no tienen un sabor castizo.
  • Viaja bastante a Francia, sea por obligaciones de coproducción o por necesidades de guión. Sobrepasa la esporádica referencia en forma y contenido, dado que las películas encontrarían, sin esforzarse mucho, un hueco en el mundo cinematográfico que hay tras los Pirineos. Allí son más abiertos a la flexión verbal de las películas de Trueba.
  • Claro, pero no es el momento para pulir otra vez la lengua.
  • ¿Nos pedimos otra?
  • No la necesitamos ya. Te he oído desfilar por los Pirineos suficientes veces. Nuestras cinematografías no están separadas por ninguna cordillera.
  • Es un abismo.
  • Sube la cabeza. Mírame cuando te hablo. Estoy de acuerdo en que Soldados, Bienvenido a casa y La buena vida encajan en tu organigrama celeste, pero ¿y Obra Maestra?
  • Los personajes están en su punto. Y tiene tirón.
  • Pero es española y ningún transplante le sentaría bien. Las situaciones y el scope.
  • Que van a cerrar y todavía no te he confesado mis pecados. Es sólo uno. Pequeño.
  • Escúpelo.
  • David Trueba, sin ninguna duda, tiene las orejas bien abiertas. Quizá más que los ojos. O, tras volver a ver Soldados de Salamina, cuando ya tiene claro lo que se va a decir, puede afinar más la cámara. Sigue con el tema de la adopción, que da más de sí en Saber perder que en Bienvenido a casa.
  • Pero, ¿adónde quiere llegar con tantos padres muertos, Guerra Civil, bromas, dietas y vidas cruzadas?
  • A veces es más importante el viaje que el destino.
  • Déjate de gillipolleces. Saber perder promete, pero ganar a puntos no conmueve al público. Es como si no ganase.
  • No sé si tiene algún nuevo proyecto. Se planteó seguir en el camino de la historia y hacer una película sobre el 23-F, pero ésta acabó convirtiéndose en el último libro de Cercas9. Trueba, por su cuenta, ha alcanzado a Saul Bellow: más personajes que argumento. Y todavía quedan siete rounds.
WE LOVE CINEMA
Por Almudena Bonet.